Las hordas de orcos y hombres malvados se han armado para la guerra. Son miles y miles de efectivos que, sumados a la imponente presencia de los Nazgul, sobrevolando el campo de batalla con sus monturas aladas y los enormes trolls y olifantes hacen que cualquier resistencia sea totalmente inútil. Como una marea interminable, el río de hierro y muerte emerge de la puerta negra y de la fortaleza de Minas Morgul para engullir cualquier rastro de libertad de la faz de la Tierra Media.
Frente a ellos, unos reinos de hombres mermados, asustados y divididos, sin liderazgo ni esperanza. La guerra que acaba de estallar ya tiene el destino escrito a sangre y fuego. Los hombres están perdidos, y nada ni nadie podrá cambiarlo.
Una victoria imposible
Ese es el estado de las cosas en la guerra del anillo que Tolkien nos cuenta en su célebre obra El Señor de los anillos, llevada al cine ahora hace 25 años. El señor oscuro Sauron tiene la sartén por el mango, no hay forma en que los hombres puedan sobrevivir a esta tormenta que se avecina. Es una victoria sencillamente imposible.
Y, sin embargo, todos sabemos cómo acaba esta historia. En nuestra retina está la escena de la torre de Barad-dûr estallando en mil pedazos y el gran ojo de fuego desintegrándose, para dejar paso a un terremoto que engulle a todas las huestes del mal. ¿Qué ocurre para que todo acabe así? Y, más importante aún, ¿hay algo que nosotros podamos aprender acerca de la caída, contra todo pronóstico, del formidable enemigo de los pueblos libres de la Tierra Media?

El punto ciego
En el libro de Tolkien, vemos a Aragorn, el heredero de los hombres, usando el orbe mágico palantír para asegurarse de que Sauron lo viera, que supiera que está ahí, que se está preparando para enfrentarle y que no le tiene miedo. El heredero de Isildur, el que antaño ya le derrotó, se apresura para hacerle frente.
Así, con unas fuerzas combinadas de los reinos de los hombres, Aragorn se presenta ante la Puerta Negra de Mordor para retar a Sauron. El nuevo rey de los hombres sabe que no puede ganar en esa batalla, pero su plan no es ganarla, sino usar la manera de entender el mundo del señor de Mordor en su contra. Sauron no puede ver la trampa que le ha sido tendida porque no está programado para verla. Su manera de comprender el mundo tiene un punto ciego que será su perdición (1Co 1:27-28).
¿Qué ve Sauron? Un rey orgulloso que busca el trono, que ansía el poder y que luchará para conseguirlo. El poder está para ejercerlo, para aprovecharse de él. No puede comprender otra forma de poder, y esa será su destrucción. Porque, la realidad es que, mientras su gran ojo está fijo en el gran reto del rey de los hombres en el norte, dentro de su misma tierra, unos pequeños y humildes pies se encaminan al que será el fin de su poder y de su vida (Mt 11:25).

La táctica divina. Lo débil que avergüenza a lo fuerte
La historia de la derrota de Sauron es un reflejo de la derrota de otro señor oscuro, Satanás. Durante milenios, las profecías eran inequívocas, el hijo de David, el Hijo del Hombre, vendría para pisar la cabeza de la serpiente y destruir el imperio de la muerte. Las entidades oscuras lo sabían, y desde luego lo esperaban, pero tenían un terrible punto ciego que les impidió comprender lo que estaba ocurriendo bajo sus pies.
Cuando el cielo se abrió y la estrella marcó el lugar donde estaba el Verbo encarnado (Jn 1:14), ellos solo vieron a un bebé, a un niño inútil e indefenso, en lugar de los ejércitos con fuego y truenos que habían esperado. Al igual que Sauron, comprendían el lenguaje del poder, pero no el de la humildad. Era algo, sencillamente, que escapaba a su radar. No comprendieron que en la humildad del pesebre estaba el final de su imperio de maldad (Fil 2:6-8).
Lo mismo ocurre con el mundo que nos rodea. Jesús mismo les enseñó a Sus discípulos que el mundo ejerce el poder de una forma muy concreta, los poderosos pisan y se aprovechan de los débiles. Los ven como escalones sobre los que subirse para seguir creciendo. Son hijos de Satanás, así que comparten su cosmovisión.

