Noviembre 6
Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios? (Miqueas 6:8).
Nunca nadie se ha sentido no amado porque le hayan dicho que alcanzar su gozo haría feliz a otra persona. Nunca me han acusado de egoísmo al justificar una bondad hecha con el argumento de que me deleita. Al contrario, los actos de amor son genuinos en la medida en que no se hacen con quejumbre.
Y la mejor alternativa a la quejumbre no es la neutralidad ni el deber, sino la alegría. El corazón auténtico de amor ama la misericordia (Miqueas 6:8); no solo la práctica. El hedonismo cristiano impone esta verdad.
En esto sabemos que amamos a los hijos de Dios: cuando amamos a Dios y guardamos Sus mandamientos. Porque este es el amor de Dios: que guardemos Sus mandamientos, y Sus mandamientos no son difíciles. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo. Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe (1 Juan 5:2-4).
Lee estas frases en orden inverso y observa la lógica. Primero, nacer de Dios da un poder que vence al mundo. Esto se da como fundamento (nota la palabra “porque”) para la afirmación de que los mandamientos de Dios no son difíciles.
Entonces, nacer de Dios nos da un poder que vence nuestro rechazo mundano a la voluntad de Dios. Así que, Sus mandamientos no son “difíciles”, sino que son el deseo y el deleite de nuestro corazón. Este es el amor de Dios: no solo que cumplamos Sus mandamientos, sino también que no sean difíciles.
Entonces, en el versículo 2, se dice que la evidencia de la autenticidad de nuestro amor por los hijos de Dios es el amor de Dios. ¿Qué nos enseña esto sobre nuestro amor por los hijos de Dios?
Debido a que amar a Dios es hacer Su voluntad con gusto y no con un sentido de carga, y a causa de que amar a Dios es la medida de la autenticidad de nuestro amor por los hijos de Dios, por tanto, nuestro amor por los hijos de Dios también debe hacerse con gusto y no con quejumbre.
El hedonismo cristiano está plenamente al servicio del amor, pues nos impulsa a una obediencia alegre, no solo a una obediencia con quejumbre.
