La fe obtenida por la gracia de Dios es una fe que nos llama a actuar

¿Cómo se relacionan las obras de obediencia con el don gratuito e inmerecido de la gracia de Dios en la vida del cristiano?
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¿Cómo se relacionan las obras de obediencia con el don gratuito e inmerecido de la gracia de Dios en la vida del cristiano? Este ha sido un tema recurrente de controversia y confusión desde los primeros días de la iglesia. Si somos justificados sólo por la gracia de Dios, sólo a través de la fe, sólo en la obra sustitutiva suficiente de Cristo, y no por alguna obra nuestra (Romanos 3:8), entonces ¿por qué se nos advierte e instruye a “buscar… la santidad sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14)? Si nuestras obras no nos salvan, ¿entonces cómo nuestro no obrar (como el no esforzarse por la santidad) nos impide de ser salvos? Antes de ir con el apóstol Pedro en busca de ayuda, escucha una parábola de un alma sin salud.

La diligencia revela la verdadera fe

Había un hombre que tenía 18 kilos de sobrepeso. A pesar de saber que era peligroso para su salud, por años se había permitido ingerir demasiados alimentos inadecuados y había ignorado el ejercicio físico adecuado. Un día, su doctor le dijo que estaba en las primeras fases de desarrollo de diabetes tipo 2. No sólo eso, sino que sus signos vitales también apuntaban a un alto riesgo de infarto, derrame cerebral y varios tipos de cáncer. Si él no hacía cambios específicos, el doctor le advirtió que moriría prematuramente. Así que el hombre hizo caso de la advertencia de su doctor. Hizo todo el esfuerzo para establecer nuevos sistemas que le fomentarían hábitos sanos de alimentación y actividad y desalentarían sus antiguos y nocivos hábitos, preferencias y antojos. Después de doce meses, la salud del hombre empezaba a transformarse. Había perdido la mayoría de su peso excedente, se sentía mejor, tenía más energía y ya no vivía bajo la nube crónica y deprimente de saber que estaba con una auto indulgencia dañina. La siguiente vez que le vio su doctor este estuvo muy complacido y le dijo: “¡Bien hecho! Ya no estás en alto riesgo de una muerte prematura”. El hombre continuó en sus nuevos hábitos y vivió bien hasta la vejez. Pregunta: ¿La salud del hombre fue restaurada a través de su fe en el conocimiento de gracia que se le dio en relación con la vida y la salud, o fue restaurada a través de sus esfuerzos diligentes para poner este conocimiento en práctica?

Cómo trabaja la fe

¿Ves el problema de la pregunta? Plantea una falsa dicotomía. La fe del hombre y sus obras eran orgánicamente inseparables. Si no tuviera fe en lo que el doctor le dijo, no habría hecho caso a la advertencia del médico–no habría habido obras que restauraran su salud. Si él no hubiera obedecido las instrucciones del doctor, cualquier “fe” que hubiera afirmado tener en su doctor habría sido una “fe muerta” (Santiago 2:26)–esa fe no le habría salvado de sus hábitos destructores en su salud. Esta parábola, por imperfecta que sea, es una imagen de la enseñanza bíblica sobre la santificación. En resumen, el Nuevo Testamento enseña que la fe que nos justifica es la misma fe que nos santifica. Esta fe es “don de Dios, no un resultado de las obras” (Efesios 2:8-9). Es solo que esta fe salvadora, por su naturaleza, persevera y obra para hacernos santos. Recibimos pasivamente este don de fe que Dios nos da gratuitamente. Pero la fe, una vez recibida, no deja al alma pasiva. Se convierte en el motor de nuestras acciones, de nuestra manera de vivir. Por su naturaleza, la fe cree en las “preciosas y maravillosas promesas” de Dios (2 Pedro 1:4), y la evidencia de que la fe real está presente en nosotros se manifiesta, con el tiempo, a través de las maneras en que actuamos en esas promesas. El Nuevo Testamento llama a estas acciones “obras de la fe” (1 Tesalonicenses 1:3) o la “obediencia de la fe” (Romanos 1:5). Las verdaderas obras de la fe no “anulan la gracia de Dios” (Gálatas 2:21); son evidencia de que realmente hemos recibido la gracia de Dios, y son en sí mismas, expresiones de gracia. Ahora, déjame mostrarte un lugar donde la Escritura claramente enseña esto. Y mientras lo hago, imagínate a ti mismo como el alma sin salud en mi parábola sentada en el consultorio de su doctor –y tu doctor es el apóstol Pedro. El Dr. Pedro acaba de examinar tu salud espiritual y tiene algunas preocupaciones serias. Así que, como buen doctor, te da una firme exhortación.

