Noviembre 6
«Un hombre se acercó a Jesús y le dijo: ‘Maestro, ¿qué cosa buena haré para obtener la vida eterna?’… Jesús le respondió: ‘Si quieres ser perfecto, ve y vende lo que posees y da a los pobres, y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sé Mi discípulo’. Pero al oír el joven estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes». Mateo 19:16, 21-22
Cumplir reglamentos religiosos en un intento de ser aceptados en el cielo no producirá una sensación de paz, ni de seguridad, ni la garantía de perdón. Tampoco nos dará vida eterna.
Fue la falta de seguridad en el perdón lo que llevó a este joven a acercarse a Jesús y plantear su pregunta con valentía. Era rico; Lucas añade el detalle de que era un gobernante, poderoso e influyente (Lc 18:18), el tipo de persona a la que el mundo admira y considera bendecida. No solo eso, sino que se tomaba en serio el cumplimiento de los mandatos de Dios (Mt 19:20). Se supone que debemos mirarlo y pensar: «Si alguien puede llegar a la vida eterna, seguramente es este hombre».
Así que este hombre probablemente esperaba que Jesús le diera una palmadita en la espalda por su cumplimiento de las reglas y le asegurara su recompensa celestial. Pero en lugar de eso, Jesús le señaló amablemente que no había cumplido la ley de Dios a la perfección. De hecho, el joven había quebrantado el primer mandamiento: en lugar de amar a Dios con todo su corazón, su alma, sus fuerzas y su mente, había adorado sus riquezas, como lo demostró el hecho de que «se fue» de la presencia de Jesús cuando se le pidió que eligiera entre su Maestro y su dinero. Jesús le mostró a este hombre que los mandamientos de Dios no son una escalera que subimos para alcanzar Su aceptación, sino un espejo que revela nuestra verdadera condición espiritual.
En el fondo, el joven rico tenía un problema de corazón. Ese es también nuestro problema. La Biblia dice que nacemos en conflicto con Dios y somos incapaces de establecer una relación correcta con Él. No hemos amado a Dios con todo nuestro corazón, porque hemos amado otras cosas más que a Él. Nosotros compartimos la incapacidad del joven gobernante para obedecer la ley de Dios y amar a Dios como debería haberlo hecho. Nadie lo ha hecho, nadie puede, y nadie amará a Dios y guardará Sus mandamientos perfectamente, excepto Jesús mismo. ¡Pero esto es en realidad una buena noticia! La salvación no depende de nosotros ni de lo que hagamos. Más bien, la paz, la seguridad, el perdón y la posición correcta ante Dios llegan cuando nos encomendamos a Su misericordia: cuando aceptamos Su oferta de salvación como un regalo gratuito que no puede ganarse ni comprarse y cuando nos inclinamos en humildad y gratitud ante la provisión que Jesús hizo mediante Su muerte expiatoria en la cruz.
Este hombre no tenía que alejarse con tristeza de Jesús. Pudo haber renunciado a su orgullo y autosuficiencia. Pudo haber conocido el gozo de poner a Jesús en primer lugar, en lugar de la tristeza persistente de confiar en su propia bondad y aferrarse a su riqueza. La autosuficiencia siempre resultará inútil o nos causará ansiedad, tanto a nosotros como sucedió con él. Pero si vamos ante nuestro Salvador con la fe y la confianza de un niño, podemos experimentar la verdadera paz y la seguridad de la vida eterna. Así que entroniza a Jesús en tu corazón y prepárate para poner todo lo que eres y tienes a Su servicio. Acércate a Jesús con las manos vacías, y conoce el gozo y la vida que Él da.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
