Lecciones de Cuarentena

Esta cuarentena, sin duda, nos está dejando tantas y valiosas lecciones. Hay muchas cosas qué aprender si logramos pasar por encima del miedo, la desesperación, el enojo y la  frustración. Todos estamos recibiendo lecciones en estos días, pero yo en particular he aprendido tres y te las comparto.

El  tiempo no es mío

Como Proverbios 27:1 dice: “No te jactes del día de mañana, porque no sabes qué traerá el día”. Ni en un millón de años me hubiera imaginado vivir lo que vivimos hoy, y muchas veces he faltado a este proverbio pensando, “lo haré mañana”. Meditando en cuántas cosas he postergado, me doy cuenta que dejé para mañana cosas que quizá nunca volveré a hacer, por ejemplo: ir a saludar a un viejo amigo antes de que falleciera mientras estamos todos confinados en nuestras casas, visitar a mis abuelos que viven a 3 horas de distancia un fin de semana, hacer un picnic con mis hijos en un parque concurrido, presentarle a Cristo a alguien que amo y es posible que no vuelva a ver, invitar a mi casa a algún hermano en la fe, y así podría enumerar muchas cosas que sobre todo, tienen que ver con compartir tiempo con otros, tiempo que en mis afanes decidí dedicar al trabajo. Y no es que esté mal trabajar, pero ¿para qué trabajamos? Quizá estamos haciendo planes como el hombre rico de la parábola de Lucas 12:16-21, a quien Dios acusa de necio, pues solo El Señor sabe cuánto tiempo viviremos. Sea por el coronavirus o por cualquier otra razón, el fin de nuestra vida está determinado desde que nacemos y solo Dios conoce el día. Entonces, cualquier cosa que hagamos día a día, trabajar, comer, beber y de más, sea solo para la gloria de Dios (1Cor. 10:31).

Agradecer cada detalle

Muchas veces mientras oramos con mis niños, las oraciones suelen hacerse incómodamente largas porque ellos dan gracias por las almohadas, por los pañales, por la pasta de dientes, en fin, cosas por las que tal vez nosotros no agradecemos porque las damos por sentado y ni siquiera las consideramos bendiciones. Ahora con esta pandemia del coronavirus, dar un abrazo es algo que extraño terriblemente, acercarme a la gente, saludar con un beso a mis seres queridos, hablar cara a cara con mis papás y hermanos, congregarme el domingo con mis hermanos en la fe a los cuales extraño sobremanera, son acciones que antes eran automáticas e incluso sin ningún valor y hoy puedo darme cuenta de lo afortunada que era cuando lo hacía. Hay escasez de algunos materiales e insumos en este tiempo, pero en ocasiones las cosas materiales las apreciamos más y las consideramos más bendiciones que aquellas que son intangibles, que no llenan nuestro estómago pero sí nuestro corazón. Afanados en hacer tesoros en la tierra no nos detenemos a pensar en la bendición de la koinonía y la hospitalidad (Heb. 13:1-2).

Ser solidaria

No sé donde vive la que lee mis palabras, pero en mi país la situación es crítica y apenas comienza, necesito confiar cada día en la provisión de Dios para mí y mi familia y así poder desprenderme de cosas que retengo para sentirme segura. Sin importar nuestra situación, siempre habrá alguien en peor condición que necesita nuestra ayuda, puede ser alimento, vestido, compañía o una oración. La palabra promete bendición al generoso (Pr. 22:9), y justicia para quien comparte lo que tiene: “Hay quien reparte, y le es añadido más, y hay quien retiene lo que es justo, solo para venir a menos” (Pr. 11:24). Debemos pensar mas hacia afuera y confiar en que Dios cuida de los nuestros. Hermanas, nos llegó el momento de mostrar nuestra esperanza al mundo. Si yo entro en pánico y actúo de manera mezquina sin pensar en los demás, ¿cuál es la diferencia entre mi vida y la de alguien que no tiene a Cristo? Somos humanos, es humano tener miedo y preocuparse, pero tenemos un Dios todopoderoso al cual acudir cuando tenemos miedo, El no duerme, El nos cuida a cada paso y ni ésta, ni ninguna otra pandemia lo toma por sorpresa. El está al control y en esa esperanza radica la diferencia entre nosotros y el mundo. (Salmos 121) Es mi oración que Dios llene nuestros corazones de paz y esperanza, que cada día que El nos da sea una oportunidad para glorificarle, que vivamos agradecidas por cada detalle y que confiemos que El está en control. Oro por cada persona que está enferma, que necesita alimento, medicinas o aliento, que Dios sea su provisión y que nos use en la manera que El quiera para bendición del mundo. “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús.” Fiipenses 4:7    

Ehiby Martínez

Ehiby vive en Tegucigalpa, Honduras. Es hija de Dios, esposa de Rudy, madre de Benjamín y Abigail. Médico General con Maestría en nutrición y dietética, docente en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.

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