El gozo y la tragedia del mundo

El pecado promete felicidad, pero nos hace perseguir placeres que nunca pueden satisfacer el corazón.
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En su libro clásico Mero cristianismo, C. S. Lewis nos da una visión profunda del motor psicológico que impulsa el drama de la historia. “Todo lo que llamamos historia humana (el dinero, la pobreza, la ambición, la guerra, la prostitución, las clases sociales, los imperios, la esclavitud) es la larga y terrible historia del hombre tratando de encontrar algo más que a Dios para que lo haga feliz”.

Sí. O, para decirlo de manera aún más fundamental: el motivo que impulsa la historia es el deseo de felicidad. Piénsalo: todo, desde la esclavitud hasta la prostitución, pasando por el racismo, el terrorismo, la extorsión, el aborto y el estallido de las guerras mundiales, todo está impulsado por un deseo de felicidad al margen de Dios.

Aquí Lewis clava una sonda dental de acero en el nervio vivo y sin anestesia del ateísmo. El problema grave del ateísmo no es el ateísmo intelectual, que niega la existencia de Dios. El verdadero problema es el ateísmo afectivo, que ve a Dios como un obstáculo en el camino hacia el gozo personal. Este ateísmo práctico es el problema fundamental de la humanidad y aflige por igual los corazones de los ateos, los agnósticos e incluso los deístas declarados.

C.S Lewis / Foto: Dominio público

Ateos hasta la médula

Un cáncer así en el corazón solo puede traer consecuencias sociales enormes. Al alejarnos de Dios, nuestra búsqueda del gozo sin Dios tiene que ser a costa de los demás (Sal 14:1-4). El problema no es que haya ateos en el mundo; el problema es que todos, sin excepción, nos identificamos con este ateísmo que está en el fondo de nuestras motivaciones. Todos nacemos con un deseo retorcido de gozo, y ese deseo tiene que lograrse a costa de los demás.

¿Qué pasa entonces cuando buscas gozo y tienes que usar a alguien para conseguirlo? Tienes que oprimir. Tienes que pisar a los demás. Tienes que herir y ofender. Y te encuentras cara a cara, mirada a mirada, con otros ateos como tú que buscan su felicidad personal a tu costa. Te utilizan. Paradójicamente, estos deseos nos atraen unos a otros, lo que hace que el impacto sea aún más duro, como una colisión frontal inevitable entre trenes de carga.

Al alejarnos de Dios, nuestra búsqueda del gozo sin Dios tiene que ser a costa de los demás. / Foto: Lightstock

El hombre soltero que idolatra el sexo está motivado a salir con alguien con ese fin. La mujer soltera que idolatra la atención de los hombres para alimentar su autoestima también está motivada a salir con alguien. Cuando se conocen, se utilizan mutuamente para sus propios fines egoístas. Al hombre le costará sus halagos, a la mujer le costará su cuerpo, pero en ese momento ambos parecen ser un pequeño precio a pagar para alimentar a sus propios ídolos personales. Hasta ahí todo parece tranquilo.

Pero esta forma de alimentar a los ídolos no puede durar. Al final, la mirada del hombre se desvía hacia los cuerpos de otras mujeres y deja de fijarse en la mujer que tiene sentada frente a él en este momento. La adulación acabará por revelarse como una farsa, y se verá que el cuerpo de la mujer no ha sido más que un objeto de la lujuria del hombre. Si miras más allá de la superficie, encontrarás en esta relación a dos pecadores aislados, ateos cuyos afectos están desconectados de Dios y que se están usando mutuamente para llenar ese vacío. Todo terminará en pelea.

Todos nacemos con un deseo retorcido de gozo, y ese deseo tiene que lograrse a costa de los demás. / Foto: Unsplash

El club de la pelea

Aprovecharnos unos de otros para nuestra propia felicidad, por muy sutil que parezca, termina generando conflictos personales devastadores en la vida de todos. Santiago 4:1-12 nos ayuda a entender por qué pasa esto al preguntarnos sin rodeos: ¿qué causa las peleas y las disputas en nuestras vidas? ¿Qué aviva las llamas de la ira, la amargura y el enojo que sientes en tu corazón?

La respuesta no es complicada. Luchamos unos contra otros porque nuestras pasiones se debaten y claman por placeres sin Dios. Anhelamos los placeres que creemos que nos traerán felicidad, pero no podemos satisfacer esos deseos. Así que matamos. Codiciamos e idolatramos el placer que creemos que satisfará nuestra alma (sexo, poder, riqueza, fama, lo que sea), pero no lo conseguimos; se nos escapa de las manos, y por eso nos matamos unos a otros. Usamos. Nos dejamos usar. Codiciamos. Nos convertimos en enemigos unos de otros. Nos convertimos en enemigos de Dios. Rechazamos las provisiones abundantes que Dios nos ofrece para nuestra satisfacción personal. Bienvenidos al club de la pelea.

