Bienvenidos de nuevo al podcast. A lo largo de los años hemos hablado sobre la elección y la predestinación. Las repercusiones de esta doctrina de la soberanía de Dios sobre quién será salvo al final dan lugar a muchas, muchas preguntas sobre si esto es justo o injusto y si la elección exime a los no elegidos de su incredulidad.
Hoy volvemos a este tema con una pregunta enviada por correo electrónico por un oyente llamado John.
“¡Hola, pastor John! Con frecuencia he escuchado a los no creyentes culpar a Dios por no elegirlos y no darles un corazón nuevo para tener fe. ¿Cómo puedo convencerlos de que no es culpa de Dios, sino de su propia incredulidad? El hijo de un amigo mío profesaba ser cristiano e incluso evangelizaba a la gente y la llevaba a Dios. Pero más tarde, mientras estaba en la universidad, se dio cuenta de que no era un creyente verdadero y abandonó la fe. Ahora culpa a Dios por no haberlo elegido. ¿Qué consejo le daría a este joven?”.
John Piper responde
Bueno, permíteme aclarar de inmediato que estoy de acuerdo con la premisa de que existe la elección incondicional por parte de Dios; es decir, que a todos aquellos a quienes Dios salva de manera decisiva, a quienes saca de las tinieblas a la luz, a quienes libera de la esclavitud del pecado y la incredulidad, no decide hacerlo de improviso, como si no hubiera un plan. Más bien, salva de acuerdo con Su sabiduría y plan infinitos, los cuales ha tenido en mente desde siempre. Efesios 1:4 dice: “Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo”. Así que, cuando me salvó, lo hizo de acuerdo con un plan de elección.
Físicamente libres, moralmente obligados
Así pues, la pregunta que se plantea es la siguiente: ¿por qué las personas a quienes Dios no salva según Su propósito y plan son, no obstante, responsables? Es decir, no pueden eximirse de la responsabilidad de creer y confiar en Dios por el hecho de que Dios no haya planeado salvarlas.
Ahora bien, creo que un punto de partida útil para hablar de la responsabilidad de las personas de abrazar y atesorar la verdad de Dios a la que tienen acceso es distinguir dos tipos de incapacidad, porque el tipo de objeción con la que estamos lidiando aquí es que alguien dice: “Se me exige creer, pero no tengo la capacidad de creer. Y no tener la capacidad de creer significa que no soy responsable de creer”. Estos dos tipos de incapacidad de los que hablo son la incapacidad moral y la incapacidad física.
La incapacidad física es cuando se te exige hacer algo, pero no tienes la capacidad física para hacerlo. Por ejemplo, estás encadenado a un pilar en una casa en llamas, y se te ordena que te des cuenta de que hay un incendio y que salgas, pero las cadenas te impiden físicamente moverte. Así que, en ese caso, diríamos que no eres responsable de permanecer en la casa. Puede que hayas querido con todas tus fuerzas moverte y salir, pero eras físicamente incapaz.
Pero hay otro tipo de incapacidad, que llamamos incapacidad moral. No estás limitado ni restringido físicamente, pero tus preferencias morales (lo que experimentas como bueno y malo, agradable y desagradable, deseable e indeseable) son tan fuertes en una dirección que tal vez seas incapaz de actuar en contra de esas preferencias. Así que, esta vez, tal vez estés en la casa en llamas y no estés restringido físicamente en absoluto, pero te encanta lo que estás haciendo en esta casa en este momento. Te gusta tanto, lo prefieres tanto, lo deseas tanto, te resulta tan placentero que ni siquiera creerás en todos los testimonios creíbles de que la casa está en llamas y debes salir, y mueres.
Así que eres físicamente libre, pero estás moralmente atado. Estás esclavizado para actuar de acuerdo con esos deseos abrumadores y morir.
