La conversión en el Nuevo Testamento

La conversión se puede definir como dar la espalda al pecado y volvernos a Dios.
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La conversión se puede definir como dar la espalda al pecado y volvernos a Dios. Quizás el clásico versículo que captura esta definición es 1 Tesalonicenses 1:9: «Pues ellos mismos cuentan acerca de nosotros, de la acogida que tuvimos por parte de vosotros, y de cómo os convertisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero». Aquí vemos claramente los dos elementos de la conversión, volvernos a Dios y dejar los ídolos. La conversión en el Nuevo Testamento: de promesa a realidad La historia del triunfo de Dios sobre la serpiente, prometida en el Antiguo Testamento (Gn. 3:15), se hace una realidad en el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento prometió un nuevo pacto, una nueva creación, un nuevo éxodo y nuevos corazones para el pueblo de Dios. Hay un cumplimiento inaugurado de todas estas promesas en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, el cual es proclamado en el Nuevo Testamento. La conversión en los Evangelios sinópticos En los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), la obra salvadora de Dios prometida en el Antiguo Testamento es encapsulada por el término «reino de Dios». El reino de Dios tiene un papel central en los sinópticos, pero también debemos entender que el reino llama a una conversión. Los dos elementos de la conversión también pueden ser descritos en términos de arrepentimiento y fe. Como leemos en Marcos 1:14-15, «Después que Juan había sido encarcelado, Jesús vino a Galilea proclamando el evangelio de Dios, y diciendo: El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio» (cf. Mt. 4:17). La buena noticia del retorno del exilio anunciada por Isaías, la buena noticia del cumplimiento de las promesas salvadoras de Dios, será disfrutada solamente por aquellos que se arrepientan de sus pecados y crean en el evangelio. El evangelio en los sinópticos se centra en la muerte y resurrección de Jesús, ya que la pasión y resurrección de Jesús dominan la historia en los tres libros. ¡Es el clímax de la historia! No hay reino sin la cruz. Jesús vino a salvar «a su pueblo de sus pecados» (Mt. 1:21), y su salvación se realiza solamente mediante Su muerte sustitutoria, en la cual Él dio «su vida en rescate por muchos» (Mt. 20:28; cf. Mr. 10:45). Algunos de los que hablan sobre el reino dicen poco sobre la conversión, pero incluso una rápida mirada a los evangelios sinópticos indica que la conversión es fundamental. Uno no puede entrar en el reino sin ella (cf. Mr. 10:17-31). La conversión en el Evangelio de Juan La centralidad de la conversión también es evidente en el Evangelio de Juan. De hecho, Juan escribió su Evangelio para que la gente creyera «que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer, tengáis vida en su nombre» (Jn. 20:31). Juan usa el verbo «creer» 98 veces en el Evangelio, subrayando la importancia de este tema. El creer no es algo pasivo en los escritos de Juan. Él usa ciertos términos para expresar la profundidad y actividad de la fe: creer es como comer, beber, ver, escuchar, soportar, venir, entrar, recibir y obedecer. La naturaleza radical de la conversión es expresada a través de los varios verbos que Juan usa para describir lo que significa creer que Jesús es el Cristo. La conversión, por tanto, se sitúa en el corazón del mensaje del Evangelio de Juan. La vida eterna (vida en la era por venir) pertenece solamente a aquellos que creen en Jesús como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn. 1:29). En otras palabras, sólo aquellos que son convertidos disfrutan la vida eterna. La conversión y el reino en Hechos Parece claro por la discusión anterior que la conversión juega un papel central en los Evangelios, y podemos sacar la misma conclusión del libro de Hechos. En Hechos encontramos varios sermones en los que el evangelio es explicado a los oyentes (e.g., Hch. 2:14-41; 3:11-26; 13:16-41). Los que escuchan son a menudo llamados a arrepentirse (Hch. 2:38; 3:19; 8:22; 17:30; 26:20), lo cual también es definido como «volverse» a Dios (Hch. 3:19; 9:35, 40; 11:21; 14:15; 15:19; 26:18, 20; 28:27). El mensaje del evangelio implica un llamado urgente para dejar el pecado y la antigua vida. Al mismo tiempo, aquellos que escuchan la buena noticia son llamados a creer y ejercitar la fe (Hch. 16:31; 26:18). De hecho, la palabra «creer» se usa alrededor de 30 veces en Hechos para describir a los cristianos, indicando que la fe caracteriza a aquellos que pertenecen a Cristo. Es apenas sorprendente, que la conversión juegue un papel principal en Hechos, dado que relata la extensión del