Anhelamos los placeres que creemos que nos traerán felicidad, pero no podemos satisfacer esos deseos. / Foto: Unsplash

El puritano Richard Sibbes explica la sencilla razón por la que todo esto es cierto: “Antes de que el corazón cambie, nuestro juicio está depravado en lo que respecta a nuestro propósito supremo; buscamos nuestra felicidad donde no se encuentra”. En nuestras vidas, este es el trágico problema de fondo detrás de los conflictos. Estamos ciegos ante lo que le dará a nuestro corazón la satisfacción que anhela. No podemos ver la belleza de Dios ni disfrutar de los placeres de Dios, así que buscamos sustituirlos por los placeres de la carne. Nuestros corazones están tan equivocados que están muertos. Terminamos persiguiendo el propósito equivocado dentro de un propósito equivocado.

Pero todos perseguimos algo. Ese es el punto de Lewis.

Entonces, ¿qué es un “propósito supremo”? ¿Cuál es mi “propósito supremo”? El puritano Richard Baxter lo explica. Nuestro propósito supremo es nuestro placer, nuestro tesoro, nuestro bien supremo, aquello para lo que usamos todo lo demás en nuestras vidas. Nuestro “propósito supremo” es lo que percibimos como lo mejor del mundo para nosotros, lo que buscamos principalmente en la vida, lo que creemos que nos haría más felices si lo tuviéramos, lo que nos haría más infelices si lo perdiéramos. Podría ser el sexo, la atención, el poder, la fama o la riqueza; cada uno de estos propósitos supremos deja al descubierto el ateísmo práctico de nuestros corazones. Por eso, explica Baxter, “la parte principal de la corrupción del hombre en su estado natural depravado consiste en un propósito supremo equivocado, un tesoro equivocado, una seguridad equivocada”.

Richard Baxter / Foto: Dominio público

Ninguna pregunta de diagnóstico llega tan a lo profundo de nosotros: ¿cuál es la única cosa sin la que no puedo vivir?

En el fondo, el pecado no es hacer el mal, sino adorar lo que no se debe. El pecado es clavar nuestro corazón en cualquier tesoro o seguridad que reemplace al tesoro y la seguridad que solo podemos encontrar en Dios.

Ídolos

Como todos somos ateos en el sentido más esencial (ciegos ante los abundantes placeres de Dios), nuestros ojos se desvían fácilmente de un ídolo a otro en una búsqueda de adulterio espiritual. Juan Calvino explica: “Los adúlteros, con sus miradas errantes, avivan las llamas de la lujuria, y así su corazón se enciende en fuego” (Ez 6:9). Así es como funciona el corazón. Al ignorar al Dios invisible, fijamos nuestra mirada en la búsqueda de cualquier cosa que veamos en este mundo visible. Perseguimos lo que vemos a nuestro alrededor, y lo que perseguimos aviva aún más la lujuria en nuestro corazón por lo que vemos.

Nuestros ojos se desvían fácilmente de un ídolo a otro en una búsqueda de adulterio espiritual. / Foto: Unsplash

Esto explica por qué los ídolos toman tantas formas diferentes en cada siglo o cultura. Un ídolo a veces es un árbol tallado con forma de lagarto, oro moldeado en forma de becerro, marfil esculpido como un ídolo doméstico, o la portada de una revista con una modelo retocada con aerógrafo. Como un escalador, nuestros ojos miran a su alrededor para encontrar el siguiente punto de apoyo al alcance; cada nuevo punto aviva aún más la codicia en nuestro corazón y nos impulsa hacia la cima de la satisfacción sin Dios que nos sentimos atraídos a perseguir, pero que en realidad nunca encontraremos. La escalada es en vano porque el final nunca llega. El objetivo estaba mal desde el principio: era la montaña equivocada. Y mientras tanto, con cada paso, solo aumentamos la altura desde la que, al final, caeremos.

Aquí encontramos el ciclo interminable del pecado. En última instancia, es muerte y ceguera: buscar gozos mundanos que resultan inútiles y solo nos llevan a una desesperación más profunda, en busca de nuevas promesas de plenitud en nuevas formas de expresión sexual, en más dinero o en los últimos gadgets.

Lo que vemos alimenta lo que perseguimos, y lo que perseguimos aviva la lujuria en nuestro corazón. / Foto: Unsplash

Depravación total

Esta búsqueda desesperada de un alma muerta por encontrar satisfacción en los placeres carnales, donde no se puede hallar un placer duradero, es lo que los calvinistas llaman depravación total, la primera letra del acrónimo TULIP. Esta definición ya la había percibido en las Escrituras el propio Calvino y muchos antes que él, y desde entonces la han compartido los puritanos, los de Princeton y los calvinistas de hoy. Como dice John Piper: “La depravación total no es solo maldad, sino ceguera ante la belleza e insensibilidad ante el gozo”.

