Las malas noticias que aún necesitamos: recuperar el pecado en una era secular

¿Cuándo fue la última vez que alguien te habló del pecado con honestidad, sin rodeos y sin disculpas? Occidente lleva décadas renombrando sus fracasos morales, llamándolos errores, malas decisiones o descuidos, y ese vocabulario alternativo ha traído más angustia, no menos.
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¿Cómo sería si el mundo entero fuera olvidando poco a poco el continente norteamericano? Los barcos zarpan desde las costas de Europa y África con la intención de navegar por el océano hasta llegar a Asia o Australia, pero una masa continental gigantesca no deja de interponerse en su camino. No aparece en ninguno de sus mapas. No tiene sentido. El Atlántico debería continuar, pero no lo hace. La amnesia lleva a todos los viajeros a enfrentarse a la verdad inamovible.

Es un escenario extraño, pero ocurre con regularidad en el ámbito del dogma. Sufrimos amnesia teológica; las doctrinas de la fe simplemente se nos escapan de la vista. En nuestro contexto cultural, esto está sucediendo con la doctrina central del pecado, y apenas estamos comenzando a ver el caos y el pánico de los viajeros atónitos en Occidente. Permíteme explicar a qué me refiero, qué parece estar sucediendo y cómo podrían responder los pastores y líderes de iglesia.

“La pérdida de la conciencia del pecado”

En su obra clásica Cristianismo y liberalismo, escrita en 1923, J. Gresham Machen (1881–1937) escribió sobre la “pérdida de la conciencia del pecado”. Ante sus propios ojos, una de las doctrinas fundamentales de la fe cristiana, un pilar de la fe, estaba quedando atrás, olvidada, dejada de lado. ¿Qué ocupó su lugar? Un extraño opuesto: la confianza. Machen escribió:

Lo característico de la era moderna, por encima de todo, es una confianza suprema en la bondad humana… Se nos dice que, si vamos más allá de la aspereza exterior de los hombres, descubriremos suficiente abnegación como para fundar en ella la esperanza de la sociedad; se dice que el mal del mundo puede ser vencido con el bien del mundo; no se necesita ayuda de fuera del mundo.

J. Gresham Machen / Foto: OPC

Esa última cláusula debería hacer reflexionar a todo cristiano: no se necesita ayuda del exterior del mundo. Eso captura la amnesia paralizante del Occidente secular. ¿Qué necesitamos para abordar los males de la actualidad? No a Dios. No al Salvador. No al Espíritu. No a la revelación. Solo… a nosotros. Así comenzó el olvido de un continente.

¿Por qué sucedió esto? No hay una respuesta sencilla. Machen pensaba que la Primera Guerra Mundial tuvo algo que ver con ello. “En tiempos de guerra”, escribió, “nuestra atención se centra tan exclusivamente en los pecados de otras personas que a veces nos inclinamos a olvidar nuestros propios pecados”. Cierto. Podemos mirar fijamente a la oscuridad el tiempo suficiente como para parecer brillantes en contraste. Pero Machen sabía que la respuesta era más profunda. Vio el cambio en los 75 años anteriores en la cultura occidental. Y lo definió como la silenciosa “sustitución del cristianismo por el paganismo como visión dominante de la vida”. El paganismo, dijo, es “esa visión de la vida que encuentra el objetivo más elevado de la existencia humana en el desarrollo sano, armonioso y gozoso de las facultades humanas existentes… El paganismo es optimista con respecto a la naturaleza humana sin ayuda, mientras que el cristianismo es la religión del corazón quebrantado”.

En Cristianismo y liberalismo, J. Gresham Machen advierte sobre la pérdida de la conciencia del pecado. / Foto: OPC

Dicho en el lenguaje sencillo que podrían usar nuestros vecinos: “No somos tan malos. Todos tenemos cosas buenas por las que vivir y cosas buenas que perseguir. Centrémonos en ellas”. Cada vez que este sentimiento se apodera de un corazón humano, otra parte del continente del pecado desaparece de la vista, dejando a quienes aún hablan del pecado sonando anticuados, distantes e incluso míticos.

Existe ahora una amnesia generalizada sobre uno de los mayores continentes de la experiencia humana. Pero, por supuesto, eso no significa que el continente se haya ido a  otro sitio. El pecado permanece. Los barcos simplemente encallan en sus costas en señal de desafío y lo llaman de otra manera. El día en que el pecado desapareció es, en realidad, simplemente el día en que los hombres cerraron los ojos.

