Julio 30
Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia (Santiago 1:2-3).
Por extraño que parezca, uno de los propósitos primordiales de ser sacudidos por el sufrimiento, es causar que nuestra fe sea más firme.
La fe es como el tejido muscular: cuando es forzado hasta el límite, se vuelve más fuerte, no más débil. Eso es lo que Santiago quiere decir en este pasaje. Cuando la fe se ve amenazada, probada y tensada hasta el punto de ruptura, el resultado es una mayor capacidad de aguante. Eso es a lo que él llama paciencia.
Dios se deleita tanto en la fe, que la prueba hasta el punto de ruptura para mantenerla pura y fuerte. Por ejemplo, eso es lo que hizo con Pablo según 2 Corintios 1:8-9:
Porque no queremos que ignoren, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia. Porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos.
La frase “a fin de que” muestra que había un propósito detrás de este sufrimiento extremo: fue para que (con el propósito de que) Pablo no confiara en sí mismo ni en sus recursos, sino en Dios, específicamente en la gracia prometida de Dios de resucitar a los muertos.
Dios valora tanto la fe que depositamos en Él de todo corazón que, en Su gracia, nos despojará de todo aquello en lo que pudiéramos sentirnos tentados a confiar, incluso la vida misma. Su objetivo es que crezcamos y seamos más fuertes en nuestra confianza en que Él será todo lo que necesitamos.
Dios quiere que podamos decir junto al salmista: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Fuera de Ti, nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre” (Salmo 73:25-26).
