El privilegio de los esposos cristianos: sacar lo mejor de tu esposa

Por mandato divino, un esposo debe amar y guiar a su esposa, lo cual hará que ella saque lo mejor de sí misma.
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Cuando un hombre se para delante de su novia y dice “acepto”, de repente, su relación con Dios toma una nueva forma.

Su relación con ella toma una nueva forma, sin dudas, tan nueva como que dos se vuelven uno. Pero lo mismo sucede con su relación con Dios. Ya no se relacionará con Dios simplemente como un hombre soltero. Él es ahora una cabeza, con un cuerpo, un Adán con una Eva, un esposo con una esposa.

El apóstol Pedro nos da a los hombres el sentido de lo que está en juego. “Convivan de manera comprensiva con sus mujeres”, le dice a los esposos, “para que sus oraciones no sean estorbadas”. Las oraciones de un hombre soltero pueden ser, ciertamente, estorbadas, dice, si vive una vida de pecado sin arrepentimiento (1P 3:12). Pero en el día de su boda, un nuevo elemento entra a la vida de oración de un hombre: cómo él trate a su esposa tiene ahora una influencia directa en cómo Dios lo escucha (o no). Porque Dios no escucha las oraciones de un marido injusto.

Cuando un hombre se convierte en esposo, entonces, el sendero de su discipulado atraviesa ahora las habitaciones y pasillos de su matrimonio. Del mismo modo que Adán no podía ser fiel imagen de Dios mientras descuidaba o maltrataba a Eva, un marido no puede seguir bien a Jesús sin amar a su mujer. Un mal marido puede seguir siendo un buen empleado, un buen entrenador deportivo o incluso un buen vecino, pero no puede ser un buen cristiano.

Podríamos describir el llamado de Dios a un marido de muchas maneras. Pero una característica en particular me ha ayudado a centrarme en ella (y me ha dado toda una vida de trabajo) es que: un buen marido saca lo mejor de su esposa.

Cuando un hombre se para delante de su novia y dice “acepto”, de repente, su relación con Dios toma una nueva forma. / Foto: Envato Elements

Saca lo mejor de ella

Este llamado a sacar lo mejor de la esposa nos confronta cada vez que pronunciamos la palabra marido. Porque, en un sentido de la palabra, ser esposo es cultivar, hacer brotar flores de los capullos y frutos de las semillas. Un buen marido se arrodilla en el jardín del alma de su esposa, trabajando por la gracia de Dios para hacer brotar la belleza latente, para convertirse en una pala en manos del Espíritu Santo, utilizada por Él para dar su maravilloso fruto (Ga 5:22-23). Al igual que el perfecto Esposo celestial, un buen esposo terrenal nutre a su esposa para que resplandezca (Ef 5:25-27). Él saca lo mejor que Dios le ha dado.

Sin duda, esta vocación marital no significa que una mujer esté indefensa sin un buen hombre: Rut, Abigail, Ana, Febe y otras dan testimonio de lo contrario. La vocación tampoco sugiere que la piedad del marido garantice la piedad de la mujer, pues algunas mujeres rencillosas se oponen a los hombres buenos (Pro 21:9). La responsabilidad del marido tampoco disminuye los profundos efectos que una buena mujer puede tener sobre él.

Sin embargo, el punto y el patrón general siguen en pie. La belleza de una mujer piadosa a menudo florece mejor en la tierra de un hombre piadoso. Como escribe Jonathan Leeman: “Pocas cosas en esta tierra pueden fortalecer, alentar, animar, vivificar o edificar a una mujer como una cabeza dedicada a su bien” (Authority [Autoridad], 174), como un marido que se entrega a sacar lo mejor de ella.

¿Y cómo se convierten los maridos normales e imperfectos como nosotros en hombres así? Me he esforzado por conseguir dos posturas sencillas, vitales para los maridos piadosos: amarla y guiarla.

