La sorprendente importancia de las amistades cristianas “superficiales”

Puede que muchas de nuestras relaciones en la iglesia no sean profundas, pero siguen siendo valiosas, porque caminamos juntos unidos por Cristo y por una misma misión.
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Dee y yo no éramos amigos particularmente cercanos en la escuela secundaria. Él nunca fue a mi casa; yo nunca fui a la suya. Yo nunca conocí a sus padres; él nunca conoció a los míos. Algunos podrían haber descrito nuestra amistad como “superficial”, no porque hubiera algo malo en nuestra amistad, en sí misma. Pudo haberse vuelto más profunda y personal. Simplemente nunca ocurrió. Y, sin embargo, Dee y yo compartíamos un vínculo especial por una razón específica: jugábamos fútbol americano juntos. Dee era un apoyador central grande, de aspecto intimidante, el tipo de persona que preferirías tener en tu equipo. Hasta el día de hoy, lo veo frente a mí junto al resto del equipo, cansado y sudoroso, con una determinación serena en los ojos. “Vamos por ellos”. No he visto a Dee en años, pero si lo hiciera, imagino que todavía compartiríamos ese vínculo. No porque disfrutáramos de una amistad particularmente profunda, sino porque trabajamos duro y luchamos juntos hacia una meta común.

Muchas de nuestras relaciones en la iglesia (quizá incluso la mayoría) tienden a funcionar de la misma manera. La mayoría de nosotros solo disfrutaremos amistades profundas e íntimas con unas pocas personas. El resto de nuestras relaciones se parecerá mucho más a mi relación con Dee. Quizás no nos conozcamos por nombre y rostro; quizás tengamos algunas conversaciones breves de vez en cuando; y tal vez compartamos regularmente una experiencia común que es importante para ambos.

Pero nunca llegamos a ir especialmente “profundo”. Y eso está bien.

De hecho, estas amistades menos personales (llamémoslas: conocidos de la iglesia), son vitales para la salud de nuestras iglesias y el avance del evangelio.

Las amistades en la iglesia no siempre son profundas o íntimas. Muchas se parecen a la relación con un compañero de equipo. / Foto: Lightstock

Nuestra aversión a los conocidos de la iglesia

Hace varios años, ayudé a plantar la iglesia que ahora pastoreo. Siempre hemos enfatizado la “membresía significativa”: la importancia de profesar públicamente nuestra fe en Cristo y hacer un compromiso consciente de seguirlo juntos. Al principio, la iglesia era tan pequeña que todos los miembros se conocían personalmente. En esos primeros años, el significado espiritual de nuestra membresía parecía evidente y tangible para todos. Cada nuevo miembro se ponía de pie y compartía un testimonio de cinco minutos con la congregación. Organizábamos eventos de toda la iglesia en las casas de las personas. ¡Fue un tiempo especial! Pero cuando la iglesia creció más allá de cierto punto, algunos comenzaron a plantear una pregunta importante: ¿Sigue siendo verdaderamente significativa nuestra membresía?

Cuando la iglesia crece y ya no todos se conocen personalmente, surge la pregunta de si la membresía sigue siendo realmente significativa. / Foto: Lightstock

Me tomó un tiempo comprender esta inquietud. Nuestra teología no había cambiado, ni tampoco nuestra filosofía de ministerio. Pero algunos habían asociado el carácter significativo de nuestra membresía con la capacidad de conocer personalmente a cada miembro, y eso ya no era posible. A su vez, la idea de formar amistades menos personales con un grupo más amplio de personas parecía una concesión, como conformarse con un tipo de comunión menos significativo. Algunos sentían que les resultaba difícil mantenerse al día mientras intentaban formar amistades profundas con cada nuevo miembro, y al mismo tiempo conservar aquellas en las que ya habían invertido.

En resumen, nuestro aprecio por las amistades cristianas profundas llevó a algunos a resistirse de las más sencillas y menos personales.

El valor que damos a las amistades cristianas lleva a algunos a resistirse a relaciones más sencillas cuando el crecimiento de la iglesia hace imposible conocer a todos. / Foto: Lightstock

Hay muchas razones por las que podríamos tener esta aversión a los conocidos de la iglesia. Pero, en retrospectiva, parece que esta mentalidad es consecuencia de nuestro individualismo moderno y del anhelo de “autenticidad”. Tendemos a medir la salud relacional en términos de apertura. Cuanto más libres (y esperados) somos de compartir nuestro corazón con personas en quienes confiamos, más saludable suponemos que debe ser la amistad. A su vez, tendemos a desconfiar de las relaciones en las que no se espera o invita a “abrirlo todo”. Sentimos como si tuviéramos que fingir u ocultar quiénes somos realmente para ajustarnos a las reglas de esas amistades. Así que, con frecuencia, no las valoramos; sino que las evitamos; y descuidamos las habilidades necesarias para cultivarlas y multiplicarlas dentro de nuestras iglesias.

