Al haber crecido en un pequeño pueblo, con frecuencia asistía a servicios de adoración y funerales que presentaban cánticos acerca del cielo. Algunos tenían una buena teología. Otros no se asemejan en nada a la enseñanza bíblica acerca del cielo. Pero el cielo no solo era un tema principal en nuestros cánticos. Muchas personas hablaban de ello. Cuando hablaban de “las puertas del cielo” o de su “hogar celestial”, observaba cómo nunca hablaban de haber sido liberados de la presencia del pecado, de mirar al Salvador o de pasar la eternidad con Dios en perfecta adoración. En cambio, las personas hablaban acerca del cielo porque querían ver a la abuela Sally, escapar de las dificultades o evitar tener que tomar decisiones difíciles. Para muchos en mi comunidad, el cielo no era un lugar infinitamente santo donde Dios mismo vivía, la gloria de Dios, sino más bien una manera de lograr una versión más o menos optimizada de su vida actual sin la interrupción de varias dificultades.
Pero el cielo no es el cielo sin Jesús.
Pastorear a la luz del cielo
Años más tarde, cuando me convertí en pastor, reaccioné erróneamente a esta idea sentimental y blanda acerca del cielo. ¿Cómo? Bueno, ¡simplemente no le di mucha importancia ni le presté mucha atención! No quería hablar del cielo. No quería cantar canciones cursis acerca del cielo que carecieran de ideas bíblicas. Por lo que, para mi vergüenza, lo dejé en su mayor parte olvidado, tácito, asumido.
La Palabra, sin embargo, comenzó a reformar mi pensamiento deformado. Cuando tenía unos cuarenta años, prediqué a lo largo del Evangelio de Juan. Recuerdo cómo el discurso del aposento alto y la oración sacerdotal me sacudió por completo (Jn 14 – 17). No pude evitar pensar en el cielo porque Jesús me quería allí, junto con todos aquellos a quienes ha redimido.

Cuánto más pastoreaba, más cosas sucedían que me empujaban hacia el cielo. Un ser querido muere, y la familia sufre. En este punto, como pastor, tengo que escoger qué hacer. Podía apuntarles al cielo de los vibrantes cánticos del evangelio que escuché de niño, o podía apuntarles al cielo de Jesús, la morada eterna prometida de los redimidos, todos los cuales entraron por la muerte sangrienta del Cordero de Dios (Ap 5). El cielo es nuestro país natal, el verdadero lugar de la ciudadanía de quienes siguen a Cristo (Fil 3:20-21). ¿Hay una mejor manera de reconfortar a un cónyuge en duelo que ayudarle a pensar en la gloria infinita que su fallecido esposo ahora está experimentando? ¿Hay una verdad más feliz que saber que lo que una vez vio borrosamente ahora lo ve cara a cara?
Cuánto más y más pastoreaba, cada vez más me daba cuenta de que no podía hablar bien acerca del cielo si no reflexionaba sobre él ante el Señor. Si su realidad no moldeaba mi vida ahora, entonces no podría pronunciar palabras verdaderas a los necesitados.

Lo que todavía me afecta
Un aspecto del cielo me afecta más que el resto: el uso repetitivo de la palabra esperanza en la Escritura. Como joven cristiano, me empobrecí espiritualmente al reaccionar contra un uso no bíblico de la esperanza como la simple realización de un deseo. Aunque es lo suficientemente cierto, la esperanza bíblica es mucho más que eso. La Escritura envuelve las riquezas de todas las promesas de Cristo en esa sola palabra: esperanza (Ro 8:24-25; Tit 2:11-14; Heb 6:13-20). Todo lo que Jesús nos ha asegurado por medio de Su muerte y resurrección, todo lo que nos ha prometido en el evangelio, se centra en la palabra esperanza.
A medida que leía la Palabra con devoción y predicaba a lo largo de la Biblia, esta esperanza del cielo se hacía prominente. Me estoy haciendo mayor ahora, y mi anticipación de vivir para siempre con Jesús y los santos empieza a hacerse evidente. Pablo podía “[gloriarse] en la esperanza de la gloria de Dios”, sabiendo que “la esperanza no avergüenza” (Ro 5:2, 5). Más adelante, conecta la esperanza a nuestra perseverancia actual cuando declara: “Porque en esperanza fuimos salvos” (Ro 8:24-25). Esta esperanza de nuestra herencia en Cristo cambia la manera en que vivimos y enfrentamos las pruebas.

Fascinado con la enseñanza bíblica de la esperanza, comencé a estudiarla intensamente, no tanto para predicar acerca de ella, aunque sucedió en el transcurso de las exposiciones, sino para enriquecer mi alma y mantener mi corazón enfocado en “las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3:1). En alguna parte de este proceso, pasé un año predicando todo Apocalipsis. Decir que el cielo me abrumaba sería un eufemismo. Desde ese momento, descubrí que mi predicación, mi oración pública, mi consejería y mis estímulos a la congregación con frecuencia se aventuraban en la esperanza del cielo. Parecía lo más natural y resultó ser muy útil.
La esperanza, el cielo y la preparación
Finalmente, a mediados de 2018, fue diagnosticado con un linfoma no hodgkiniano. Ese diagnóstico condujo a quimioterapias y repetidas visitas al oncólogo. Fue una temporada dura. Pero ¿sabes qué sucedió? Mi corazón ministerial estaba tan enfocado en ayudar al rebaño a entender la esperanza del cielo, que cuando enfrenté la prueba de este diagnóstico, descubrí que esta misma esperanza quitó gran parte del aguijón de lo que me esperaba. Recuerdo decirle a mi oncólogo: “No me asusta morir. Soy un seguidor de Cristo, y Él ha prometido que gracias al evangelio estaré con Él eternamente”. Esa certeza me ayudó una y otra vez mientras enfrentaba los destructivos efectos de la quimioterapia. Todavía lo hace, ya que vivo en remisión. El cielo no es solo para mis sermones; es para afirmar mi caminar como pastor de mi rebaño.

Cuando le hablo a la gente acerca del sufrimiento y la muerte, hablo con alegría de la esperanza del cielo que me mantiene a flote. Saben que he estado cerca de la muerte sin que eso me robara el gozo porque la esperanza del cielo sostiene mi corazón al mismo tiempo que enriquece mi ministerio.
Una hermana de nuestra iglesia perdió recientemente a su esposo de 70 años. Unas pocas horas después de que falleciera, me dijo: “Pastor, nunca supe cuán poderosa es la salvación hasta este momento”. El cielo se hizo visible mientras descansaba en la poderosa obra de Cristo. Qué conversación tan amena tuvimos incluso ante el dolor de la pérdida. Al reflexionar sobre ello, cobro ánimo incluso ahora.
Como escribió Samuel Rutherford: “No debemos temer las cruces, ni suspirar ni estar tristes por cualquier cosa que esté de este lado del cielo, si tenemos a Cristo”. La esperanza del cielo en el futuro implica que podemos soportar cualquier cosa en el presente, de este lado del cielo. Debería haber hablado de esto al inicio de mi ministerio porque ciertamente no puedo dejar de hablar de eso ahora que me acerco al final de mi ministerio.
Publicado originalmente en la revista en español de 9 Marcas.