Dios ama a través del amor humano

¿Por qué los humanos dirigirán su acción de gracias a Dios en lugar de dirigirla al dador humano?
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¿Qué es la gracia?

Hoy en día, algunas personas definen gracia como las riquezas de Dios a expensas de Cristo. Otras lo definen como regalo incondicional o favor inmerecido. Aún otros prefieren verlo como la disposición favorable de Dios hacia Su pueblo. Sin embargo, la palabra gracia en el Nuevo Testamento (del griego charis) simplemente significa don, dádiva o regalo. El contenido del regalo está determinado por su contexto. Por ejemplo, la definición las riquezas de Dios a expensas de Cristo tiene perfecto sentido en el contexto más amplio de Efesios 2:8 que dice: “Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios”. Pero ¿acaso esta misma definición encaja bien con 2 Corintios 12:9? Y Él [Jesús] me ha dicho: “Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad”. ¿Y qué tal 1 Corintios 15:10? Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y Su gracia para conmigo no resultó vana. Antes bien he trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí. Parece ser que la definición más adecuada de gracia en estos dos pasajes de Corintios es la de poder. La gracia es el poder de Dios manifestado en la debilidad de Pablo en el primer caso, y en su habilidad para trabajar más duro que otros en el segundo.

¿Damos gracia?

¿Qué hay de 2 Corintios 8:3–4? ¿Acaso la definición de gracia como don incondicional, favor inmerecido o disposición favorable encaja bien aquí? Porque doy testimonio de que espontáneamente [los creyentes macedonios] han dado de acuerdo con sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas, pidiéndonos con muchos ruegos que les concediéramos la gracia de participar en la ayuda para los santos. (RVA-2015) Gracia aquí no es la dádiva inmaterial de la salvación o el poder espiritual. Más bien, gracia es el regalo material de dinero o recursos. Eso puede caer de sorpresa. ¿Alguna vez has descrito el acto de dar dinero como dar gracia? Pablo lo hace claramente en 2 Corintios 8–9, no solo una vez, sino seis veces (8:4, 6, 7, 19; 9:8, 15). La bolsa de dinero que llevó de estas iglesias predominantemente gentiles a los santos pobres en Jerusalén es, curiosamente, gracia. Sin embargo, lo que es aún más sorprendente de 2 Corintios 8–9, es cómo la gracia material de los humanos está indisolublemente conectada con la gracia inmaterial de Dios.

Gracia como persona

Para motivar a los corintios a contribuir, Pablo comienza 2 Corintios 8 hablando de la gracia de Dios. “Ahora, hermanos, les damos a conocer la gracia de Dios que ha sido dada en las iglesias de Macedonia” (2 Corintios 8:1). Unos versículos más adelante, Pablo amplía la definición de esta gracia en 2 Corintios 8:9 cuando escribe: “Porque conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo por amor a ustedes se hizo pobre, para que por medio de Su pobreza ustedes llegaran a ser ricos”. La gracia, en su manifestación principal, es la dádiva de una persona (Tito 2:11–14), es decir, nuestro Salvador encarnado, crucificado y ascendido. Para recibir todos los beneficios que logró esta dádiva de la gracia, debemos, como argumentó Calvino, recibir Su persona: “mientras Cristo permanece fuera de nosotros, y estamos separados de Él, todo lo que Él ha sufrido y hecho para la salvación del género humano queda inútil y sin valor para nosotros” (Institución de la religión cristiana, 3.1.1). En 2 Corintios 8:9, vemos que la dádiva de la persona de Cristo es otorgada en el evangelio: Él se humilló a Sí mismo para que nosotros, a través de Su pobreza, fuésemos enriquecidos. Y este regalo viene de Dios. Es, después de todo, la gracia de Dios (2 Corintios 8:1). Me es fascinante que cuando Pablo quiere animar a humanos en la iglesia a ser generosos, proclama la gracia divina del Señor Jesucristo. Jesús es la expresión fundamental de la dádiva de la gracia al entregarse a sí mismo. Pablo hace esto intencionalmente para enseñarle a la iglesia que el amor abnegado de Cristo es el ejemplo supremo de toda expresión humana de gracia material hacia otros. Curiosamente, los dos únicos casos en los que aparece la frase la gracia de Dios en 2 Corintios 8–9, son cuando Pablo habla de la dádiva de Dios (2 Corintios 8:1) y de la dádiva humana (2 Corintios 9:14, “la sobreabundante gracia de Dios en ustedes [Corintios]”). ¿Cuál es la conexión? La dádiva divina de la gracia de Dios alimenta la dádiva humana de la gracia hacia los demás.