Por supuesto, los cristianos ortodoxos han tratado de conservar su mapa histórico, sabiendo cuán estrechamente vinculada está la doctrina del pecado a otras creencias fundamentales (las doctrinas de Dios, Cristo, la salvación y la santificación, por ejemplo). Mientras que el mundo occidental en general dejó atrás su conciencia del pecado, los cristianos que leen la Biblia se aferraron al concepto. Pero ni siquiera ellos han sido inmunes a la desaparición del continente en la cultura general. En cierto modo, han reducido el tamaño del continente. Han hecho que el pecado sea menos de lo que realmente es.

 Mientras que el mundo occidental en general dejó atrás su conciencia del pecado, los cristianos que leen la Biblia se aferraron al concepto. / Foto: Lightstock

Casi cien años después de la observación de Machen, el consejero bíblico David Powlison lamentó lo que llamó “una visión pelagiana del pecado” dentro del cristianismo. Con esto se refería a que muchos cristianos veían el pecado solo como acciones voluntarias. El pecado era simplemente “algo malo que haces”. Pero ¿se limita el pecado a la acción externa? ¿Puedes transgredir la ley de Dios en tus pensamientos? Sí, Jesús fue claro al respecto (Mt 15:19; Mr 7:21). ¿Se puede transgredir la ley de Dios en los deseos? Sí, Pablo fue claro al respecto (Col 3:5; Ga 5:16), y también lo fue Santiago (Stg 1:14-15). Por tanto, como mínimo, el pecado implica no solo acciones, sino también pensamientos y deseos. El pecado no es simplemente “algo malo que uno hace”. Es algo que está dentro de uno.

Definición del pecado

Entonces, ¿qué es el pecado? Hay algunas preguntas que nos llevan al límite del misterio y, sin embargo, exigen una definición. Eso es lo que tenemos aquí. El teólogo reformado Herman Bavinck (1854–1921), al resumir la obra de muchos teólogos fieles, concluyó que el pecado es una enfermedad moral del corazón. El pecado no es una “cosa” (sustancia) que existe por sí misma en conflicto con la bondad de Dios, luchando por destacar en una especie de batalla yin-yang por el equilibrio. Más bien, el pecado es una negación introducida en la buena creación de Dios por las criaturas.

El pecado es “una privación de aquello que el hombre, para ser verdaderamente humano, debería tener; y es al mismo tiempo la introducción de un defecto o una insuficiencia que no es propia del hombre”. En otras palabras, el pecado nos quita algo bueno e introduce activamente defectos y distorsiones. Así como el cáncer destruye el tejido y multiplica el crecimiento celular anormal, el pecado mata las motivaciones santas y agrava las impías. A diferencia del cáncer, el pecado no es una sustancia, algo que podamos examinar y medir con un microscopio. Es una nada que nos carcome hasta que quedamos tan débiles que nos derrumbamos sobre nosotros mismos.

El pecado es una negación introducida en la buena creación de Dios por las criaturas. / Foto: Lightstock

Las Escrituras confirman esta descripción y nos ofrecen muchas representaciones concretas y vívidas para ayudarnos a comprender el pecado. Algunas son directas y otras indirectas. El pecado es la transgresión de la ley (1Jn 3:4): eso es directo. El pecado es el fracaso en imitar a Dios (Ef 4:22-24): eso es indirecto. Vern Poythress señala más de una docena de otras formas en que las Escrituras retratan el pecado: esclavitud al mal (Jn 8:34; Ro 6:17), falta de comunión con Dios (Ro 5:10), falta de amor (Mt 22:36-40), pretensión de autonomía (Gn 3:5), orgullo (Pro 16:18), incredulidad (Ro 14:23), ingratitud (1Ts 5:18), rebelión contra Dios (Ro 8:7), odio hacia Dios y compromiso indebido (Mt 6:24), amistad con el mundo (Stg 4:4), infidelidad (Lv 26:15) y ruptura de la armonía (2Ti 3:2). En todos estos ejemplos e imágenes, el pecado es relacional. Powlison escribió que el pecado “significa algo que daña una relación. Es diferente de un error, una falta o un fracaso. Describe una traición relacional, no solo un fracaso personal. Pecar significa ofender a Dios al traicionar el amor por Él. Pecar significa ofender a otras personas al violar el amor por ellas”.

