Junio 1
«Oráculo que tuvo en visión el profeta Habacuc». Habacuc 1:1
El significado de los verdaderos profetas nunca se encontraba en quiénes eran, sino en el mensaje que proclamaban. Debería ser lo mismo para nosotros también. Tomemos a Habacuc, por ejemplo. El contenido biográfico sobre él es prácticamente inexistente. Todo lo que sabemos de él se deriva del libro de profecía que lleva su nombre, el cual nos dice muy poco; no puedes encontrarlo en ningún otro lugar del Antiguo Testamento. Sin embargo, este silencio es significativo. Las credenciales de Habacuc se encontraban enteramente en su llamado.
Nos encontramos con esta misma perspectiva a lo largo de la profecía bíblica. Sabemos más acerca de algunos profetas que de otros, pero incluso las cosas que sabemos no son profundas o convincentes. Amós, por ejemplo, era simplemente «boyero y cultivador de higueras» antes de que Dios pusiera Su mano sobre él (Am 7:14). Del mismo modo, cuando Juan el Bautista fue presionado para obtener información sobre quién era, testificó, soy una voz que clama en el desierto. Soy una lámpara que alumbraba por un tiempo, pero Jesús es la Luz del Mundo. Soy un dedo que apunta a Cristo; es necesario que Él crezca, y que yo disminuya (ver Jn 1:23; 5:35; 3:30).
En este versículo inicial de Habacuc, la palabra para «oráculo» a veces se traduce como «carga». ¿Cuál era la carga? Era la carga que el profeta sentía al ver las cosas de acuerdo con la visión que Dios había dado, de mirar las circunstancias que otros habían visto pero no entendían, y de llevar la sabiduría y los designios de Dios a aquellos que escuchaban.
A pesar de nuestras obsesiones modernas con las personalidades y credenciales, en la predicación del evangelio, enseñanza y evangelismo, el mensaje siempre debe ser el enfoque principal. Cada sermón predicado, lección enseñada y conversación acerca del evangelio finalmente se marchitan como la hierba. Su único valor se encuentra en la medida en que la verdad infalible y la confiabilidad de la Palabra de Dios se anclan en el alma del oyente. Como escribe David Wells, la predicación, y cualquier forma de comunicación de la verdad de Dios, basada en Su Palabra, para el caso, «no es una conversación, una charla sobre algunas ideas interesantes… ¡No! ¡Esto es Dios hablando! Él habla a través de los labios tartamudos del predicador donde su mente está en el texto de las Escrituras y su corazón está en la presencia de Dios».¹
Ya sea que seamos llamados a predicar, enseñar o compartir la Palabra de Dios con el prójimo, hay una lección importante aquí: en nuestro núcleo, debe haber una humildad genuina que proviene de la comprensión de la naturaleza convincente del llamado de Dios sobre nuestras vidas. Sin embargo, también debería haber una emoción al respecto, porque ¿a qué preferiríamos dar nuestras vidas que a este mensaje que es mucho más grande que nosotros mismos, cuyos efectos en la vida de los demás durarán por la eternidad? Hoy, no te preocupes demasiado por las aptitudes y habilidades del mensajero; más bien, que tu preocupación sea compartir el mensaje, con quien sea que hayas sido llamado a hacerlo.
1 David Wells, The Courage to Be Protestant: Truth-Lovers, Marketers and Emergents in the Postmodern World [El valor de ser protestante: amantes de la verdad, mercadólogos y emergentes en el mundo posmoderno] (IVP, 2008), 230.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
