La sumisión a la voluntad de Dios: un rasgo que demuestra madurez cristiana

Alcanzar la madurez cristiana implica rendirse confiadamente a la voluntad de Dios, siguiendo el ejemplo de Jesús. 
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En todos los procesos de la vida, todos anhelamos crecer: llegar a la cima de nuestra carrera profesional, nuestras relaciones personales y nuestras finanzas. Lo mismo sucede con nuestra experiencia cristiana: todo verdadero discípulo de Cristo debería desear la madurez espiritual. Pero ¿cómo se ve ese crecimiento?

Muchos cristianos podrían entender esta madurez como una posición en el ministerio, un nivel de conocimiento bíblico y doctrinal, o una capacidad extraordinaria para llevar una vida moralmente correcta. Sin embargo, la meta de la madurez cristiana es parecernos a Jesús (Ef 4:13). Entre más reflejemos Su carácter, pensamiento, propósitos y afectos, más maduros seremos como cristianos.

De entre todo lo que debemos seguir aprendiendo de nuestro Señor, hoy quiero que nos enfoquemos en un rasgo de la madurez cristiana que las Escrituras mencionan en incontables ocasiones: la sumisión a la voluntad de Dios.

Seguir el diseño divino: sumisión a la voluntad de Dios

De principio a fin, las Escrituras nos exhortan continuamente a la obediencia y, por tanto, un cristiano que camina en madurez buscará alinearse a los planes del Señor. La pregunta es: ¿cómo se ve esto en la práctica? La Biblia muestra que el camino a la madurez es aquel en el que el creyente se somete confiadamente a la voluntad de Dios. Analicemos esto detalladamente.

De principio a fin, las Escrituras nos exhortan continuamente a la obediencia. / Foto: Unsplash

Antes de que el pecado entrara en el mundo, estuvo en Satanás en forma de independencia y rebelión, la antítesis de la sumisión (Is 14:12-14). En el principio de la historia humana, el diseño original significaba que Adán y Eva confiaran en las instrucciones de Dios y obedecieran Su mandato de no comer del árbol del conocimiento del bien y el mal; sin embargo, ellos eligieron su propia autonomía al buscar su propia forma de alcanzar la sabiduría (Gn 3).

Una vez el pecado entró en el mundo, la disposición de someterse a la voluntad de Dios se ausentó del corazón humano; cada uno corrió hacia la independencia de su Creador. Los escritos bíblicos testifican de la conducta de los seres humanos que no se sujetaron al plan de Dios, siempre guiados por su propio criterio. La autosuficiencia es la forma más básica de pecado y, por tanto, la sumisión es la marca de alguien que ha aprendido a vencer el pecado por medio de Cristo.

Los escritos bíblicos testifican de la conducta de los seres humanos que no se sujetaron al plan de Dios, siempre guiados por su propio criterio. / Foto: Lightstock

Jesús es el modelo perfecto de sumisión. A pesar de ser Dios en esencia, sin pecado, el Hijo se sometió a la voluntad del Padre:

Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se sujetó a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2:5-8).

Es esta disposición de Jesús la que somos llamados como cristianos a imitar: a someternos a la voluntad de Dios, aun cuando nos cueste nuestras propias vidas. Charles H. Spurgeon afirmó: “Los verdaderos seguidores son, antes que nada, sumisos a la voluntad de Dios. Todo lo que Dios quiera, ellos lo quieren”.

Debemos someternos a la voluntad de Dios, aun cuando nos cueste nuestras propias vidas. / Foto: Lightstock

La voluntad de Dios en la oración: “Hágase Tu voluntad”

Como cristianos podemos poner a prueba nuestra disposición a obedecer en las cosas más básicas y rutinarias de la vida, como nuestro tiempo de oración.

Es posible caer en el error de orar sin consultar jamás la voluntad del Señor. Con frecuencia, nuestras peticiones se convierten en una lista de decisiones ya tomadas donde simplemente informamos a Dios nuestros planes, esperando Su aprobación. Esta actitud convierte la oración en un monólogo en lugar de un diálogo con el Creador, tal como se advierte en la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18:11-12). Este tipo de oración revela nuestra independencia de Dios y, por tanto, está marcada por la autosuficiencia.

Es posible caer en el error de orar sin consultar jamás la voluntad del Señor. / Foto: Lightstock

Cuando Jesús enseñó a Sus discípulos sobre la oración, les dio un modelo bien conocido como el Padre Nuestro. La sumisión a la voluntad de Dios sobresale claramente en la petición: “Venga Tu reino. Hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” (Mt 6:10).

En primer lugar, la declaración “Venga Tu reino” implica que reconocemos el reinado del Señor en toda nuestra vida. En ella pedimos que Dios gobierne activamente sobre nuestra familia, matrimonio, trabajo y estudios. En segundo lugar, la frase “Hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” implica que nos rendimos a los planes determinados por Dios para nuestras vidas (Is 14:27).

De nuevo, Jesús es el ejemplo supremo de sumisión en la oración. Unas horas antes de Su muerte, en el huerto de Getsemaní, el Hijo de Dios fue aplastado bajo el peso de Su misión redentora. Oró así: “Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras” (Mt 26:39). Aunque pudo haber huido de Su misión salvadora, prefirió someterse para que se cumpliera la voluntad del Padre.

La declaración “Venga Tu reino” implica que reconocemos el reinado del Señor en toda nuestra vida. / Foto: Lightstock

Hacer la voluntad de Dios solo es posible por Su gracia

Si el pecado es, en su estado más elemental, el deseo de vivir bajo nuestro propio gobierno, entonces ningún ser humano tiene la capacidad natural para tal sumisión. Sin embargo, los cristianos contamos con la obra del Espíritu. Por la gracia de Dios somos nacidos de nuevo (1P 1:23), muertos que han resucitado (Ro 6:4) y pecadores que han sido justificados (Ro 5:1-2).

Por la gracia de Dios, el Padre nos ha salvado para asemejarnos cada vez más a Su Hijo Jesús (Ef 4:24), lo cual es la esencia de la madurez cristiana. Tenemos la promesa de que Dios nos dará Su gracia para que nos podamos someter a Su voluntad por mediación de Jesucristo (2Co 12:9-10; Heb 13:20-21). Por Su gracia, podremos aceptar el plan de Dios incluso en medio del sufrimiento, tal y como Jesús lo hizo.

Por la gracia de Dios, el Padre nos ha salvado para asemejarnos cada vez más a Su Hijo Jesús. / Foto: Lightstock

Que nuestra oración constante siempre resuene con el eco de un corazón rendido: “Hágase Tu voluntad, y no la mía”.

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Gerson Morey

​Gerson Morey es pastor en la Iglesia Día de Adoración en la ciudad de Davie en el Sur de la Florida y autor del blog cristiano El Teclado de Gerson. Está casado con Aidee y tienen tres hijos, Christopher, Denilson y Johanan. Puedes encontrarlo en Twitter: @gersonmorey.

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