Pecar significa ofender a Dios al traicionar el amor por Él. / Foto: Lightstock

En resumen, el pecado es una enfermedad moral del corazón, cualquier deseo, pensamiento o acción que nos aleja de Dios y de Su voluntad revelada para nuestras vidas. Existe incluso una especie de lógica oscura en el pecado. Las Escrituras dicen que los deseos pecaminosos son la raíz de los pensamientos pecaminosos, los cuales se convierten en los brotes de las acciones pecaminosas. Santiago dice: “Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte ” (Stg 1:14-15).

Los deseos pecaminosos son el fundamento de los pensamientos pecaminosos, y los pensamientos pecaminosos construyen un puente hacia las acciones pecaminosas. Por eso debemos estar tan atentos a controlar los deseos de nuestro corazón (ver Mt 5:28). El autor de Proverbios todavía tiene un mensaje para el siglo veintiuno: “Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida ” (Pro 4:23).

El resultado de esta oscura lógica del pecado es que nos alejamos de Dios. Al alejarnos de Dios, nos quedamos solos con nosotros mismos. El pecado nos hace volvernos hacia dentro. Creemos que somos los dueños de nuestras propias vidas. Si no se controla, el volcarnos hacia dentro, eso que provoca el pecado, conduce a la muerte (Stg 1:15).

Al alejarnos de Dios, nos quedamos solos con nosotros mismos. / Foto: Unsplash

La buena noticia es que, si bien el pecado es una enfermedad moral del corazón, Dios ofrece la curación moral del corazón por medio de Su Hijo. Por eso, en Cristo, Dios nos da corazones nuevos (Ez 36:26). Y eso es exactamente lo que necesitamos. De lo contrario, seguimos siendo, en palabras de Powlison, “insondablemente locos”. Él escribió:

La locura fundamental del corazón humano es que violamos el primer gran mandamiento. Amaremos cualquier cosa, excepto a Dios, a menos que nuestra locura sea controlada por la gracia.

La gracia significa un corazón nuevo, y los corazones nuevos tienen motivaciones, deseos y pensamientos restaurados y santos. ¿Por qué? Por Jesús. “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús ” (Fil 4:7). Un corazón nuevo está guardado en Cristo. Gracias a Él, la bondad dada por la gracia de Dios combate la privación y la corrupción activa del pecado. Mediante el Espíritu y por la persona y obra de Cristo, respondemos con fe y arrepentimiento, confianza y conversión, movimientos en el corazón habilitados y ejecutados por Dios mismo.

Dios ofrece la curación moral del corazón por medio de Su Hijo. / Foto: Lightstock

Efectos del olvido

Las doctrinas están relacionadas sistemáticamente, como sistemas dentro de un solo cuerpo. Una definición no bíblica del pecado tiene implicaciones para otras doctrinas fundamentales. Entonces, ¿cuáles son los efectos de perder nuestra conciencia del pecado, o incluso de tener una visión pelagiana del mismo? Hay demasiados para enumerarlos, pero permíteme ofrecer algunos efectos seleccionados en relación con nuestra visión de Dios (teología propiamente dicha) y nuestra visión de las personas (antropología).

Nuestra visión de Dios

Si Machen tenía razón al afirmar que la confianza en nuestra propia bondad ha sustituido nuestra conciencia del pecado, eso cambia la forma en que las personas ven a Dios. En épocas pasadas, la gente veía a Dios como el trueno sagrado y la luz cegadora que sacaba a la superficie la escoria de nuestro pecado y la consumía con una gracia ardiente. Pero eso era cuando el pecado aún era un continente conocido. Para la mayoría de las personas de hoy que están abiertas a creer en lo divino, Dios es simplemente más de la bondad que ya tienen dentro de sí mismas. Dios es un comparativo: más fuerte, más sabio, más noble, más amable, más amoroso, más hermoso, más paciente, más creativo. Dios es más de las cosas buenas que han experimentado en sí mismas.

Con una visión comparativa de Dios, nuestro enfoque se convierte en la superación personal o la madurez moral. Tratamos de actuar más como el Dios que es más que nosotros. La salvación no es “Dios viniendo a ti”; es “tú yendo a Dios”. Dedicamos nuestra atención, dinero y recursos a la transformación del comportamiento. Jesús, en el mejor de los casos, es nuestro ejemplo a imitar. Eso era precisamente contra lo que Machen luchaba en la década de 1920.

