¿Cuál es el primer pensamiento que viene a tu mente cuando oyes la palabra “Dios”? Te invito a detenerte un momento y reflexionar sobre la enseñanza que verdaderamente gobierna y define tu relación personal con Él.
Existe una realidad triste y silenciosa que muchos creyentes, particularmente aquellos que abrazan las doctrinas de la gracia, experimentan en la actualidad. A medida que crecemos en el conocimiento de un Dios majestuoso y soberano, corremos el riesgo de dejar de pensar paulatinamente en Él como Padre. Este desplazamiento, aunque sutil, nos debilita y se convierte en un obstáculo para vivir una vida de crecimiento espiritual saludable y fructífera. Aunque títulos como Soberano, Redentor y Santo son bíblicos y necesarios, el Nuevo Testamento nos instruye a acercarnos a Dios principalmente bajo la relación de paternidad.
Regresar a nuestra identidad fundamental
La solución a este desbalance es regresar continuamente a la verdad bíblica de que Dios es nuestro verdadero Padre y nosotros Sus verdaderos hijos. Esta es la bendición suprema del evangelio: ser hechos hijos de Dios por medio de Cristo. No existe relación que nos acerque más íntimamente al Dios sublime que esta.
El desafío es moldear toda nuestra vida cristiana a la luz de esta doctrina. Como señala J. I. Packer, si quieres juzgar qué tan bien una persona entiende el cristianismo, averigua cuánto valora el ser hijo de Dios. Todo lo que Cristo enseñó y lo que hace distintivo al cristianismo respecto de la visión judía de Dios se resume en el conocimiento de la paternidad de Dios. “Padre” es, en esencia, el nombre cristiano para Dios.

La paternidad de Dios en la práctica
Si comienzas a vivir a la luz de que Dios es tu Padre, tu entendimiento teológico cobrará una nueva frescura. Veamos cómo esta verdad profundiza seis doctrinas clave:
- Doctrina de la santificación. Entender que Dios es Padre transforma nuestra visión del sufrimiento y la corrección. Hebreos 12:6-7 nos recuerda: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Es para su corrección que sufren; Dios los trata como a hijos; porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline?”.
- Doctrina del Espíritu Santo. Pablo vincula la obra del Espíritu directamente con nuestra adopción. No hemos recibido un espíritu de esclavitud para temer, sino “un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: ‘¡Abba, Padre!’” (Ro 8:15). Y añade en Gálatas 4:6: “Y porque ustedes son hijos, Dios ha enviado el Espíritu de Su Hijo a nuestros corazones, clamando: ‘¡Abba! ¡Padre!’”.

- Cristología (la doctrina de Cristo). No podemos entender a Cristo ni la Trinidad sin la paternidad. Jesús viene eternamente del Padre y esta en Él. Él mismo lo explica: “Salí del Padre y he venido al mundo; de nuevo, dejo el mundo y voy al Padre” (Jn 16:28).
- La doctrina de la oración. Jesús revolucionó la oración basándola en la confianza que tenemos hacia Dios como nuestro Padre. Él nos enseñó: “Cuando oren, digan: ‘Padre…’” (Lc 11:2). Además, usó esta lógica para asegurarnos la respuesta divina: “Pues si ustedes siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc 11:13).

- Eclesiología (la doctrina de la iglesia). La iglesia cobra sentido cuando nos vemos como hermanos de un mismo Padre. Nos amamos no solo por mandato, sino porque es la naturaleza del nuevo nacimiento. 1 Juan 4:20-21 nos dice:
Si alguien dice: “Yo amo a Dios”, pero aborrece a su hermano, es un mentiroso. Porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto. Y este mandamiento tenemos de Él: que el que ama a Dios, ame también a su hermano.
- La ética cristiana. Nuestra conducta ética se simplifica y profundiza al verla como una imitación familiar. Pablo conecta la ética con la identidad al decir: “Sean, pues, imitadores de Dios como hijos amados” (Ef 5:1). En toda circunstancia, el estándar es actuar como verdaderos hijos del Padre celestial.

¿Menos reverentes?
Afirmo con convicción nuestra pasión por la soberanía de Dios y celebro nuestro asombro ante Su santidad inigualable; sin embargo, una visión que se enfoca en el Rey y que olvida al Padre es una visión incompleta. Te aliento hoy a no conformarte con una teología fría, sino a sumergirte en la imprescindible y cálida doctrina de Su paternidad.
Permitir que esta verdad permee nuestra mente no nos hace menos reverentes, sino más confiados. Significa orar con la certeza de ser escuchados, abrazar la disciplina como un acto de amor y mirar a nuestros hermanos con los ojos de una familia eterna. Acepta el desafío de vivir, no como un siervo temeroso, sino como un hijo amado. Comienza hoy a llamar a Dios “Padre” en cada área de tu vida y verás cómo tu caminar cristiano florece en gran libertad y gozo.