¡Ayuda! Soy creyente, pero sigo pecando

Aunque vuelvas a caer en el pecado, la lucha no ha terminado. Cristo ha quebrantado su poder sobre ti y, por medio de su Espíritu, puedes decir “no” al pecado y “sí” a la justicia. ¿Cómo puedes luchar contra el pecado sin caer en la desesperanza cada vez que fallas?
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Pasó otra vez. Estabas con lo tuyo cuando la tentación, esa que ya conoces y que es tan tentadora, se coló entre tus defensas. Te dejaste llevar. Y ahora, al final del día, ese recuerdo no deja de dar vueltas en tu mente. La vergüenza te abruma. ¿Acaso no habías vencido esa ofensa contra Dios hace años?

Ceder al pecado nos deja derrotados y confundidos. Nos hace preguntarnos: si nos esforzamos un poco más, ¿dejaremos de pecar en esta vida? Y si no, ¿hay alguna esperanza en nuestra lucha contra el pecado? A menudo pensamos en la santificación como un camino claro hacia adelante, que a medida que maduramos en nuestra fe, nos convertimos en personas mejores y menos pecadoras. Pero cuando metemos la pata, esta definición simplificada no nos da consuelo. Al escudriñar las Escrituras, vemos que la santificación es más que simplemente volvernos mejores y, como por arte de magia, pecar menos. El Catecismo Menor de Westminster (CmW) nos ayuda a definirla con mayor claridad: “La santificación es la obra de la gracia gratuita de Dios, por la cual somos renovados en todo nuestro ser a imagen de Dios, y se nos capacita cada vez más para morir al pecado y vivir para la justicia” (P. 35). En otras palabras, la santificación no es algo que se logre sin esfuerzo. El acto de morir al pecado implica una batalla espiritual y una guerra de por vida contra el pecado. Vivir para la justicia implica un trabajo costoso e intenso que cada día dice “no” al pecado y “sí” a ser como Cristo.

Entonces, ¿qué hacemos cuando fallamos una vez más? ¿Cómo podemos superar los sentimientos de fracaso, derrota y autodesprecio cuando pecamos?

Una obra de la gracia gratuita de Dios

A muchos nos cuesta entender cómo encajan Dios y nuestra fe cristiana en nuestra vida cotidiana. Sabemos que Dios se manifiesta en los momentos importantes y en las decisiones clave, pero ¿qué pasa cuando estamos barriendo el piso, conduciendo al trabajo o navegando por Internet? Cuando confiamos en Cristo, cada momento de nuestras vidas está cubierto por la gracia gratuita de Dios, y una manifestación de ese don de gracia gratuita es la santificación (CmW, P. 32).

Dios entretejió la santificación en el tejido mismo de la salvación. En Ezequiel, Dios le dice a Su pueblo que algún día los reunirá de todos los países y los llevará a Su tierra (Ez 36:24). Los purificará tal como un papá le da el primer baño a su bebé recién nacido (Ez 36:25). Y para que los cambios sean duraderos, Dios les dará Su Espíritu Santo, para que puedan caminar según Sus estatutos y obedecer Sus normas (Ez 36:27). ¿Ves la mano poderosa de Dios en la obra de la salvación y la santificación?

Dios sabe que Su poder y Su gracia son exactamente lo que necesitamos para poder obedecerle. Así que cuando estés barriendo el piso (otra vez) y sientas que la impaciencia o la amargura están a punto de vencerte, puedes clamar a Dios con gratitud por los buenos dones que te ha dado. Cuando sientes esa familiar oleada de enojo en el tráfico, puedes decir “no” a cortarle el paso al auto de al lado. Cuando tus dedos empiezan a teclear la dirección de ese sitio web al que recurres cuando te sientes solo, puedes cerrar la computadora y llamar a un amigo. La resurrección de Cristo nos da el poder de apartarnos del pecado y volvernos hacia la piedad.

Capacitados para morir, capacitados para vivir

Hasta ahora, todo esto nos llena fácilmente de adoración y esperanza, ¿no? ¿La santificación como una obra de la gracia gratuita de Dios? ¡Gracias, Dios! ¿El poder del pecado sobre mí se ha roto? ¡Esto me da tanta esperanza, Señor! Pero luego levantamos la vista de las Escrituras y descubrimos que la tentación sigue tirando de nosotros. Resistir al pecado no es tan fácil como esperábamos que fuera.

Cada día vivimos en la tensión entre la santificación definitiva y la progresiva. Somos renovados, sí, pero Pablo nos recuerda en Gálatas que los deseos de la carne se oponen al Espíritu, y los deseos del Espíritu se oponen a la carne, pues estos se oponen entre sí, para impedirte hacer lo que quieres hacer (Ga 5:17). En otras palabras, cada día libramos una batalla contra el pecado con la ayuda del Espíritu Santo.

Antes de Cristo, cualquier resistencia contra el pecado era inútil. ¿Pero ahora? Con la ayuda y el ejemplo de Cristo, podemos morir al pecado y vivir para la justicia (1P 2:24).

Entonces, ¿qué hacemos cuando no vemos el fruto o cuando la tentación nos abruma? ¿De dónde sacamos el poder para decir “no” al pecado y “sí” a la piedad? Acudimos a Aquel que en todo ha sido tentado como nosotros, pero sin pecar (Heb 4:15). Nos acercamos al trono de la gracia con confianza, para que recibamos misericordia y hallemos gracia para la ayuda oportuna (Heb 4:16).

Un nuevo amo

El pecado persistente nos hace sentir como si estuviéramos controlados o dominados por nuestra carne. Nos hace sentir como si nunca fuéramos capaces de decir “no” cuando deberíamos decirlo, o de decir “sí” cuando deberíamos hacerlo. Pero la buena noticia de la gracia nos dice que tenemos un nuevo amo, y no es el pecado que nos atormenta: “¡Gracias a Dios, que aunque ustedes eran esclavos del pecado, se hicieron obedientes de corazón a aquella forma de doctrina a la que fueron entregados, y habiendo sido libertados del pecado, ustedes se han hecho siervos de la justicia” (Ro 6:17-18). El pecado ya no nos domina porque Cristo ha quebrantado su poder sobre nosotros. Cristo ha tomado el lugar que le corresponde en el trono de nuestros corazones. Nuestros afectos le responden a Él.

Tengamos ánimo en nuestra lucha contra el pecado, incluso hoy. Dios no nos ha olvidado ni abandonado. No se avergüenza de nosotros. Es más, nos ha atribuido la justicia de Su propio Hijo perfecto. Puede que tu lucha siga siendo diaria, pero la Suya ya está consumada, y puedes descansar en eso.


Publicado originalmente en Core Christianity.

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Ashley Anthony

Ashley Anthony (maestría del Seminario Teológico de Westminster) y su esposo, Matt, son miembros de la iglesia Godspeed en East Providence, Rhode Island. Tiene cuatro hijos y da clases de literatura. Puedes seguirla en Instagram en @ashleyganthony.

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