Una definición no bíblica del pecado tiene implicaciones para otras doctrinas fundamentales. / Foto: Unsplash

Un fenómeno similar ocurre dentro de la iglesia cuando las personas tienen una visión pelagiana del pecado.

Si el pecado consiste únicamente en acciones realizadas conscientemente y por voluntad propia, entonces mi objetivo principal es realizar menos de esas acciones. El objetivo es la superación personal. La santificación no es “Dios moldeándote a la imagen de Cristo”; es “tú moldeándote a la imagen de Cristo”. Dios, a todos los efectos, no está realmente involucrado. Y eso se confirma por dos patrones desgarradores en el cristianismo popular: la falta de oración y el aumento del analfabetismo bíblico. Si nuestra tarea es cambiarnos a nosotros mismos, no necesitamos confiar en Dios al orar, y no necesitamos la Palabra cortante y correctora de Dios. Podemos, en palabras de Powlison, permanecer en nuestra posición predeterminada: el ateísmo funcional.

Juntemos estas dos observaciones. Cuando el pecado es un continente olvidado, el mundo fuera de la iglesia se empeña en tratar a las personas como semidivinas, como amos con plena autoridad sobre su propio destino (autonomía). Mientras tanto, el mundo dentro de la iglesia se empeña en la modificación del comportamiento espiritual: más tiempo de silencio, mejora del carácter, servicio comunitario. En ambos casos, Jesucristo murió en vano. En ambos casos, el Espíritu Santo está ausente. En ambos casos, Dios es un complemento de nuestras vidas funcionalmente ateas.

Cuando el pecado se vuelve un continente olvidado, el mundo fuera de la Iglesia eleva al hombre a una falsa condición semidivina. / Foto: Envato Elements

Nuestra visión de las personas

Estas concepciones de Dios están íntimamente ligadas a las concepciones de las personas. La visión ortodoxa de las personas como pecadores dependientes que necesitan un Salvador y una santificación continua es sustituida, pero ¿por qué?

En primer lugar, la independencia reemplaza a la dependencia. Para el mundo en general, las personas no dependen fundamentalmente de Dios; son fundamentalmente independientes de todos y de todo. No necesitan ayuda externa para prosperar. Así es como Machen definió el paganismo: “El mal del mundo… puede ser vencido con el bien del mundo; no se necesita ayuda de fuera del mundo”. En otras palabras, las personas están bien por sí mismas. En términos espirituales, las únicas necesidades y limitaciones que tienen pueden satisfacerse y superarse mediante la literatura de autoayuda, la medicina moderna o un terapeuta. Cada persona es su propio pequeño reino, un estado soberano cuyo estado emocional y psicológico y cuyos juicios son incuestionables. Después de todo, no hay autoridad más alta que nosotros. Dios, si es que existe, es irrelevante. Esto es exactamente lo que Satanás quiere. Quiere que nos dejemos cautivar por la autosalvación. Satanás “está continuamente proponiendo a las personas planes de autosalvación diseñados para mantenerlas alejadas del verdadero Salvador”.

Satanás quiere que nos dejemos cautivar por la autosalvación. / Foto: Envato Elements

Nuestra absoluta autosuficiencia hace imposible abordar en profundidad los problemas psicológicos arraigados en el corazón, lo cual es parte de la razón de la avalancha de problemas de salud mental en Occidente. Powlison solía hablar de un “piso de cristal” contra el cual chocaron los psicólogos seculares del siglo veinte —Sigmund Freud, Carl Rogers, B. F. Skinner, John Bradshaw, Wayne Dyer— con sus teorías sobre lo que aquejaba a la humanidad: todos partían de la suposición fundamental de que el pecado no era el problema. El problema debía estar en otra parte: en otras personas, en traumas reprimidos, en una autoimagen negativa, en la aceptación social. El problema era cualquier cosa menos el pecado. Y debido a eso, sus soluciones eran cualquier cosa menos holísticas. Nunca pudieron llegar a las raíces de lo que motivaba a las personas. Eligieron una amnesia paralizante cuando se trataba del continente del pecado.

Uno de los resultados de esta amnesia fue una pérdida de responsabilidad personal y rendición de cuentas moral. Si todos los demás son la causa de nuestros problemas, entonces tenemos mucho menos de qué responsabilizarnos y nadie ante quien rendir cuentas. ¿Y lo peor de todo? Los problemas de salud mental persisten y empeoran. Eso es parte de lo que estamos viendo en Occidente.