Ser esposo es cultivar el alma de su esposa, ayudando a florecer su belleza interior con la gracia de Dios, siendo una herramienta del Espíritu Santo para dar fruto. / Foto: Envato Elements

Ama a tu esposa

La primera postura mira hacia el interior. Aquí Adán canta sobre Eva (Gn 2:23), el hijo sabio se regocija en “la esposa de [su] juventud” (Pro 5:18), el amante enamorado se pierde en los ojos de su amada (Cnt 1:15), el hombre maravillado alaba a su excelente novia (Pro 31:28-29). “Cristo amó a la Iglesia”, nos dice el apóstol Pablo (Ef 5:25), y a los buenos maridos les encanta aprender Sus caminos. Con la postura que mira hacia el interior, admiramos todo lo que hay de hermoso en una esposa, y la veneramos hasta alcanzar un amor más profundo.

El amor, por supuesto, es una rosa de muchos pétalos. Veamos algunos de sus pétalos.

Disfrútala

Ese amor a menudo tiene el aspecto de una sonrisa y suena como una carcajada. Puede bromear y bailar y hacer que un hombre haga tonterías. Escribe notas de amor inesperadas y la lleva del brazo a la aventura. No permite que los hijos, los trabajos, las casas y las facturas silencien la canción que una vez se cantó, sino que encuentra formas de llenar los días ordinarios con la alegría pura del Edén.

“Goza de la vida con la mujer que amas”, nos dice el Predicador (Ec 9:9). Sí, “regocíjate con la mujer de tu juventud”; deja que su amor te embriague (Pro 5:18-19). Porque esa alegría dice algo maravilloso y verdadero del gran Esposo: nunca se aburre de Su esposa.

Algunas flores elevan sus cabezas a la vista del sol; muchas esposas elevan la suya a la vista de un hombre alegre y que las admira. Es cierto que no todos los momentos matrimoniales pueden conocer la poesía del placer profundo, el vino del deleite desbordante. Algunos días, vivimos del agua y la prosa de la lealtad del pacto. Pero si nuestros matrimonios nunca se visten de blanco, nunca se ungen con el óleo de la alegría y dicen: “Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven conmigo” (Cnt), entonces algo de lo mejor de ella yacerá oculto en su interior.

La alegría en el matrimonio dice algo maravilloso y verdadero del esposo: nunca se aburre de su esposa. / Foto: Envato Elements

Servirla

En nuestro Señor Jesús, el afecto se une al sacrificio. Él amó a la iglesia, y por eso “se entregó a Sí mismo por ella” (Ef 5:25). Ahora, unida a Él, la iglesia recibe Su alimento y cariño diarios. La ama y la sirve como a Su propio cuerpo (Ef 5:29-30). Y así, el modelo se mantiene en otros maridos felices. Son Jacobos que con gusto sirven siete años y más por su Raquel, y su amor hace que el trabajo se sienta ligero (Gn 29:20).

Sin duda, el servicio de un esposo piadoso incluirá todo tipo de tareas prácticas. Cuidar del jardín; planificar para la familia; limpiar después de la cena; pasar tiempo regular y sin prisas con los niños mientras ella está fuera, él levantará los pesos que pueda de su cuerpo, de su lista de tareas, de su tiempo. Pero un marido cristiano también mira más profundamente y se pregunta cómo puede servir a su espíritu.

¿Cómo puede alimentar y cuidar no solo su exterior, sino también su interior (Ef 5:29)? ¿Cómo puede lavar su corazón con el agua purificadora de la Palabra de Dios (Ef 5:26)? Al fin y al cabo, aunque Jesús se sirve de los maridos, solo Él tiene el poder de sacar lo mejor de una esposa. Entonces, ¿qué ritmos de lectura bíblica, oración y comunión tejerá un hombre en la vida familiar para que ella, como María, permanezca a menudo a los pies de su Señor (Lc 10:39)?

Un esposo piensa en como puede servir espiritualmente a su pareja, a través de la Palabra de Dios. / Foto: Unsplash

Honrarla

Un marido que disfruta de su esposa y sirve a su esposa, ciertamente honra a su esposa. Pero el honrar de un buen esposo también va más allá. No solo la abraza y le sonríe, la ayuda y habla la Palabra de Dios sobre ella; también levanta su voz para alabarla. Como el marido de Proverbios 31, dice palabras que le devuelven el eco de su excelencia (Pro 31:28-29).