evangelio de Jerusalén a Roma (Hch. 1:8; ver también 1:6; 14:22). Pero también se debería observar que el reino de Dios es un tema central en Hechos. Enmarca el libro al principio (Hch. 1:3) y al final (Hch. 28:31). Pablo predicó el reino en Roma (Hch. 20:35; 28:23, 31) y Felipe «anunciaba las buenas nuevas del reino de Dios y el nombre de Cristo Jesús» (Hch. 8:12), demostrando que el reino se centra en el evangelio. El evangelio que fue proclamado llamaba a los oyentes, como vimos arriba, a arrepentirse y creer. Por tanto, tenemos otra evidencia en cuanto a que la conversión es fundacional en toda proclamación del reino. La restauración del mundo al gobierno de Dios es la gloriosa esperanza de los creyentes, pero sólo aquellos que se han arrepentido y creído disfrutarán el nuevo mundo que viene. Aquellos que rechazan creer, tal y como Hechos enfatiza frecuentemente, serán juzgados. La conversión en Pablo Pablo no usa el término reino de Dios a menudo, pero su visión escatológica del mundo es bien conocida, y está en armonía con el carácter escatológico del reino. Como los evangelios, proclama una escatología «ya pero todavía no». La mayoría de eruditos estarían de acuerdo con que la fe y el arrepentimiento son temas cruciales en las epístolas paulinas. Pablo a menudo enseña que la justificación y la salvación son obtenidas solamente por fe (cf. Ro. 3:21-4:25; 9:30-10:17; 1 Co. 15:1-4; Gá. 2:16-4:7; Ef. 2:8-9; Fil. 3:2-11). No usa la palabra arrepentimiento tan frecuentemente, pero no está completamente ausente (ej., Ro. 2:4; 2 Co. 3:16; 1 Ts. 1:9; 2 Ti. 2:25). Pablo usa muchos términos para la obra salvadora de Dios en Cristo, incluyendo salvación, justificación, redención, reconciliación, adopción, propiciación, y demás. No se puede disputar que la obra salvadora de Dios en Cristo juega un papel vital en la teología paulina, pero tal salvación solamente se concede a los que creen, a aquellos que son convertidos. Según Pablo, los creyentes esperan con ganas el regreso de Jesucristo y la restauración de la creación (Ro. 8:18-25; 1 Ts. 4:13-5:11; 2 Ts. 1:10), y solamente aquellos que sean convertidos pertenecerán a la nueva creación que está por venir. Por lo tanto, Pablo trabaja intensamente para extender el evangelio a los gentiles (Col. 1:24-2:5), luchando para traer el evangelio a aquellos que nunca han escuchado (Ro. 15:22-29), para que puedan estar entre los que se salvan. La conversión en las cartas generales Las cartas restantes del Nuevo Testamento son escritos ocasionales dirigidos a situaciones específicas. Aún así, la importancia de la conversión es afirmada o implicada. Por ejemplo, encontramos en Hebreos que solamente aquellos que creen y obedecen entrarán en el reposo del tiempo final (He. 3:18, 19; 4:3; 11:1-40). Santiago ha sido mal entendido frecuentemente, pero interpretado correctamente enseña que la fe del que se arrepiente es necesaria para la justificación (Stg. 2:14-26). Igualmente, Pedro enseña que la salvación es por fe (1 P. 1:5; 2 P. 1:1), y 1 Juan fue escrito para asegurar a aquellos que creen que tienen vida eterna (1 Jn. 5:13). La conversión en Apocalipsis El libro de Apocalipsis culmina la historia, asegurando a los creyentes que el reino de Dios, el cual ya ha venido en Jesucristo, se consumará. Aquellos que practican el mal y siguen a la Bestia serán juzgados para siempre, pero aquellos que perseveran hasta el fin entrarán en la ciudad celestial, que es la nueva Jerusalén. Apocalipsis subraya que solamente aquellos que se arrepienten (Ap. 2:5, 16, 21, 22; 3:3, 19; 9:20, 21; 16:9, 11) encontrarán la vida. La conversión no es el tema central, pero sí es fundamental en toda la revelación bíblica Para resumir, la conversión no es ciertamente el tema central de la Escritura. Los creyentes fueron hechos para glorificar a Dios y disfrutarle para siempre, y le disfrutamos y glorificamos en este mundo y en el que ha de venir. Pero la conversión es fundacional y fundamental en este asunto, ya que solamente aquellos que son convertidos disfrutarán de la nueva creación. Los seres humanos deben dejar su pecado y volverse a Dios para ser salvos. Deben arrepentirse de sus pecados y creer en el evangelio de Jesucristo crucificado y resucitado. Será de poca consolación en el último día si uno ha contribuido un poco o mucho a la mejora de este mundo (siendo esto de ayuda como lo es), si uno no es convertido. Este artículo fue publicado primero en la revista 9 Marcas.

Thomas Schreiner

Thomas Schreiner es profesor de interpretación del Nuevo Testamento en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky, Estados Unidos, y pastor de predicación en Clifton Baptist Church.

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