Agosto 7
“Pues han nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece. Porque: ‘Toda carne es como la hierba, y toda su gloria como la flor de la hierba. Sécase la hierba, césese la flor, pero la palabra del Señor permanece para siempre’”. 1 Pedro 1:23-25
El evangelio no es una exhortación a personas bien intencionadas, el cual nos invita a añadir un poco de religión a nuestras vidas. La Palabra de Dios llega al corazón rebelde y demanda obediencia. Es una palabra que resucita a los muertos.
¿Cómo se realiza esta obra? Solo por el Espíritu de Dios. Es la obra del Espíritu la que logra lo que no se puede hacer de ninguna otra manera, por ningún otro medio: producir nueva vida.
Por naturaleza, todos somos rebeldes a Dios. Nadie lo busca (Ro 3:11). Aunque me describa como agnóstico o buscador o alguien de mente abierta, en realidad me estoy rebelando. Y Dios “manda a todos, en todas partes, que se arrepientan” (Hch 17:30, NVI). Dios nos llama a cada uno de nosotros a dar un giro, a dejar el pecado y la rebelión, y a someternos a Su gobierno.
Sin un milagro, no podemos hacerlo. Abandonados a nosotros mismos, estamos muertos y sin esperanza por la eternidad. Gracias a Dios, es tarea del Espíritu Santo realizar ese milagro por nosotros. La vida nueva es algo que Dios logra, no algo que nosotros engendramos. El Espíritu nos convence de pecado y nos convence de que Jesús, con Su muerte en la cruz, ha acabado con él.
La Escritura es absolutamente clara al respecto: cuando estábamos muertos en nuestros pecados, fuimos vivificados en Cristo (Ef 2:1-5). El Espíritu nos hace comprender lo que por nosotros mismos no estamos preparados para afrontar, es decir, que tenemos un problema profundo y persistente que no podemos solucionar. Necesitamos un milagro. Y Dios hace exactamente eso. Él produce vida nueva. Nos salva por Su gracia.
Todo en nosotros se desvanece; como la hierba, nos recuerda Pedro, todos caeremos un día. Pero hay una semilla que produce lo imperecedero, que es plantada en nosotros por el Espíritu, que florecerá y prosperará por toda la eternidad: la vida que ha nacido de nuevo por medio del evangelio. La Palabra de Dios permanece para siempre, y así sucede con la persona a quien se le ha dado nueva vida por la obra del Espíritu a través de esa palabra.
Una vez que nos ha ocurrido eso, ya no vemos la Biblia simplemente como un libro de historia o un relato inspirador. Por obra del Espíritu, se convierte en una luz que ilumina la vida verdadera, y nuestros ojos se abren para comprender quién es Dios. Por eso estudiamos la Biblia: para ver y conocer mejor a quien nos ha salvado y con quien pasaremos la eternidad.
Que el amor de Jesús te atraiga hacia Él. Que el gozo de Jesús te permita servirle. Que la paz y el contentamiento que vienen al conocer a Jesús te concedan estabilidad y claridad mientras reflexionas sobre dónde has estado, consideras dónde estás y meditas hacia dónde te diriges. Tu carne terrenal caerá; pero tú permanecerás para siempre.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
