Julio 29
“Cuando Jesús andaba por el templo, se acercaron a Él los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le preguntaron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas, o quién te dio la autoridad para hacer esto?”. Marcos 11:27-28
A ninguno de nosotros le gusta que otro interfiera en sus asuntos.
Cuando alguien insiste en que le prestemos atención o demanda nuestra obediencia, respondemos por instinto de forma negativa. En general, no nos gusta que la gente nos diga qué hacer, sobre todo en materia espiritual. Siempre es tentador tragarnos la idea (muy popular en nuestros días) de que nuestra espiritualidad no es asunto de nadie más, que es un asunto personal que solo nos atañe a nosotros.
Por lo tanto, al leer los Evangelios, podría causarnos molestia ver con más claridad que Jesús interfiere en nuestra vida. Sí, es para nuestro bien; aun así, Él interfiere. De hecho, en su autobiografía, C. S. Lewis se refiere a Jesús como el “Interferidor trascendental”.
Desde el inicio del ministerio de Jesús, la gente reconocía que Él hablaba con autoridad (ver Mr 1:22, 27). Él decía las cosas de tal manera que no podían ser evadidas ni ignoradas. En cambio, podían ser resistidas y rechazadas. La autoridad de Sus enseñanzas se convirtió en una piedra en el zapato de los maestros religiosos, así que comenzaron a oponerse a Jesús y, pronto, a formar planes para matarlo para no tener que descubrir su vida espiritual ante Él (3:6).
Igual que los líderes religiosos, a veces preferimos una espiritualidad personal moldeada por nuestra agenda y nuestro estilo de vida: “Esto es lo que creo. A esto me suscribo. Esto es lo que siempre hemos hecho. Esta es nuestra tradición”. Jesús llega para destruir todas estas nociones; las pone de cabeza; toma los valores humanos y les da un vuelco. De hecho, al final del ministerio terrenal de Jesús, Él declaró que toda autoridad le había sido dada (Mt 28:18-19). Él no comparte Su autoridad con nadie. Nuestra vida espiritual de hecho sí es de Su incumbencia. O bien nos postramos ante Su autoridad y lo aceptamos como Señor y Salvador hoy, o un día nos postraremos ante Él y lo conoceremos solo como nuestro Juez.
Agregar a Jesús a una esquina de nuestra existencia es fácil y respeta nuestra privacidad; es algo muy diferente permitir que el “Interferidor trascendental” tome control de cada aspecto de nuestra vida y nos ordene una obediencia absoluta. Su perfecta autoridad es un asunto que debemos considerar en cada decisión que tomamos. De manera que quedamos frente a una pregunta desconcertante: ¿Estoy viviendo según mis deseos naturales y las reglas que yo mismo he fabricado? ¿O estoy buscando someterme gozoso a mi Salvador cada día y de cada manera? Es solo cuando escogemos postrarnos ante la autoridad de Jesús, reconocer Su señorío sobre nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestro dinero, nuestro todo, que podemos comenzar en verdad a aceptarlo como Señor y Salvador y a disfrutar de conocerlo como nuestro amigo y guía. ¿Estás manteniendo al Señor al margen de alguna manera? Ese es precisamente el lugar donde Él te llama a dejarlo interferir; es el lugar donde tienes la oportunidad de tratarlo en verdad como el que tiene toda la autoridad. Tenlo por seguro: Él alterará tu vida; pero solo Él tiene el derecho de hacerlo y solo Él puede hacerte libre.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
