Abril 10
“Tu Rey viene a ti, justo y dotado de salvación, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de asna. Destruiré el carro de Efraín y el caballo de Jerusalén, y el arco de guerra será destruido. Él hablará paz a las naciones, y Su dominio será de mar a mar, y desde el Río hasta los confines de la tierra”. Zacarías 9:9-10
La procesión que condujo a la llegada de Jesús a Jerusalén estuvo marcada por el dramatismo. Muchas veces, en los Evangelios, Jesús y los discípulos habían ido por su cuenta, lejos de la multitud, lo más silenciosamente y en secreto posible. Habría sido posible que Jesús entrara en la ciudad sin llamar la atención. En cambio, decidió acercarse a Jerusalén de una manera que lo declarara como el Mesías-Rey prometido desde hacía mucho tiempo en las Escrituras.
Sin embargo, el concepto que tenía la gente de lo que significaba ser el Rey de los judíos estaba tan distorsionado que no entendieron quién era Jesús. El pueblo ya había intentado convertir a Jesús en rey por la fuerza, pero Él se había apartado de ellos (Jn 6:14-15). Él sabía que lo que ellos pensaban que debía hacer un rey no era lo que Él había venido a hacer. Sus mentes estaban en el lugar equivocado. Lo mismo ocurrió cuando le sugirieron que estaba involucrado en algún tipo de revolución política. A esto respondió: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18:36).
En la entrada triunfal, los cánticos de la multitud estaban llenos de pasión, expectación y confusión. No querían vivir bajo la subyugación romana. Querían la restauración nacional y la revolución política. Necesitaban un campeón político, y Jesús era su mejor esperanza. Al parecer, confiaban en que Jesús les entregaría algo que nunca vino a entregar. Cuando la multitud gritó “¡Hosanna!” —que significa “¡Sálvanos!”— no estaban pensando en la salvación personal y espiritual; estaban pensando en el aquí y ahora.
A menos que mantengamos el evangelio en el centro de nuestro pensamiento, también podríamos caer en una confusión apasionada y optimista similar. Incluso hoy en día, muchos de nosotros continuamos creando un Jesús que pueda cumplir nuestras propias expectativas, un “salvador” creado por nuestra imaginación que ha venido a traernos comodidad, prosperidad o salud, a bendecir a nuestra familia, vecindario y nación. Sin embargo, Cristo no entró en Jerusalén como un nacionalista conquistador, montado en un carro; vino como un internacionalista que trae la paz, sentado humildemente en un burro. Vino a cumplir la profecía de Zacarías 9, proclamando “paz a las naciones” bajo Su gobierno perfecto y universal “de mar a mar”. Ese es el mensaje del evangelio: un mensaje que es bueno para todos, en todas partes, siempre. No es que nuestros sueños y exigencias sean demasiado grandes para Él, sino que son demasiado pequeños.
Jesús nos desafía hoy, como desafió a la gente en Su día, a adorarle por lo que es, no por lo que creemos que debería ser. No le digas que se ocupe de tus asuntos; considera un privilegio ocuparte de los Suyos.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