Escapando a través de las promesas

Pues Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de Aquel que nos llamó por Su gloria y excelencia. Por ellas Él nos ha concedido Sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que ustedes lleguen a ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de los malos deseos. (2 Pedro 1:3-4) El Dr. Pedro comienza diciéndote que Dios te ha concedido todas las cosas. Él está de acuerdo con su colega, el Dr. Pablo, que Dios te ha concedido la vida, el aliento y todo, incluso el día en que naciste, los lugares en los que vivirás y hasta cuando (Hechos 17:25-26). Dios te ha concedido la regeneración (Efesios 2:4-5), la medida de tu fe (Romanos 12:3), dones espirituales (1 Corintios 12:7-11) y la capacidad de trabajar arduamente (1 Corintios 15:10). Y Dios te ha dado “Sus preciosas y maravillosas promesas para que por medio de ellas” puedas escapar del poder del pecado y ser transformado en Su naturaleza. Todo, desde el principio hasta el final, es la gracia de Dios, ya que “una persona no puede recibir nada si no le es dado del cielo” (Juan 3:27).

Haz todo esfuerzo

Por esta razón también, obrando con toda diligencia, añadan a su fe, virtud, y a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, perseverancia, y a la perseverancia, piedad, a la piedad, fraternidad y a la fraternidad, amor. (2 Pedro 1:5-7) Observa las palabras del Dr. Pedro: Por eso (porque Dios les ha concedido todo), hagan todo esfuerzo (actúen con fe en todo lo que Dios les ha prometido). En otras palabras, prueba la realidad de tu profesión de fe, haciendo lo que sea necesario para cultivar activamente los hábitos de gracia, que nutren las cualidades de carácter necesarias para vivir la “obediencia de la fe” a través de hacer actos tangibles de bien para bendecir a otros.

Lo que revela la negligencia

Pues estas virtudes, al estar en ustedes y al abundar, no los dejarán ociosos ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Porque el que carece de estas virtudes es ciego o corto de vista, habiendo olvidado la purificación de sus pecados pasados. (2 Pedro 1:8-9) La prescripción del Dr. Pedro es clara y sencilla: si cultivas estas cualidades santas, fomentarán la salud y fructificación espiritual; si no lo haces, experimentarás el declive espiritual y la caída. La diligencia revelará la fe genuina porque así es como funciona la fe: guía a la acción. La negligencia revelará tu falta de fe porque la “fe muerta” no funciona. Ahora, esto es una advertencia, no una condenación. Pedro sabe bien que todos los discípulos tienen temporadas de reveses y fracasos. Pero también sabe, con Pablo, que algunos discípulos “profesan conocer a Dios, pero lo niegan con sus obras” (Tito 1:16) –su profesión de fe no está respaldada por la “obediencia a la fe”. Pedro no quiere que seas una de esas estadísticas, por lo que termina con su firme exhortación con una nota de esperanza.

Persigue la diligencia por fe

Así que, hermanos, sean cada vez más diligentes para hacer firme su llamado y elección de parte de Dios. Porque mientras hagan estas cosas nunca caerán.  Pues de esta manera les será concedida ampliamente la entrada al reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. (2 Pedro 1:10-11) Para que quede claro, el Dr. Pedro enfatiza la relación orgánica e inseparable entre la gracia de Dios y tus “obras de fe”. Dice: “sean diligentes para confirmar su llamado y elección”. Tú no te llamas a ti mismo a Cristo; Cristo te llama por Su gracia (Juan 15:16). No te eliges a ti mismo para salvación; Dios te elige por Su gracia (Efesios 1:4-6). Pero sí tienes una contribución esencial que hacer a tu salud espiritual eterna. Tu confirmas la realidad de la gracia salvadora de Dios en tu vida al obedecer diligentemente por fe a todo lo que manda Jesús (Mateo 28:20) –o no. Esta es la descripción del Dr. Pedro para la seguridad de tu salvación: tu obediencia diligente por medio de la fe, tu esfuerzo para buscar la santidad es evidencia que tu fe es real y que el Espíritu Santo está obrando en ti para hacerte partícipe de la naturaleza divina. Por esto la Escritura nos manda: “Busquen… la santidad sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). No es que nuestro esfuerzo, nuestro “hacer todo el esfuerzo” para obedecer a Dios, de alguna manera nos haga merecer la salvación. Más bien, nuestro esfuerzo es el medio de gracia ordenado por Dios – alimentado por sus promesas y suministrado por su Espíritu–, para hacernos santos como Él es santo (1 Pedro 1:16) y proporcionarnos “la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. La gracia de Dios no es menos gracia porque decida concederla no sólo separada de nuestras obras (en la justificación), sino también a través de nuestras diligentes “obras de fe” (en la santificación) –sobre todo porque estas obras son la prueba de que nuestra fe es real.

Jon Bloom

Jon sirve como autor, presidente de la junta y cofundador de Desiring God. Es autor de tres libros, “Not by Sight”, “Things Not Seen” y “Don’t Follow Your Heart”. Él y su esposa tienen cinco hijos y viven en Minneapolis–Saint Paul.

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