El apóstol Pedro menciona el honor como un privilegio particular de los esposos, y al hacerlo, dirige nuestra atención hacia donde se debe el honor más profundo. Honren a sus mujeres, dice, “por ser [herederas] como ustedes de la gracia de la vida” (1P 3:7). Esta esposa tuya es una reina, una hija de Dios y una heredera de la eternidad. El mundo puede pasar por alto la verdadera belleza de esta heredera celestial, “el adorno incorruptible” en “lo íntimo del corazón”: su “espíritu tierno y sereno”, su negativa a tener “miedo de nada que pueda aterrorizarla” (1P 3:4, 6). Pero tal belleza no tiene por qué, no debería, pasar desapercibida.

Los elogios de un marido piadoso, por supuesto, no pueden ser falsos; no puede adular. Pero me imagino que la mayoría de los esposos yerran en la dirección opuesta: no alabando inapropiadamente, sino permaneciendo en silencio mientras nuestras esposas desfilan alabanzas ante nosotros. Sin embargo, cuando se rompe el silencio, la alabanza del marido suele dar fruto. Al honrar la gracia que hay en ella, observándola, amándola, hablando de ella, ayuda a que surja más de ella.

El esposo no solo abraza y le sonríe a su esposa, sino que la ayuda, le enseña la Palabra de Dios y levanta su voz para alabarla. / Foto: Envato Elements

Guía a tu esposa

Hasta ahora hemos considerado la postura del marido de cara al interior. Pero un buen marido, un marido que saca lo mejor de su mujer, también mira hacia fuera. La ama, sí, y la mira a menudo a los ojos. Pero también la guía, invitándola a unirse a él en una misión mucho más amplia que el matrimonio.

Dios entregó a Eva a Adán no solo para que él cantara la poesía del amor sobre ella, sino para que ambos cantaran la poesía del reino de Dios a todo el mundo (Gn 1:28). Su intención era que los dos se convirtieran no solo en uno, sino en muchos, al multiplicar juntos la imagen de Dios por toda la tierra. Les dio el matrimonio como misión, una misión que no puede tener éxito sin el amor interior, pero que tampoco puede tener éxito si el amor interior nunca se vuelve hacia el exterior. Y como tantos maridos han descubierto, parte de lo mejor de una mujer solo aparece cuando ella vuelca su corazón, su mente, su alma hacia la necesidad.

¿Hacia qué tipo de necesidad? Las respuestas a esta pregunta son muchas. La misión de cualquier matrimonio cristiano se orientará por la Gran Comisión de Jesús (Mt 28:19-20), pero las posibilidades bajo esa bandera son amplias. Para orientarse, el marido tendrá que fijarse en los dones que Dios le ha dado, y eso incluye el mayor don terrenal de todos: su esposa.

Tal vez Dios ha hecho que tu matrimonio florezca y dé fruto en el campo de cosecha de un pueblo no alcanzado. Tal vez ha hecho a tu esposa capaz de ser madre de muchos niños, de dar a luz y acoger y adoptar hasta que en ningún auto quepan todos. Tal vez tenga las habilidades de una increíble anfitriona y evangelizadora de barrio. Cualesquiera que sean sus dones, la forma en que la dirija el marido los sacará a la luz o los enterrará, los aprovechará al máximo o los silenciará.

En mi propio matrimonio, las necesidades de los niños pequeños y de una iglesia joven han sacado a relucir bellezas en mi mujer que yo nunca habría podido sacar por mí mismo. Y, maravillosamente, verla dedicar sus días a las necesidades de los niños y de los santos, a las exigencias de un hogar y de una comunidad, solo ha hecho que la ame más.

Así sucede a menudo. Comienza un ciclo maravilloso: un hombre ama a su mujer y la lleva a la misión, y mientras está en la misión, se enamora más. Y con el tiempo, con mucha misericordia en el camino (porque los maridos a menudo tropezamos en nuestra vocación), el jardín de su alma se vuelve más florido y fragante, y cualquiera que tenga ojos para ver alcanza a vislumbrar a esa novia que un día aparecerá “en esplendor” (Ef 5:27), la amada perfeccionada de su perfecto Esposo.


Este artículo se publicó originalmente en Desiring God.

Scott Hubbard

Scott Hubbard se graduó de Bethlehem College & Seminary. Es editor de desiringGod.org. Él y su esposa, Bethany, viven en Minneapolis.

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