Julio 12
Pero el propósito de nuestra instrucción es el amor nacido de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe sincera (1 Timoteo 1:5).
Pablo se centra en el amor. Y una de las fuentes esenciales de este gran efecto es la fe sincera. La razón por la que la fe es una fuente tan segura de amor, es que la fe en la gracia de Dios expulsa del corazón los poderes pecaminosos que obstaculizan el amor.
Cuando nos sentimos culpables, tendemos a revolcarnos en una depresión egocéntrica y a sentir lástima por nosotros mismos, que nos vuelve miopes e incapaces de cuidar y velar por las necesidades de otros. O jugamos al hipócrita para cubrir nuestra culpa, y así destruimos toda la sinceridad en nuestras relaciones; o hablamos acerca de las faltas de otros para minimizar nuestra propia culpa, lo cual es algo que no hace el amor. Entonces, si vamos a amar, debemos superar los efectos destructivos de la culpa.
Es igual con el temor. Cuando nos sentimos atemorizados, tendemos a no acercarnos al desconocido en la iglesia que quizás está necesitando unas palabras de bienvenida y de ánimo. Podemos rechazar la vocación en el campo misionero porque consideramos que es algo muy peligroso; o podemos sumirnos en toda clase de fobias minúsculas que nos hacen preocuparnos por nosotros y nos ciegan a las necesidades de los demás. Todo esto es lo opuesto al amor.
Pasa igual con la codicia. Si somos codiciosos, quizás gastemos en lujos el dinero que más bien deberíamos invertir en la expansión del evangelio. No emprendemos nada riesgoso para que nuestras preciadas posesiones y futuro financiero no se vean amenazados. Nos enfocamos en cosas en lugar de personas, o vemos a las personas como recursos para obtener ganancias materiales.
Pero la fe en la gracia venidera produce en nosotros amor al echar fuera de nuestro corazón la culpa, el temor y la codicia.
Echa fuera la culpa porque se sostiene firmemente de la esperanza de que la muerte de Cristo es suficiente para asegurar justicia y absolución ahora y por siempre (Hebreos 10:14).
Echa fuera el temor porque descansa en la promesa: “No temas, porque Yo estoy contigo… Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, sí, te sostendré con la diestra de Mi justicia” (Isaías 41:10).
Y echa fuera la codicia porque confía en que Cristo es más valioso que todo lo que el mundo entero pueda ofrecernos (Mateo 13:44).
Así que cuando Pablo dice: “El propósito de nuestra instrucción es el amor nacido… de una fe sincera”, se refiere al tremendo poder de la fe para superar todos los obstáculos al amor. Cuando luchamos la batalla de la fe (la batalla para creer en las promesas de Dios que eliminan la culpa, el miedo y la codicia) luchamos por el amor.
