Abril 27
Después de cantar un himno, salieron para el monte de los Olivos (Marcos 14:26).
¿Puedes oír a Jesús cantar?
¿Sería un bajo o un tenor? ¿Habría quizás un temblor en Su voz? ¿O tendría un tono cristalino y sostenido?
¿Será que cerraba Sus ojos para cantarle al Padre? ¿O acaso miraba a Sus discípulos a los ojos y les sonreía con profunda camaradería?
¿Él iniciaba el canto? ¿O lo hacía Pedro o Jacabo, o quizás Mateo?
¡No veo la hora de escuchar a Jesús cantar! Creo que los planetas se sacudirían hasta el punto de salirse de sus órbitas si Él elevara Su voz en nuestro universo. Pero nosotros tenemos un reino inamovible; por eso, Señor, ven y canta. ¡Canta!
No podría haber sido de otro modo: el cristianismo es una fe que canta. Su fundador cantaba. Él mismo aprendió a cantar de Su Padre. Seguramente han estado cantando juntos desde la eternidad. ¿No lo crees? ¿No cantaría la infinita felicidad eterna en la comunión de la Trinidad?
La Biblia dice que el objetivo de los cantos es alzar “la voz con alegría” (1 Crónicas 15:16). No hay nadie en el universo que tenga más gozo que Dios. Él es infinitamente gozoso. Él se ha regocijado desde la eternidad en el panorama de Sus propios atributos reflejados perfectamente en la deidad de Su Hijo.
El gozo de Dios es poderoso, más allá del límite de nuestra imaginación. Él es Dios. Al sonido de Su voz se crean galaxias. Y cuando canta motivado por el gozo, se desprende más energía de la que existe en toda la materia y el movimiento del universo.
Si nos estableció el canto para desatar nuestro deleite en Él, ¿no es porque también conoce el gozo de desatar Su propio deleite en Su propia imagen, en Su Hijo, por medio de Su Espíritu, en el canto? Somos un pueblo que canta porque somos hijos de un Dios que canta.