La gracia de Dios y la nuestra

Considera 2 Corintios 9:7–8. Después de afirmar que “Dios ama al que da con alegría” (citando Proverbios 22:8), Pablo da un paso atrás para explicar la fuente de la generosidad: “Dios puede hacer que toda gracia [gracia divina] abunde para ustedes, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abunden para toda buena obra [gracia humana]”. Además, 2 Corintios 9:11 dice: “Ustedes serán enriquecidos en todo sentido [por Dios] para que en toda ocasión puedan ser generosos [hacia otros]” (NVI). La gracia divina propulsa la generosidad humana. Pero ¿por qué es este el caso? ¿Por qué nuestra generosidad depende de la dádiva inicial de la gracia de Dios? Porque “de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre” (Romanos 11:36). Como Pablo pregunta a los jactanciosos corintios: “¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7). La única respuesta apropiada es: todo es un regalo procedente de la mano de Dios. David también declaró: “de Ti proceden todas las cosas” (1 Crónicas 29:14). Juan el Bautista también afirma lo que declaró David: “Ningún hombre puede recibir nada si no le es dado del cielo” (Juan 3:27). Santiago también está de acuerdo aquí: “Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces” (Santiago 1:17). Pero Dios siempre otorga Su gracia a Su pueblo para un propósito particular. Vemos esto en el anteriormente mencionado 2 Corintios 9:8 (indicado por a fin de que) y 9:11 (indicado por para que). Cuando las personas en el mundo dan regalos, determinan el propósito de sus regalos. No obstante, cuando el pueblo de Dios administra la gracia de Dios, el propósito de su generosidad debe alinearse con los propósitos de Dios.

Gracias a Dios

¿Por qué? Porque nuestras posesiones son de Dios. Él es el Dador y el dueño de la gracia. Somos simplemente mayordomos que arbitramos en Su gracia. En cierto sentido, somos copropietarios, pero Dios nunca renuncia a Su derecho divino sobre nuestras posesiones. Esto se hace evidente cuando descubrimos quién recibe las gracias por la ofrenda que los corintios dan a los santos de Jerusalén. Pablo escribe: Ustedes serán enriquecidos en todo sentido para que en toda ocasión puedan ser generosos, y para que por medio de nosotros la generosidad de ustedes resulte en acciones de gracias a Dios. Esta ayuda que es un servicio sagrado no solo suple las necesidades de los santos, sino que también redunda en abundantes acciones de gracias a Dios. En efecto, al recibir esta demostración de servicio, ellos alabarán a Dios por la obediencia con que ustedes acompañan la confesión del evangelio de Cristo, y por su generosa solidaridad con ellos y con todos. Además, en las oraciones de ellos por ustedes, expresarán el afecto que les tienen por la sobreabundante gracia que ustedes han recibido de Dios. ¡Gracias a Dios por su don inefable! (2 Corintios 9:11-15, NVI) ¿Por qué los humanos dirigirán su acción de gracias a Dios en lugar de dirigirla al dador humano? Porque, ultimadamente, los humanos no recibimos de sino a través de otros humanos. El dador final es Dios. Por lo tanto, Él merece la gloria final. Pero ¿significa esto que cuando recibo un regalo de otro ser humano, nunca debo agradecerle a esa persona? Por supuesto que no. El punto #237 del Catecismo de Ginebra de Juan Calvino es útil aquí. Él escribe: Pregunta: ¿No hemos de agradecer también a los hombres el bien que nos hicieren, pues nos enseña esto la naturaleza y la ley de humanidad? Respuesta: Sí, sin duda, aunque no fuese sino todo porque Dios les hace este honor, de comunicarnos por sus manos los bienes de su liberalidad. Porque haciendo esto nos obliga Dios a ellos, y quiere que así lo conozcamos. De manera que el que a los hombres no es agradecido, por el bien que de ellos recibe, en lo mismo declara la ingratitud que también tiene para con Dios. Agradecemos a Dios agradeciendo a otros, recordando que sus dádivas vienen de Él, pero a través de los demás. Y así, nuestro agradecimiento debe fluir a través de otros de regreso a Dios, el Padre de toda buena dádiva y todo don perfecto, como lo hace Pablo cuando termina 2 Corintios 9:15 diciendo: “¡Gracias a Dios por Su don inefable!”.

Más que amor humano

Recientemente, un amigo cercano me dio un regalo muy generoso. Me sorprendió su amorosa generosidad hacia mí y mi familia, especialmente mi mamá. Él ama a mi mamá con un amor compasivo por las viudas. Pero su amor no fue un mero amor humano, sino divino. No es que mi amigo sea Dios, sino que Dios ama a través de otros. Él canalizó Su abundante amor sobre nosotros a través de este amigo, permitiéndonos ser testigos de la belleza de la gracia divina y humana para los necesitados. Su acto de generosidad fue simultáneamente un acto de gracia de entrega de sí mismo, e inmediatamente redirigió mis ojos y mi corazón al amor sacrificial de Cristo. Por lo tanto, fue más que apropiado voltear para ver a mi amigo y decirle: “Doy gracias a Dios por ‘la sobreabundante gracia de Dios en [ti]’” (2 Corintios 9:14).


Este artículo se publicó originalmente en inglés en https://www.desiringgod.org/articles/god-loves-through-human-love

David Briones

David Briones es profesor asociado de Nuevo Testamento en el Westminster Theological Seminary. Es el autor de Paul’s Financial Policy: A Socio-Theological Approach [La Política Financiera de Pablo: Un enfoque social y teológico], y actualmente está en el proceso de escribir un comentario sobre Filemón y es coautor de Reading Paul: A Reformed Primer (Leyendo las epístolas de Pablo: Introducción a la teología reformada).

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