“Y mejor así”, quizás pensemos. “No necesito esas amistades superficiales. ¿Quién las necesita?”.

Mientras tanto, nuestras iglesias sufren. Porque estas amistades menos personales a menudo conducen a (o al menos crean las condiciones necesarias para) las más profundas y personales que todos anhelamos. Sin mencionar que estos conocidos de la iglesia también son increíblemente valiosos en sí mismos.

Nuestro individualismo y el deseo de “autenticidad” nos llevan a desconfiar de las relaciones menos personales en la iglesia. / Foto: Lightstock

Por qué los conocidos de la iglesia realmente importan

Imagina a varios miles de personas reunidas en el Pórtico de Salomón (Hch 5:12), el patio exterior del templo en Jerusalén y la única área a la que se permitía entrar a los gentiles. Imagina esta asamblea, llena de una mezcla extraña de personas, gentiles y judíos, ricos y pobres, locales y extranjeros, hombres, mujeres y niños, todos reunidos en un mismo lugar para declarar que Jesús es el Rey de toda la creación.

No era la profundidad emocional de la relación de cada persona lo que hacía tan poderosa aquella reunión. No todos conocían las rutinas diarias, las historias de vida, las ambiciones y los temores de cada persona presente. Pero todos conocían al Cristo crucificado y ahora resucitado. Y habían decidido reunirse allí, en el patio exterior de aquel antiguo templo, para declarar que Dios ahora los estaba edificando como un templo nuevo y vivo por medio de la fe en Cristo (Ef 2:21-22; 1P 2:4-5). Dios rasgó el velo en dos; ya no permanecería distante de Su pueblo. Ahora habitaría con congregaciones como esta y, por medio de ellas, llenaría la tierra con Su gloria (Ef 1:7-10, 22-23). Por eso nuestras iglesias continúan reuniéndose hasta el día de hoy.

La fuerza de la iglesia reunida no descansa en la profundidad de cada relación, sino en la fe compartida. / Foto: Unsplash

En otras palabras, nuestra membresía no es significativa solo porque conocemos a cada miembro. Nuestra membresía es significativa porque cada miembro conoce a Cristo y está siendo transformado a Su imagen juntamente con los demás. Nuestras vidas están unidas, no solo por una sensación subjetiva de que “nos sentimos conectados”, sino por el cuerpo y la sangre de Jesús.

En estos días, somos rápidos para preguntar: “¿Qué es lo mejor para cada cristiano individual?”. Y, sin duda, desde esa perspectiva, las relaciones profundas de discipulado son de gran ayuda. Pero con demasiada frecuencia nunca llegamos a preguntar: “¿Qué es lo mejor para toda nuestra congregación?”. Desde esa perspectiva, los conocidos de la iglesia son absolutamente esenciales. Si los valoramos y cultivamos, nuestras iglesias se vuelven en una red interconectada de relaciones. Las personas que son nuestros conocidos serán las relaciones de discipulado más cercanas de otros miembros, y viceversa. Todos compartiremos el vínculo de la comunión. Pero si no valoramos ni cultivamos estos conocidos, puede surgir una cultura intimidante y difícil de integrar para cualquiera que sea nuevo. Los visitantes entrarán en nuestras iglesias y percibirán: “¡Vaya! Estas personas realmente se conocen y se cuidan entre sí. Pero no estoy tan seguro de que haya lugar para mí en todo esto”. Por supuesto, ninguno de nosotros querrá que se sientan así. Pero si tienen que formar amistades profundas y significativas para empezar siquiera a sentirse parte del equipo, lo más probable es que muchos nunca lo logren. Si queremos que toda nuestra congregación prospere (y no solo los miembros más conectados dentro de ella),  necesitamos que nuestros miembros valoren a los conocidos de la iglesia.

La membresía en la iglesia es significativa no solo porque nos conocemos, sino porque compartimos la misma fe en Cristo. / Foto: Lightstock

Cómo ayudar a nuestros miembros a valorar a los conocidos de la iglesia

Por la gracia de Dios, nuestra congregación está comenzando a madurar más allá de estos dolores de crecimiento. Los hermanos y hermanas que tenían estas barreras comprensibles han adoptado en gran medida la belleza de los conocidos de la iglesia (mientras mantienen también sus relaciones más profundas de discipulado). Aquí hay cuatro cosas que nos han ayudado a crear una cultura que también valora a los conocidos de la iglesia:

1. Predicar sobre el significado espiritual de ser una congregación

Como pastores y ancianos, siempre predicamos a toda nuestra congregación, es decir, a todos los miembros juntos. Esto significa que debemos aplicar regularmente las verdades de la Escritura a una amplia variedad de relaciones dentro de nuestras iglesias, incluidos los conocidos de la iglesia. Por ejemplo, anima a tus miembros a considerar a las demás personas en la sala y lo que el pasaje de esta semana significa para tus relaciones con todos ellos.

