Entre las primeras canciones que recuerdo haber escuchado están los himnos que cantaba mi bisabuela: “I’ll Fly Away” [“Volaré”], “Do Lord” [“Hazlo, Señor”], “I Am Bound for the Promised Land” [“Estando a orillas del Jordán”]. Sin duda había escuchado otros himnos antes que estos, y otros con mayor frecuencia, pero hasta el día de hoy cuando pienso en los himnos, es a mi bisabuela a quien recuerdo.
Su nombre era Elmay (que se pronuncia “Elmy”). Vivía en un área remota de West Virginia, en un terreno propiedad de la empresa para la que mi bisabuelo excavaba carbón. Los veíamos dos veces, tal vez tres, al año, una vez en su casa para el Día de Acción de Gracias y al menos una vez en casa de mis abuelos en Nashville, que visitaban durante un par de semanas cada verano.
Yo era el primero de la cuarta generación de la familia y, al ser el mayor por varios años, pasé mucho tiempo con mi bisabuela, en gran parte solos. Me agradaba. Era bastante bajita y sospecho que su altura tenía mucho que ver con mi cariño por ella. Los adultos eran altos, lo que suponía distantes, pero desde una temprana edad, ella y yo nos alcanzábamos en estatura.
Sus ojos azules eran grandes y borrosos detrás de unos gruesos bifocales. Su cabello, una vez rubio, se había desvanecido en un blanco ahumado. Era la mujer más vieja que conocía, la persona más anciana viva hasta donde yo sabía, pero, en retrospectiva, no era tan mayor. Tuvo a sus hijos joven, y ellos tuvieron a sus hijos jóvenes, y esos hijos, los primeros en la familia en ir a la universidad (mi madre entre ellos), los primeros en no poner ni una sola vez un pie en una mina de carbón, también tuvieron hijos. Como resultado, se convirtió en bisabuela cuando todavía estaba en la octava década.

La mayoría de las veces se sentaba en una silla, lo que no quiere decir que haya sido inactiva. Mientras los hombres cazaban ardillas o se quedaban alrededor de las puertas traseras de la casa contando historias, ella descascaba maíz, pelaba papas, limpiaba frijoles y cosía edredones. Mientras trabajaba, entre charlas acerca del clima y lo que yo quería ser de grande, ella cantaba himnos.
En particular, cantaba himnos acerca del cielo. “Volaré, oh gloria”. “Hay un mundo feliz más allá”. “Y cuando en Sion, por siglos mil, brillando esté cual sol”. Su voz era apacible. Con acento montañés, dulce a pesar de todos sus extraños diptongos, hablaba más de lo que cantaba las palabras. Las tenía memorizadas. A veces parecían casi tan naturales, tan necesarias, como respirar.
Llenos de mares de cristal, costas doradas y mansiones que eclipsaban al sol, me sorprendió incluso de niño, que sus himnos describían lugares que le eran desconocidos. Ella era oriunda de los Apalaches, de colinas y valles, arroyos y cuevas. El mar más cercano estaba a más de 600 km de distancia. El cielo era solo una brecha entre dos montañas. Incluso en verano, había poco sol.

Al igual que la tierra, conocía bien las sombras. Había escuchado las historias. Cómo todas las mañanas enviaba a su esposo a la oscuridad de la montaña. Cómo cada segundo de cada día trataba de no escuchar la campana, cuyo sonido significaba que había sucedido lo peor, un colapso en el túnel, una explosión en un pozo. Por la noche, llenaba una tina de madera con agua de pozo que había calentado al fuego. Desde el cabello hasta la cara, el cuello y los brazos de mi bisabuelo, ella lavaba y enjuagaba el polvo de carbón rancio que nunca se desvanecía por completo.
Ella criaba abejas y gallinas, cuidaba los jardines en las laderas, tenía un buen corazón. Era una cuestión de supervivencia. Mi abuelo era el mayor de seis: cinco hijos y una hija. Cuando el clima o la economía cerraban la mina y los mineros viajaban al norte para buscar trabajo en las fábricas, la familia de mi abuela (sus futuros suegros) dejaba sobras cerca de la casa de forma anónima, porque les preocupaba que los niños pudieran morir de hambre.
¿Qué significaban los himnos para mi bisabuela? ¿Cómo encajaron en su dura vida? ¿Fue la nostalgia la que hizo que los atesorara en su memoria? ¿Cantarlos era solo una de las muchas formas inconscientes de pasar el tiempo?

En su ensayo, “Los himnos en la vida del hombre”, el escritor británico D. H. Lawrence confiesa un amor eterno por los cánticos de iglesia. “Me importan casi más que la mejor poesía”, escribe Lawrence, “y tienen para mí un valor más permanente, de una manera u otra”. Para Lawrence, hijo de un minero que creció asistiendo a una iglesia congregacionalista, pero que ya no se considera creyente, el poder que los himnos seguían ejerciendo sobre él era una fuente de sorpresa, incluso de entretenimiento.
Al final, no es su capacidad para inspirar, y mucho menos su importancia espiritual, lo que hace que los himnos sean imborrables para Lawrence. Es su capacidad para generar lo que él llama “asombro”. La simple apariencia y el sonido de ciertas palabras y frases del himnario, “sol de mi alma”, “lago de Galilea”, “belleza de santidad”, llenan a Lawrence con una sensación de asombro distraído. “No sé cuál es exactamente ‘la belleza de la santidad’”, escribe, “pero si no piensas en ello (¿y por qué deberías hacerlo?), tiene algo mágico”.
No puedo decirlo con certeza, pero para mi bisabuela, creo que sucedía lo contrario. No era principalmente la estética, el sentimentalismo o el asombro en sí lo que hacía que los himnos acerca del cielo fueran tan queridos para ella. Era la esperanza que articulaban, el futuro que describían. Era su promesa de una vida mejor que la que ella merecía o había soportado. Era su garantía de un juicio final y de un descanso eterno, uno que ella creía que le esperaba, como le espera a todos los que han depositado su confianza en Cristo, como lo expresó uno de sus himnos favoritos, en “la orilla más lejana”.

El verano que cumplí ocho años, mi familia viajó a Florida. Alquilamos una camioneta de pasajeros y condujimos desde Tennessee. Era algo importante porque mis bisabuelos viajaron con nosotros. Era la primera vez que veían el océano.
A la mañana siguiente de nuestra llegada, mi bisabuela me llevó a dar un paseo por la playa, y si cierro los ojos, todavía puedo imaginarla.
Está descalza en la arena. Sus pantalones están enrollados. Sus pesados brazos cuelgan a su lado. El viento choca contra su cabello blanco. A través de sus gafas, gruesas como siempre, observa la inmensidad, el agua, el cielo, todo ese azul.
No cantó, se quedó en silencio. Era como si allí, en el borde de la tierra, cerca del final de su vida, hubiera entrado en los himnos que había llevado consigo, sintonizando su corazón con ellos todo el tiempo y enfocando su fe, que en ese momento parecía muy cerca de la vista.
Publicado originalmente en la revista en español de 9 Marcas.