Nadie podría negar que estamos en la era de lo personalizable; casi todas las cosas importantes de la vida pueden ajustarse a nuestras preferencias personales. Carl Trueman, en su libro El origen y el triunfo del ego moderno, explica el génesis de esta visión de la vida. Él la denomina “individualismo expresivo”, y puede resumirse brevemente en que la meta de la existencia es ser auténtico y vivir una vida que gire alrededor de los deseos y los sentimientos personales. En ese sentido, la realidad se reduce a una percepción de lo interno. Este fenómeno ha redefinido lo que significa ser humano, y en consecuencia, todas las estructuras trascendentes, incluyendo a Dios.
Un dios a la medida
Todos hemos escuchado las expresiones “creo en Dios a mi manera”, “cada quien puede creer lo que quiera siempre que haya respeto” o “mi Dios no es así”, producto de esta visión individualista que ajusta la realidad a las preferencias personales. Siendo honestos, nuestra era se caracteriza por el culto a la personalidad, donde el ego se pone en el centro, se exalta y se alaba como una virtud; la autorrealización es, sin duda alguna, el dios de esta era. El mercadeo y las redes sociales se han arrodillado ante este dios moderno, y ofrecen toda clase de productos hechos a la medida, incluido el concepto de un ser supremo.
Todo esto no debería sorprendernos, pues, desde el principio de la historia, la humanidad se ha hecho dioses a su propia imaginación (Ro 1). Lo lamentable es que esto haya permeado a los cristianos, que profesamos creer y obedecer al único Dios verdadero, y que está muy por encima de nuestra percepción de la realidad. Nuestro mundo ofrece un “dios cristiano” a la medida, uno capaz de ajustarse a nuestros gustos, uno que no nos contradiga, sino que nos afirme; un dios personalizable.

El Dios verdadero es inmutable
Nuestra era posmoderna es descrita como la era del relativismo; considera que no existe una verdad o realidad absoluta, sino que ésta cambia al gusto del consumidor. Para poder ofrecernos un dios a nuestra medida, los maestros del relativismo han argumentado que la Biblia es “una verdad” acerca de Dios, y que no es igual de cierta para todos los tiempos y para todas las personas.
La verdad es que, aunque el relativismo parece ser moderno, es tan antiguo como la humanidad y, desde los tiempos bíblicos, las Escrituras ya instruían acerca de esta visión distorsionada de la realidad. Moisés, el primer gran profeta de Israel, instruyó acerca del carácter inmutable de Dios en el Salmo 90: “Antes que los montes fueran engendrados, y nacieran la tierra y el mundo, desde la eternidad y hasta la eternidad, Tú eres Dios” (Sal 90:2).

Solemos pensar en la inmutabilidad de Dios de forma positiva: sentimos que es un atributo que nos da la seguridad de que Dios siempre nos amará y cumplirá las promesas que nos ha hecho. Aunque eso es cierto, que Dios sea inmutable también implica que sigue viendo el pecado como lo ha visto desde el principio, que Su ley no cambia, que mantendrá Su promesa de traer justicia a la tierra y castigar al impío. El Salmo 89 nos muestra estas dos facetas de la inmutabilidad del único Dios Verdadero:
Si sus hijos abandonan Mi ley y no andan en Mis juicios,
si violan Mis estatutos y no guardan Mis mandamientos,
entonces castigaré con vara su transgresión y con azotes su iniquidad.
Pero no quitaré de él Mi misericordia, ni obraré falsamente en Mi fidelidad.
No quebrantaré Mi pacto, ni cambiaré la palabra de Mis labios (Sal. 89:30-34).

Intentar cambiar a Dios
Intentar ajustar a Dios a nuestras preferencias es un esfuerzo tan inútil como pretender tallar una roca con las manos desnudas o intentar dañar al sol lanzando golpes al aire; Dios no puede ser afectado ni alterado por nuestra voluntad. Él se ha revelado tal como es en las Escrituras, las cuales fueron inspiradas por Él mismo (2Ti 3:16).
Los intentos de moldear al Dios de la Biblia a nuestras preferencias alcanzan también al Hijo de Dios, Jesucristo. Su carácter e identidad han sido cuestionados desde el primer siglo hasta nuestro tiempo, y son muchos los santos en la historia del cristianismo que han batallado para defender Sus atributos desde la revelación bíblica. Debido a muchas de Sus declaraciones y enseñanzas que para nuestro tiempo serían escandalosas e inaceptables, Jesús ha sido objeto de ajustes o acomodaciones al gusto del consumidor. Como bien lo anticipó el escritor C. S. Lewis:
Un hombre que haya sido meramente un hombre y que ha dicho la clase de cosas que Jesús dijo, no sería un gran maestro de moral. Sería, ya sea un lunático (al nivel de un hombre que dice ser un huevo escalfado) o si no, sería el diablo del infierno. Debes hacer una elección. O este hombre era, y es, el Hijo de Dios; o si no, sería un loco o algo peor. Puedes callarlo y tomarlo por un tonto, puedes escupirlo y matarlo como un demonio; o puedes caer a Sus pies y llamarlo Señor y Dios. Pero no vengamos con algún trato condescendiente sin sentido acerca de que Él es un gran maestro humano. Él no ha dejado eso abierto para nosotros. Él no tuvo la intención de eso.

Jesucristo es inmutable, porque Dios es inmutable. “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb 13:8). No tenemos derecho a ajustarlo a nuestras preferencias, ni a reinterpretar sus enseñanzas, ni a acomodarlo al espíritu de la época.
La iglesia, columna y sostén de la verdad
Los cristianos somos las únicas personas que conocemos al único Dios Verdadero, y a Jesucristo, Su Hijo (Jn 17:3). Nosotros tenemos acceso a la Palabra de Dios, que nunca cambia (Is 40:8, 1P 1:24), y hemos sido salvados y comisionados para anunciar la verdad entre los hombres, al punto que somos una columna donde descansa la verdad (1Ti 3:15). Nuestra voz debe levantarse nuevamente para proclamar el principio de Sola Scriptura: la Biblia es la única verdad, no solo para mostrarnos al único Dios Verdadero, sino también para definir quiénes somos. Debemos rechazar cualquier versión personalizada del Dios que se reveló por Su Palabra para conocerle personalmente, pero nunca para “personalizarle” a nuestra imagen y semejanza.
Nota del autor: si quieres profundizar en el conocimiento del único Dios Verdadero, recomiendo la lectura de Los Atributos de Dios de Arthur W. Pink.