Junio 3
«Pero tú, sé sobrio en todas las cosas, sufre penalidades, haz el trabajo de un evangelista, cumple tu ministerio». 2 Timoteo 4:5
Cada uno de nosotros está dejando un legado. Todos los días estamos agregando algo al retrato de nuestras vidas, y eventualmente lo que dejamos atrás, nuestras decisiones, nuestras contribuciones, nuestras prioridades, permanecerán, al menos por un tiempo, para que otros reflexionen y consideren.
Al final de la segunda carta de Pablo a Timoteo, encontramos las palabras de un hombre mayor cuya vida estaba llegando a su fin: «Porque yo ya estoy para ser derramado como una ofrenda de libación, y el tiempo de mi partida ha llegado» (2Ti 4:6). En este contexto, Pablo exhorta a Timoteo a tomar en serio sus responsabilidades, a considerar su legado y a contemplar los legados útiles y dañinos dejados por muchos.
En el capítulo inicial, Pablo le había recordado a Timoteo que «todos los que están en Asia me han vuelto la espalda, entre los cuales están Figelo y Hermógenes» (2Ti 1:15). Estas personas reciben una mención en la Biblia, y es para registrar el hecho de que desvirtuaron a un hombre necesitado. Pablo también le advierte a Timoteo que esté en guardia con respecto a personas como Himeneo y Fileto, cuya «palabra… [se extendió] como gangrena» y que «se han desviado de la verdad», o como Alejandro el calderero, quien, dice Pablo, «me hizo mucho daño» (2Ti 2:17-18; 4:14). Cuando miramos los retratos que estos individuos dejaron atrás, vemos un legado de deserción, falsas enseñanzas y oposición al evangelio.
Pero la carta de Pablo también está repleta de menciones a aquellos que dejaron legados útiles y beneficiosos. Por ejemplo, Loida y Eunice demostraron una fe sincera, la cual Pablo está seguro de que ahora habita en el joven pastor Timoteo (2Ti 1:5). Del mismo modo, Pablo exhorta a su pupilo a recordar a Onesíforo, quien «muchas veces me dio consuelo y no se avergonzó de mis cadenas. Antes bien, cuando estuvo en Roma, me buscó con afán y me halló» (2Ti 1:16–17).
Onesíforo dejó un legado de fe, coraje y convicción. Si decía que estaría en algún lugar, estaba allí. Era un hombre en quien Pablo podía confiar plenamente.
Todos estamos dejando un legado. Cuando salimos de una habitación, o dejamos atrás el aroma de Cristo que difunde el conocimiento de Él por todas partes (2Co 2:15-16), o estamos dejando el olor menos agradable de autopromoción o el vacío de decir y no ser mucho en absoluto. Un legado de fidelidad, piedad, bondad, gentileza, honradez, integridad, amor y paz es un legado que será recordado con afecto. Pero lo más importante es que señalará a las personas a Aquel cuya vida es más importante: el Señor Jesús.
Un legado es la acumulación de decisiones diarias para hacer una diferencia para Cristo: amarlo y amar a nuestro prójimo, buscar la paz y hablar de Él. Hoy, construirás una pequeña parte, o tal vez importante, de tu propio legado. Así que haz la obra que Dios ha preparado para que hagas y haz una diferencia para Él. Después de todo, nunca sabemos cuándo acabamos de hacer nuestro depósito final en el legado que estamos dejando.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
