Evangelizando con el evangelio

Pedro no pidió a sus oyentes hacer una oración de fe o “abrir su corazón para recibir a Cristo”
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Hace unos años, cuando recién comenzaba en la fe y sin mucho de conocimiento de doctrinas esenciales, iba en un autobús y vi que tenía la oportunidad de predicar a los que iban también en el viaje; así que me puse de pie, le pedí al señor conductor que bajara el volumen de la música por un momento y que me permitiera hablar solo unos minutos a los pasajeros. Mi discurso era muy conocido —Ya habrás oído de las famosas “4 leyes espirituales”— esto fue, más o menos, lo que dije: (1) Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida; (2) El hombre es pecador y está separado de Dios; por lo tanto no puede conocer ni experimentar el amor y el plan de Dios para su vida; (3) Jesucristo es la única provisión de Dios para el pecador. Solo en él, puedes conocer el amor y el propósito de Dios para tu vida;  y (4) Debes recibir a Jesucristo como Señor y Salvador mediante una invitación personal; entonces podrás conocer y experimentar el amor y propósito de Dios para nuestras vidas. ¡Cierren sus ojos y hagan la siguiente oración conmigo para que sean salvos! Como verás, todo lo que dije fue acerca de ¡un plan maravilloso de Dios para los pasajeros! Me fui a mi asiento con la satisfacción del deber cumplido. Con el tiempo descubrí que yo no les había dicho a esas personas la verdad. Todo lo que mencioné sonó bien, con buena estructura y hasta buenas palabras; pero esa no era la verdad. Nunca les hablé del arrepentimiento, de la ira de Dios contra el pecador, de la muerte de Cristo en nuestro lugar y menos de la necesidad de venir con urgencia a él abandonando el pecado, reconociendo la miseria de sus almas y pidiendo misericordia. Lamentablemente esto sigue siendo muy común hoy. Muchos incluso han reducido la evangelización a lo siguiente: Cristo te ama y tiene un plan maravilloso para ti. Me temo que mucho de lo que se hace, aun cuando es con buenas intenciones, no tiene en sí la forma correcta y, por supuesto, tampoco los resultados correctos.

Es el evangelio el que debe ser predicado

Evangelizar no es solo el acto de salir a la calle o hablar de manera personal con alguien acerca de Dios. La evangelización se llama así porque está basada en el mensaje del evangelio. Eso parece obvio, pero para muchos no lo es tanto en la práctica. Debido a que el mensaje del evangelio es el único que tiene el poder para hacer que los muertos vengan a la vida (Romanos 1:16; 2 Cor 4:6), nada más debe ocupar nuestra atención. Debemos preocuparnos por predicar a Cristo y a éste crucificado. El pastor Mark Dever lo ubica en las siguientes palabras:

Cuando presento el evangelio a una persona, trato de recor­dar cuatro puntos: Dios [Santo], el hombre [Pecador], Cristo [Mediador] y la respuesta [Arrepentimiento]”[i]

Estos elementos son esenciales en la evangelización y deben ser enfatizados con precisión.

El anuncio del problema

Alguien dijo muy acertadamente: el evangelio es una buena noticia, que parte de una mala noticia. No se puede anunciar la buena noticia del evangelio si antes no se ha mostrado la verdadera realidad al que escucha; que tiene un serio problema que resolver con Dios por causa de su pecado, que el Dios santo juzgará un día a los vivos y a los muertos y que la paga del pecado es la misma muerte (Romanos 6:23). Como verá, eso no tiene nada que ver con que Dios tiene un plan maravilloso para tu vida. De hecho, Dios sí tiene un plan, pero es un plan horrendo (Hebreos 10:31) y es castigar con justicia al pecador. (Apocalipsis 20:15). Cuando evangelizamos no podemos ofrecer la medicina si antes no hacemos evidente la enfermedad, sólo así el enfermo, en este caso el pecador, despertará en un genuino deseo por su salvación. Por supuesto, esto debe presentarse con urgencia, pero con sensibilidad. No se trata de insultar, sino de informar, como alguien que alerta desesperadamente a alguien que está en peligro.

La única solución al problema

Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre (1 Timoteo 2:5). El mensaje del evangelio presentado correctamente nos deja al hombre en un cuadro problemático, tal como hemos visto; pero todo no acaba allí. Una vez anunciada la mala noticia, ahora estamos preparados para anunciar la buena nueva, esto es, que Cristo murió en nuestro lugar como sustituto, satisfaciendo plena y completamente las demandas de la justicia de Dios a fin de librarnos de su ira por su propia sangre (2 Corintios 5:21; 1 Pedro 2:24). Esta parte en la evangelización es esencial. Muchas personas son reduccionistas al momento de presentar a Cristo como el Salvador. Lo que quiero decir es que confunden lo que debe ser un mensaje sencillo con algo simplista o superfluo. No se trata simplemente de pronunciar que Cristo murió por nosotros; se trata de decir por qué tuvo que ser así, por qué tuvo el Dios santo que derramar su ira sobre su propio hijo, por qué tomó él nuestro lugar, por qué su muerte vino a ser beneficiosa para nosotros incluso cientos de años después. Toda esta información no es un mero relleno teológico. Por supuesto que no. Es la esencia misma del mensaje del evangelio: El justo que sufre por los injustos hasta la muerte para que estos vengan a tener vida eterna (1 Pedro 3:18; Romanos 5: 7-9).

Un llamado a resolver el problema

Venid ahora, y razonemos —dice el Señor— aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, como blanca lana quedarán. (Isaías 1:18). Tenemos ahora a alguien bien informado acerca de su condición de pecado y la salida provista por Dios; pero ¿qué debe hacer? Esa fue exactamente la pregunta de los judíos que escucharon el primer discurso de Pedro: Al oír esto [de la muerte de Cristo como el Mesías], compungidos de corazón, dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: Hermanos, ¿qué haremos? Y Pedro les dijo: Arrepentíos y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. (Hechos 2:37-38). El mensaje del evangelio trae convicción de pecado, pero tal convicción debe traducirse en un arrepentimiento y dolor por el pecado, así como una confianza en Cristo como Salvador, venir y rendirse completamente a él. Pedro no pidió a sus oyentes hacer una oración de fe o “abrir su corazón para recibir a Cristo”; él fue congruente con el mensaje de Dios en el Antiguo Testamento cuando dijo: Abandone el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, que tendrá de él compasión, al Dios nuestro, que será amplio en perdonar (Isaías 55:7). Quiera el Señor dirigir a sus hijos anunciar fielmente el evangelio, que la pasión por evangelizar sea encausada en una forma correcta de presentar al Salvador; sólo así seremos verdaderamente avivados y Dios glorificado en su pueblo.


  [i] Dever, Mark. Las 9 Marcas de una Iglesia Saludable – 4ª Edición (Resumida), United States of America: 9Marks.org, 2011. Pg 24

Jacobis Aldana

Jacobis Aldana es licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (Mints) y cursa una Maestría en Divinidades en Midwestern Baptist Theological Seminary; ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y actualmente es pastor principal de Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia, está casado con Keila Lara y es padre de Santiago y Jacobo.

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