La gracia soberana de Dios
Ahora bien, creo que la Biblia enseña que, si no eres libre en el sentido físico, no eres responsable de actuar conforme a la verdad. Eres físicamente incapaz de ver o de hacer (si tuviéramos tiempo para hablar de ello, te invitaría a que lo consultaras Romanos 1:18–23). Pero si no eres libre en el sentido moral porque tus deseos son tan corruptos y tan contrarios a la verdad, eres, no obstante, responsable de actuar de acuerdo con la verdad (Ro 2:4-5). La responsabilidad de abandonar el pecado y confiar en Cristo no queda anulada debido a nuestros deseos pecaminosos, porque estos son tan fuertes que somos moralmente incapaces de apartarnos del pecado.
En la elección, Dios eligió libremente, eligió por gracia, liberar a las personas de esta esclavitud de la incapacidad moral, las liberó de amar tanto el mal que eran moralmente incapaces de elegir el bien. Ninguno de nosotros sería salvo si Dios no hubiera hecho esto por nosotros. La respuesta final y decisiva a por qué tú o yo creímos en Jesús y fuimos liberados de nuestra esclavitud al amor propio y al pecado es la gracia soberana de Dios. Como dijo el apóstol Pablo, Dios nos dio vida cuando estábamos muertos (Ef 2:5). Dios nos concedió el creer (Fil 1:29). Dios venció nuestra dureza contra Él (Ef 4:18). Dios nos dio la capacidad de ver la gloria de Cristo y al Cristo verdadero y deseable colgado en la cruz (2Co 4:6).
Él hace esto por millones de personas, y no se debe a nada en nosotros. Es gratuito. Dios tiene Sus razones sabias y santas por las que no vence la rebelión de todos. El hecho de que Dios, en Su misericordia y en la libertad de Su gracia, venza la corrupción pecaminosa, la rebelión y la resistencia de muchos, no significa que esté obligado a hacerlo por cualquiera. Nadie lo merece, y nadie tiene derecho a quejarse si Dios no lo hace por ellos.
Veredicto final
Imaginemos, pues, que una persona se me acerca, a mí como pastor, y me dice: “Pastor, creo que Dios no me ha amado y no me ha liberado de mi pecado y de mi incredulidad porque no soy uno de los elegidos. Y, por tanto, creo que la culpa es de Dios. Él es culpable del mal”. Yo le respondería: “¿Cómo sabes que no estás entre los elegidos?”.
Ahora bien, tal vez él diría: “Porque Dios no ha quitado mi rebelión”, a lo que yo le respondería: “Pero eso no prueba que no seas elegido, porque Él podría quitar esa rebelión en la próxima hora, o al día siguiente, o en un año. Así que, en realidad, ¿cómo sabes que no eres elegido?”.
“Bueno”, podría decir él, “quizás no sé con certeza que no soy un elegido, pero si no lo soy, entonces no tengo la responsabilidad de creer”, a lo que yo respondería: “¿Por qué no crees y recibes a Jesús ahora mismo? No puedes decir que es porque no eres un elegido; eso no lo sabes. Y nunca podrás saberlo, hasta el día de tu muerte. Nunca podrás decir con autoridad: ‘No soy elegido’. No lo sabes. Pero puedes saber que eres elegido porque solo los elegidos reciben a Jesús. Así que, dime ahora mismo, ¿por qué no crees y demuestras así que eres elegido?”.
Ahora bien, no sé qué va a decir en este momento. Quizás sea honesto y diga: “Porque no lo encuentro muy atractivo. No encuentro a Jesús convincente”. O, quizás diga: “No encuentro deseable el estilo de vida que Él me exige”. O, tal vez: “No me gustan los cristianos”. O, podría responder: “No creo que la Biblia sea verdadera”.
Yo diré: “Así es. Así es. Y si esas son tus últimas palabras, serán tu condenación en el día final, no el hecho de que no seas elegido. Ese hecho no influirá en absoluto en tu juicio. Se te presentó a Cristo, la persona más valiosa y hermosa del universo, y no lo encontraste verdadero ni deseable. Ese será el caso en tu contra en el día final. No puedes usar la no elección como excusa para amar más las tinieblas que la luz. Serás condenado por ti mismo”.
Publicado originalmente en Ask Pastor John, Episodio 2050