Al negar el pecado, la psicología moderna ofreció soluciones superficiales que diluyen la responsabilidad y agravan la crisis mental. / Foto: Dominio público

En segundo lugar, las máquinas funcionales reemplazan a los pecadores que luchan. Aquellos dentro de la iglesia que abrazan una visión pelagiana del pecado tienden a tratar a las personas como máquinas. Tienen la información de entrada que necesitan (el evangelio, la asistencia a la iglesia, cierto sentido de la teología). Lo que tienen que trabajar es la salida: la modificación del comportamiento. Y si eso no está sucediendo, debe haber un problema con la entrada; necesitan un mejor evangelio, una iglesia diferente, una teología más atractiva. Así es como funcionan las máquinas. La entrada es igual a la salida.

Y si pasas mucho tiempo frustrado por la salida “incorrecta”, podrías empezar a desmontar la entrada. Podrías empezar a “deconstruir” tu fe. En este escenario, eso significa señalar todos los problemas con la información y usar eso como explicación para tu “estancamiento”. Sea cual sea el caso, Jesús ya no es relevante, porque ya hizo lo que vino a hacer: darnos un ejemplo (aunque tenemos muchos de esos aparte de Jesús). Y el Espíritu Santo es más como un mito que como una persona significativa. “Él está aquí”, pensamos, “pero somos nosotros los que hacemos todo el trabajo duro”.

En ambos bandos, dentro y fuera de la iglesia, Cristo murió en vano y el Espíritu no vive para nadie. Ambos marcos son fundamentalmente anticristianos, no simplemente no cristianos, en su intento activo de suplantar la verdad bíblica.

Aquellos dentro de la iglesia que abrazan una visión pelagiana del pecado tienden a tratar a las personas como máquinas. / Foto: Lightstock

Recordar el pecado

Expresar la doctrina bíblica del pecado y defender una visión fiel de Dios, tanto en la teoría como en la práctica, forma parte de la labor de la iglesia. Pero ¿qué debe hacer la iglesia en una época en la que las personas han perdido la conciencia del pecado o tienen una comprensión errónea del mismo? Queda mucho por hacer. Dos de los ámbitos más importantes que hay que abordar son el discipulado y la predicación.

Discipulado

En primer lugar, en el discipulado, hay que comenzar con un examen sincero y en oración sobre los patrones personales de pecado. Después de que Jacob luchó con Dios, caminó cojeando (Gn 32:22-32). Todos los que se cruzaban con él llegaban a conocer la historia de su lucha. Su cojera daba pie a conversaciones sinceras sobre la obra de Dios en su vida. Los pastores pueden adoptar el mismo enfoque con sus propios patrones de pecado antes de discipular a otros. Comenzando por ellos mismos, pueden, como dice mi amigo, “liderar cojeando”. Pueden reconocer el pecado como el problema principal en su propia vida. Esta asunción del pecado en primera persona permite que se produzca un discipulado profundo de los demás. Examina tus propios patrones de pecado. Y lidera cojeando cuando comiences a discipular a otros.

En el discipulado, hay que comenzar con un examen sincero y en oración sobre los patrones personales de pecado. / Foto: Lightstock

En el discipulado, los pastores pueden preguntar con cuidado cómo el pecado causa estragos en la vida de otra persona. Las respuestas serán diferentes para cada uno. Algunos luchan contra el orgullo y otros contra la duda. Algunos enfrentan patrones de ira y otros de materialismo. Cada hijo de Dios debe saber, por medio del discipulado, cuáles son los patrones de pecado más frecuentes en su vida. Personalmente, soy propenso a pensar demasiado en cómo me ven los demás (temor del hombre). También enfrento desafíos constantes para evitar las cosas difíciles debido a la ansiedad. Y, tal vez porque me crié en una familia donde el dinero no abundaba, lucho contra el materialismo y la confianza en la providencia de Dios. Los pastores y líderes de la iglesia me han ayudado a ver estas cosas. Si no las abordo al orar, mi corazón seguirá enfermo y me alejaré de Dios.

Parte del discipulado significa conocer tus patrones de pecado y cómo las Escrituras te guían para enfrentarlos de frente. Liderar cojeando y hablar del pecado de otra persona puede que no sea cómodo ni popular, pero será lo más beneficioso para las personas a medida que crecen en la semejanza de Cristo.

