Lo que aprendí de mi madre

Hoy quisiera señalar específicamente cinco cualidades de la mujer virtuosa que mi madre modela como una hija de Dios y que han sido de gran enseñanza para mi vida. 

Leyendo Proverbios 31, me sorprendo de cuanta similitud tiene esta mujer con mi madre. Sin embargo, soy consciente de que la virtud que ambas poseen viene de una fuente más allá de sus propias habilidades. Es Jesucristo en ellas quien las hace brillar como una luz en un mundo que cada vez se levanta más en contra del rol y el orden que Dios estableció. Hoy quisiera señalar específicamente cinco cualidades de la mujer virtuosa que mi madre modela como una hija de Dios y que han sido de gran enseñanza para mi vida. 

  1. Con agrado trabaja con sus manos  

El trabajo no es un castigo, desde el principio Dios le dio tareas al hombre (Gn 1:28). Trabajar nos hace bien. Como hijas de Dios debemos ser diligentes en cada cosa que viene a nuestra mano por hacer y recordar que, aunque no devenguemos un salario por lo que hacemos, nada de lo que hacemos para Dios es en vano (1 Co 15:58).  Mi madre es una mujer esforzada y trabajadora. Con su ejemplo me enseñó el valor del trabajo y la proactividad, a servir y no esperar a ser servida. Hoy soy testigo de cómo Dios ha bendecido su diligencia (Pro 10:4).  Si eres profesionista, en tu trabajo puedes servir a Dios haciéndolo con ánimo y excelencia a pesar del jefe o los compañeros complicados que puedas tener. Si eres ama de casa, sirves a Dios día y noche atendiendo a los tuyos con amor. Si no tienes trabajo ni eres ama de casa, debes saber que cualquier labor que realices la puedes hacer para la gloria de Dios.   2. Fuerza y dignidad son su vestidura  Siempre admiré la belleza de mi madre, ella es una mujer hermosa a mis ojos y con su actitud me enseñó el pudor, la decencia y la hermosura de la sencillez. Si bien es cierto que Dios nos dio un cuerpo que debemos cuidar y amar, como sus hijas, Él Señor nos recuerda en Su Palabra que la belleza que tiene valor para Él no es la externa, enfocada en lujosa ropa, joyas y peinados, sino, más bien la belleza incorruptible, la que procede de lo íntimo del corazón y consiste en un espíritu suave y apacible (1P 3:3-4).  Sin ánimo de promover el desaliño o descuido personal, quiero animarte a que busques la belleza de espíritu que procede de cultivar nuestra relación con Dios a través de Su Palabra y la oración constante, que al buscar esa belleza interior entendamos que primero debemos buscar a nuestro Redentor, para que Cristo brille más que nuestra ropa o maquillaje.  3. Su marido es conocido en las puertas de la ciudad  Es interesante que en este pasaje se está hablando de las cualidades de una mujer excepcional, de la cual se entiende que su marido es reconocido por el carácter de ella.   A pesar de su temperamento fuerte y determinado, mi madre es una esposa sumisa que conoce su rol. Es la ayuda idónea de mi padre. Cuidó de mí y mis hermanos, negándose a sí misma logros profesionales y económicos para ganar una familia con forme al plan de Dios.  Nosotras tenemos la capacidad de potenciar las cualidades de nuestros esposos con nuestra actitud. Si cumplimos con nuestro rol, el hombre puede concentrarse en hacer la parte que le corresponde en paz y confiado. Y si no estás casada mientras lees estas líneas, es bueno recordar que eres parte de la iglesia, la cual tiene un esposo celestial: Cristo. Vive en Su poder, de tal modo que por tu carácter Él sea alabado en las puertas de la ciudad y en todo lugar.  4. Abre su boca con sabiduría y hay enseñanza de bondad en su lengua  El Señor nos ordena en Su Palabra que las ancianas enseñemos a las más jóvenes (Tit 2:3-5). Pero este enseñar no es porque seamos ancianas de años, sino porque siempre vamos a ser mayor que alguien, ya sea en edad o en madurez, así que, somos llamadas a enseñarles con sabiduría y amor como ha de comportarse una hija de Dios. Puede ser que no nos sintamos muy sabias y pensemos que no tenemos nada que dar, pero la Palabra nos invita a pedir sabiduría a Dios quien está dispuesto a dárnosla sin medida (Stg 1:5). Y luego en amor y agradecimiento podemos servir a nuestras hermanas con los dones que Señor nos ha dado.   Mi madre es misericordiosa y altruista, tiene un llamado a cuidar de hermanas menos privilegiadas socialmente. Ella les enseña y ora con ellas, pero también gestiona ayudas materiales cuando es necesario, es una gestora imparable,  cualidad que vemos también en Cristo, quien nos enseña cada día, quien procura nuestro bien de continuo, e intercede por nosotras en la Corte Celestial y llena de esperanza nuestras almas cansadas.  5. La mujer que teme al Señor, esa será alabada  En definitiva, yo podría escribir paginas tras páginas de lo que he aprendido de mi madre en estos casi cuarenta años de vida, pero lo más grande y lo más valioso que aprendí de ella: fue amar a Cristo. Ella ama al Señor de una manera sincera, autentica y radical. Estoy convencida de que mi madre fue el medio que Dios usó para atraerme a Él.  Una cosa es cierta, nosotras no podemos salvar a nuestros hijos, pero con nuestro ejemplo de piedad podemos levantar sus miradas hacia la cruz y mostrarles el más grande amor que ha existido. Está bien querer el bien para nuestros hijos en esta tierra, pero nuestro mayor anhelo debe ser siempre la salvación de sus almas inmortales.  Hoy que soy madre y esposa las cosas son más claras para mí. Soy consciente de los sacrificios que mi madre hizo por mí y mis hermanos, y alabo a Dios por la madre que me dio, justo la que yo necesitaba. Gracias a ella, su esfuerzo y sus enseñanzas puedo decir que he tenido una buena vida, pero de todo, lo más grande que mi madre ha hecho por mí fue apuntarme a Cristo y eso mismo yo deseo hacer por mis hijos.  Si este no es tu caso y no puedes decir cosas buenas de tu madre, porque crees que no fue buena o no estuvo presente en tu vida, recuerda que lo que yo veo en mi madre es solo la luz de Cristo reflejada en ella. Cristo es suficiente para hacer de ti la madre que no tuviste, pues en Él estamos completas y no necesitamos nada más (Col 2:10).  

Ehiby Martínez

Ehiby vive en Tegucigalpa, Honduras. Es hija de Dios, esposa de Rudy, madre de Benjamín y Abigail. Médico General con Maestría en nutrición y dietética, docente en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.

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