Al hablar regularmente desde el púlpito a estos conocidos de la iglesia, podemos reforzar su importancia y dar a las personas ojos para ver su significado espiritual. Jesús tiene un equipo. Ser miembro de la iglesia es estar en ese equipo. Y, sin importar cuán bien conozcamos a los demás miembros del equipo, todos llevamos la misma camiseta y trabajamos hacia la misma meta. Eso importa. Prediquemos a todo el equipo como equipo, no solo a los jugadores individuales.

Predicar a toda la congregación ayuda a que los miembros vean el significado espiritual de pertenecer a una misma iglesia. / Foto: Lightstock

2. Honrar el rol y las responsabilidades que comparte toda la congregación

A menudo se forma un vínculo especial entre quienes hacen cosas importantes juntos. Como miembros de una iglesia, compartimos responsabilidades muy importantes. Por ejemplo, se espera que las congregaciones enteras se reúnan regularmente (Heb 10:25), reciban y excluyan miembros (Mt 18:15-20), designen líderes (Hch 6:3), se sometan a esos líderes (Heb 13:17), den de manera sacrificial (2Co 8 – 9) y envíen plantadores de iglesias y misioneros (Hch 13:1-3). Compartir estas responsabilidades puede tener el efecto de formar vínculos entre cada miembro, independientemente de cuán bien se conozcan personalmente.

Cuando una congregación comparte responsabilidades espirituales se forman vínculos entre los creyentes, aun cuando no se conozcan profundamente. / Foto: Lightstock

Lo contrario también es cierto. Si una congregación no tiene un rol que desempeñar en conjunto, ni responsabilidades, ningún propósito colectivo aparte de asistir a los mismos servicios, será difícil cultivar un sentido de conexión entre miembros que no son amigos personales cercanos. Se sentirán como miembros de un equipo que nunca practica ni juegan juntos. Al honrar el rol y las responsabilidades de toda la congregación, entrenamos a cada miembro a pensar: “Quizás no conozca muy bien a Amanda, pero compartimos la responsabilidad espiritual de atar y desatar personas en el nombre de Jesús”. O: “Quizás no sea amigo cercano de Tray, pero ambos damos el dinero que ganamos con esfuerzo para ayudar a esta iglesia a hacer discípulos”. Eso importa. Pongamos el foco en la obra importante que cada miembro de nuestra iglesia realiza juntamente con los demás.

3. Mostrar hospitalidad a los recién llegados y a quienes se han unido recientemente a la iglesia

En Efesios 4, Pablo nos dice que los líderes de una iglesia son responsables de “capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (4:12-13). Los ancianos desempeñan un rol importante en cultivar toda clase de relaciones en nuestras iglesias, incluidos los conocidos de la iglesia. Si nosotros no los valoramos, nuestras congregaciones tampoco lo harán. (Probablemente por eso ser “hospitalario”, es decir, demostrar cuidado y atención por los desconocidos, es un requisito para el oficio de anciano). Para que las “manos” valoren los “brazos” en su iglesia, necesitarán una buena muñeca. Para que los “pies” se preocupen por las “piernas”, necesitarán un buen tobillo. Como un buen entrenador, valoremos a todo el equipo valorando nosotros mismos a cada miembro del equipo. No pasemos tiempo solo con los miembros que mejor conocemos (o que más nos agradan). Apartemos espacio en los ritmos semanales y mensuales de nuestra familia para pasar tiempo con visitantes y nuevos miembros. Mejor aún, llevemos con nosotros a algunos miembros de larga trayectoria para que comiencen a formar estos mismos tipos de vínculos y posiblemente incluso más profundos.

La hospitalidad hacia visitantes y nuevos miembros ayuda a fortalecer los vínculos dentro de la iglesia. / Foto: Lightstock

4. Esperar

Al igual que las amistades profundas, desarrollar conocidos saludables en la iglesia puede llevar tiempo, especialmente después de una temporada prolongada de crecimiento o cambio en su iglesia. Sigue predicando. Sigan haciendo juntos la obra importante, sigan conociendo a las personas. Luego espera que el Señor los una a todos. Recuerda: en última instancia, esta es una obra espiritual que solo Él puede hacer.

Conclusión

Alabado sea Dios por las relaciones profundas de discipulado. ¡Todos las necesitamos! Pero no subestimemos a los conocidos ocasionales que tenemos en la iglesia. Irónicamente, al hacerlo, podemos debilitar una cultura de formación de discípulos y perder la belleza de nuestra conexión espiritual con cada miembro. Quizás no todos seamos amigos cercanos, pero como miembros de la misma iglesia, estamos en el mismo equipo. Y eso importa.


Publicado originalmente el 9Marks.

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Danny D'Acquisto

Danny D’Acquisto es el pastor de la iglesia Redemption en Brookfield, Wisconsin (EE. UU.). Él y su esposa, Kari, tienen tres hijos: Lewis, Audrey y Swara.

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