En el discipulado, los pastores pueden preguntar con cuidado cómo el pecado causa estragos en la vida de otra persona. / Foto: Lightstock

Predicación

En segundo lugar, se debe exponer la doctrina bíblica del pecado desde el púlpito. Ahora más que nunca, los pastores deben recordar tanto a los que están dentro como fuera de la iglesia qué es el pecado. Es necesario decirles a las personas del mundo occidental que el pecado es profundo, omnipresente, corruptor, cegador, amargo, desmoralizador, egocéntrico, indulgente y paralizante.

Es una enfermedad moral del corazón que nos aleja de Dios de todas las formas imaginables, especialmente por medio de nuestros deseos pecaminosos o lo que la Biblia llama “los deseos de la carne”. Nuestros deseos no son sagrados; deben ser examinados porque el pecado siempre está activo. Es la principal amenaza para que el ser humano prospere a imagen de Cristo.

 La doctrina bíblica del pecado debe exponerse desde el púlpito. / Foto: Lightstock

Si las personas no ven el pecado como una gran amenaza, no verán a Cristo como un gran Salvador. Si no se percibe ninguna amenaza, no se detecta ningún mal, no se vislumbra ningún peligro, ¿qué interés tendrán las personas en un Salvador? La ignorancia de la doctrina del pecado ha hecho que las personas se sientan muy, muy cómodas. Las ha vuelto, me atrevo a decirlo, muy, muy paganas. Y en ese contexto, Cristo no tiene ningún valor. Cuando las personas se olvidan del pecado, se olvidan de su necesidad de un Salvador, y tratan de vivir de manera autónoma. Eso está condenado al fracaso. No fuimos hechos para vivir en un supuesto aislamiento de Dios. Los pastores necesitan profundizar en la doctrina del pecado regularmente y explorar cómo funciona en sus propios corazones y en los corazones de su gente.

También, se debe afirmar con valentía que el pecado es el problema central de las personas. Hubo un tiempo en que citar el pecado como el problema de la humanidad era algo común en la iglesia. Ahora parece como si los pastores deben decir algo más. Esto podría deberse a que los pastores carecen de una comprensión más profunda de lo que es el pecado y de cuán profundamente corrompe. Incluso pueden aburrirse de dar el “pecado” como respuesta a nuestro sufrimiento porque es muy abstracto. En una clase de historia de la iglesia, Carl Trueman nos dijo una vez que señalar el pecado como causa del mal en el mundo parece aportar poca comprensión. “Si alguien te preguntara por qué se derrumbaron las Torres Gemelas el 11 de septiembre y tú dijeras ‘la gravedad’, tendrías razón”, dijo, “pero también revelarías muy poco sobre la situación”.

Se debe afirmar con valentía que el pecado es el problema central de las personas. / Foto: Lightstock

Era un buen punto, pero también podemos equivocarnos en la dirección opuesta. Podemos enfocarnos tanto en las causas secundarias del mal que olvidemos que el pecado es el problema central. Y si el pecado es el problema central, Jesús es la respuesta probada y verdadera. Como solía decir Powlison: “No hay causa más profunda del pecado que el pecado mismo”. Es nuestro deber examinar las causas secundarias del mal que nos rodea, pero nunca excluyendo la misteriosa e irracional causa principal del pecado que obra dentro de los corazones humanos.

Nombrar el continente olvidado

El pecado es una amenaza siempre presente. El orgullo, el egoísmo, la defensa propia, el culpar a otros, la comparación social, el sentido de derecho, la autojustificación, la ignorancia, la traición y otros diez mil vicios influyen en las decisiones que toman las personas. Sabiendo que esto es cierto, la iglesia debería ser la institución más humilde del planeta. Deberíamos, como dijo una vez J. I. Packer, abordar cada situación con una dosis saludable de duda de nosotros mismos.

La gente en el Occidente secular ignora la doctrina del pecado como si fuera un continente perdido de una era pasada. Y debido a eso, sentirán, en el mejor de los casos, una curiosidad desconcertada por los cristianos que parecen ser “tan duros consigo mismos”. Y es precisamente por esto que no valorarán a la persona de Jesucristo más de lo que valorarían a Gandhi o a Martin Luther King Jr.