Sin embargo, Jesús advirtió brevemente a los Suyos, de que el reino de Dios tiene un concepto totalmente distinto del poder, y del propósito del poder. No debería ser un pedestal al que subirse, sino una oportunidad para humillarse (Jn 13:12-20). Él redefine lo que significa el poder, y lo hace dando ejemplo en Su propia vida, y Su propia muerte. Él usa Su autoridad absoluta para servir y dar Su vida en rescate por muchos (Mr 10:42-45).
Pablo transmite también este concepto del poder que escapa a la visión del mundo que nos rodea. Pablo afirma que, como seguidores de Cristo, tenemos libertad y derechos magníficos que Dios nos ha dado (Ga 5:13). Pero, no debemos usar ese poder a la manera del mundo, todo lo contrario, debemos usarlos a la manera de Dios. Jesús nos dio libertad, pero esa libertad no se debería manifestar haciendo lo que queramos o exigiendo derechos. Nuestro auténtico poder, tal y como Jesús lo mostró, es ser capaz de dejarlo a un lado por amor a nuestro Dios y a nuestros hermanos. El poder en el reino divino se manifiesta siendo capaz de, libremente, dejarlo a un lado, aunque perdamos una batalla, confiando en que Dios hará que ganemos la guerra. La libertad cristiana no es licencia para imponernos, sino poder para renunciar.

Destrucción del anillo
Todos tenemos a un pequeño señor oscuro viviendo dentro de nosotros, obsesionado con defender sus derechos, su imagen y su territorio con el puño en alto (Ro 7:18-19). Todos tenemos un Sauron en la torre de nuestro corazón. A veces, podemos llegar a pensar que no hay forma en que nosotros podamos vencer esta batalla contra él, cuando tantas veces hemos claudicado y hemos sido derrotados estrepitosamente.
En la ficción de Tolkien, el anillo único era el arma definitiva, ambicionada por todos. Sauron no podía siquiera imaginar que alguien pudiera tener el anillo en sus manos y no lo usara para aprovechar su poder de una forma egoísta. Eso era, sencillamente, inconcebible. No podía imaginar que su final viniera porque alguien usara el tremendo poder del anillo para, sencillamente, soltarlo sobre los fuegos del Monte del Destino.

En la historia, al final, Frodo el hobbit no es capaz de soltar el anillo. Fracasa en el último momento. Aun así, la providencia hace que un enemigo, Gollum, robe el anillo y resbale, cayendo ambos a la lava que acabará con el poder de la oscuridad. Esto refleja también una grandísima noticia para nosotros. Incluso aunque fracasemos, Dios sigue estando en control, y Su soberanía sigue siendo buena para nosotros (Ro 7:18-19).
En el día de hoy, Dios nos llama a tomar una decisión vital. Él nos invita a tomar nuestra voluntad, nuestra honra, nuestra razón y nuestras quejas y las usemos… para soltarlas a los pies de la cruz (Ga 2:20).
Ese es el lenguaje que nuestro enemigo no puede comprender, pero en el que Jesús nos habló durante toda Su vida. El fallo no es de intensidad emocional, es un problema de cosmovisión. Es decir, el punto ciego que tantas veces compartimos con Sauron no es falta de pasión, es idolatría del “yo”.
Ser cristiano no es ir a la iglesia los domingos, ni siquiera haber hecho “la oración”. Ser cristiano es poder abrir las manos y renunciar a la búsqueda de nuestra propia felicidad, humillarnos para buscar el derecho y el bienestar de los demás, porque sabemos que Dios cuida de nosotros. Ser cristiano es poder bajar a nuestras rodillas, como nuestro Señor delante de Sus discípulos, humillándonos libremente, porque ya tenemos a quien nos da el valor que necesitamos. Ser cristiano significa dejar a un lado la venganza, el ansia de tener la razón o de quedar por encima, porque comprendemos algo que, ni Sauron, ni Satanás, ni el mundo comprende, que el verdadero poder está en rendirse ante al Rey (Fil 3:7-8).

Al final, la Guerra del Anillo no la ganaron los ejércitos, ni los reyes, ni los magos. No la ganó nadie que blandiera una espada con poder. La ganaron unos pies pequeños, callosos e ignorados por el gran ojo, que pusieron un pie delante del otro hasta llegar a la cima. Más aún, cuando esos pies tropezaron, hubo una mano del cielo que hizo que lo imposible se hiciera (Gn 50:20; Ro 8:28). Cada día, Dios nos invita a ese mismo ascenso. A tomar nuestra voluntad, nuestra honra, nuestra razón y nuestras quejas, y cargar con ellas monte arriba, para soltarlas en el Gólgota, al pie de la cruz donde nuestro Salvador dio Su vida por nosotros. El reino avanza, no cuando apretamos el puño, sino cuando doblamos la rodilla.
Ese es el lenguaje que Sauron, Satanás y el mundo nunca podrán descifrar, y que sin embargo lo cambia todo.