De alguna manera, de algún modo, debemos comenzar a mostrarles el continente que han ignorado, aquel contra el que sus barcos siguen chocando. Intentarán usar diferentes etiquetas para esa tierra: errores, equivocaciones, pasos en falso, decisiones precipitadas, desconsideración. Pero hasta que no entiendan el pecado tal como lo describe la Biblia, como una enfermedad moral del corazón, no tendrán un sentido de la santidad de Dios, no verán su necesidad de un Salvador y no conocerán el regalo de vivir en una relación fiel con él.


Publicado originalmente en Desiring God.

  1. J. Gresham Machen, Christianity & Liberalism [Cristianismo y liberalismo], 100th Anniversary ed. (Westminster Seminary Press, 2023), 65.
  2.  Machen, Christianity & Liberalism, 65
  3. Machen, Christianity & Liberalism, 66
  4. Machen, Christianity & Liberalism, 66
  5. Quizás para algunas personas esto suponga una interpretación errónea del lenguaje confesional que define el pecado como “cualquier falta de conformidad con la ley de Dios o transgresión de la misma” (Catecismo Mayor de Westminster, Pregunta y Respuesta 24). Yo estoy de acuerdo con ese lenguaje confesional, pero también veo mucho más allá de los términos conformidad y transgresión.
  6. Herman Bavinck, The Wonderful Works of God: Instruction in the Christian Religion according to the Reformed Confession [Las maravillosas obras de Dios: Instrucción en la religión cristiana según la Confesión reformada] (Westminster Seminary Press, 2019), 211
  7. Vern S. Poythress, Making Sense of Man: Using Biblical Perspectives to Develop a Theology of Humanity [Entender al ser humano: el uso de perspectivas bíblicas para desarrollar una teología de la humanidad] (P&R, 2024), 564–66.
  8. David Powlison, Good & Angry: Redeeming Anger, Irritation, Complaining, and Bitterness [Bueno y enojado: cómo redimir el enojo, la irritación, las quejas y la amargura] (New Growth, 2016), 112.
  9. David Powlison, The Biblical Counseling Movement: History and Context [El movimiento de la consejería bíblica: historia y contexto] (New Growth, 2010), 290.
  10. “El ateísmo funcional es nuestro estado mental más natural”. David Powlison, Speaking Truth in Love: Counsel in Community [Hablando la verdad en amor: Consejería en comunidad] (New Growth, 2005), 18.
  11.  David Powlison, Safe and Sound: Standing Firm in Spiritual Battles [A salvo y en paz: Manteniéndose firme en las batallas espirituales] (New Growth, 2019), 49.
  12. “Quienes están fuera de Cristo se ven totalmente dominados por lo que desean. (‘Por supuesto que vivo por el dinero, la reputación, el éxito, la apariencia y el amor. ¿Para qué más se vive?’). Y el conflicto interior más significativo en los cristianos es el que se da entre lo que quiere el Espíritu y lo que queremos nosotros… El Nuevo Testamento se centra repetidamente en los ‘deseos de la carne’ como resumen de lo que está mal en el corazón humano y que subyace al mal comportamiento. Por ejemplo, 1 Juan 2:16 contrasta el amor del Padre con ‘todo lo que hay en el mundo: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la vanagloria de la vida’. Esto no significa que el Nuevo Testamento sea internalista. En cada uno de estos pasajes, el comportamiento se conecta íntimamente con el motivo, y el motivo con el comportamiento. Los consejeros sabios siguen el modelo de las Escrituras y se mueven de un lado a otro entre los deseos de la carne y las obras tangibles de la carne, entre la fe y el fruto tangible del Espíritu”. David Powlison, “La suficiencia de las Escrituras para diagnosticar y sanar las almas”, Journal of Biblical Counseling 23, n.º 2 (2005): 5
  13. David Powlison, Seeing with New Eyes: Counseling and the Human Condition Through the Lens of Scripture [Ver con nuevos ojos: la consejería y la condición humana a través del lente de las Escrituras] (New Growth, 2003), 154.
  14. J. I. Packer utiliza el término “desconfianza en uno mismo” en Weakness Is the Way: Life with Christ Our Strength [La debilidad es el camino: la vida con Cristo, nuestra fortaleza] (Crossway, 2018).

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Pierce Taylor Hibbs

Pierce Taylor Hibbs es redactor principal y especialista en comunicación en el Seminario Teológico de Westminster. Es autor de más de veinte libros. Vive en Pensilvania junto a su esposa, Christina, y sus tres hijos: Isaac, Nora y Heidi.

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