No todos estamos destinados a ser como Adolf Hitler, imponiendo una opresión asfixiante. Para la mayoría de nosotros, nuestras fuerzas son demasiado pequeñas para alimentarnos de los placeres egocéntricos que podemos sacar de una nación. El grado en que se expresa la depravación varía para cada uno. En muchos casos, esta depravación en los afectos lleva más a pensamientos y sueños desordenados que a un comportamiento real. La magnitud de la devastación difiere, pero nuestros corazones son iguales.

La depravación total no es solo maldad, sino ceguera ante la belleza e insensibilidad ante el gozo. / Foto: Unsplash

Una cosa es ser malo; y otra muy distinta es estar ciego ante el bien. Todos lo experimentamos. Esta es la esencia de la depravación total, es lo que hace que la depravación sea tan completa: ¡no podemos ni imaginarnos cómo se puede encontrar en Dios un verdadero sentido de placer o gozo!

Volvamos otra vez a los viejos puritanos, que entendían cómo funciona la depravación. Decían que es tener afectos del corazón “viciados” (una forma arcaica de decir que los afectos están completamente corrompidos). La depravación echa a perder el corazón, apartándolo de lo que fue creado para ser y hacer. Es como el hombre sediento que bebe agua salada. El corazón natural solo desea lo que deshonra a Dios y, al final, se arruina a sí mismo.

La depravación echa a perder el corazón, apartándolo de lo que fue creado para ser y hacer. / Foto: Envato Elements

La mayor tristeza del pecador es que “no puede gratificar su voluntad perversa ni satisfacer sus afectos carnales”. Cuando el mundo natural ya no puede ofrecer más placeres, se persiguen los antinaturales (Ro 1:18-32). Sus lujurias son insaciables y sus deseos pecaminosos nunca se satisfacen.

Así, la realidad de la depravación total nos lleva a esto. Amamos lo que nos destruye; estamos ciegos ante lo que nos satisface. La depravación total es el desbarate total de los afectos del alma. Es ceguera total ante la belleza de Dios. Es resistencia total al gozo en Dios. Es la esencia de todo pecado.

La depravación total es el desbarate total de los afectos del alma. / Foto: Unsplash

Placeres culpables

La verdadera tragedia es que todo es cuestión de preferencias. “Los hombres prefieren los placeres carnales antes que la comunión con Dios”, escribe William Bates sobre la depravación. Ser totalmente depravado no es ser una víctima inocente del pecado. Y tampoco se trata simplemente de olvidarse de Dios, un problema que se soluciona con las alarmas del iPhone o yendo a la iglesia cada semana. La depravación es ignorar a Dios de manera voluntaria, intencional y rebelde, y como tal merece el juicio de Dios. Disfrutar de los placeres de la carne por encima de los placeres de Dios es “un pecado de culpa asombrosa, no menos odioso para Dios y condenatorio por naturaleza”.

Agarrar un puñado de placer carnal “es muerte” (Ro 8:6). Y solo hay un remedio para esta depravación sin esperanza. En lugar de seguir los impulsos naturales de nuestra carne, debemos buscar la promesa del gozo eterno en comunión con Dios (Heb 11:24-26).

William Bates / Foto: Dominio público

El pecado es gozo envenenado. La santidad es gozo pospuesto y buscado. Si quiero escapar de mi perdición, Dios debe convertirse en mi mayor tesoro.

¿Y ahora qué?

Ahí es donde se detiene la narrativa. Por ahora, simplemente debemos reconocer que este ateísmo práctico es arenas movedizas. Todos necesitamos la felicidad; sin embargo, como pecadores, elegimos el pecado por encima de Dios. La depravación total consiste en esta desesperada impotencia.

Y, sin embargo, “el Señor no habla de tu pecado para que pienses que eres basura”, escribe un calvinista de hoy en día. “Lo menciona precisamente porque no lo eres. Lo menciona porque te creó a Su imagen, con un plan infinitamente mejor y más brillante para ti que el que tú mismo elegiste”.

Este es el giro inesperado de la historia. Dios revela la depravación para quebrantar a quienes está guiando hacia el verdadero gozo. Pero a la luz de la tragedia humana llamada depravación total, un plan tan brillante parece bastante imposible sin algún tipo de audaz intervención divina que se interponga en mis aspiraciones. Si voy a vivir, algo o alguien debe imponerse sobre mí. Alguien debe quebrantarme.

Dios revela la depravación para quebrantar a quienes está guiando hacia el verdadero gozo. / Foto: Unsplash

Los calvinistas a lo largo de los siglos saben que, para encontrar gozo, alguien debe sacudir mi corazón y arrebatar mis afectos. Alguien debe apartar mi mirada de los ídolos y abrumarme con una belleza mayor.


Publicado originalmente en Desiring God.

Fuentes utilizadas:

C. S. Lewis, Mere Christianity [Mero cristianismo] (HarperCollins: 2001)

49. Richard Sibbes, The Complete Works of Richard Sibbes [Las obras de Richard Sibbes] (Edinburgh: 1862)

1:181. Richard Baxter, The Practical Works of the Rev. Richard Baxter [Las obras prácticas del reverendo Richard Baxter] (London: 1830)

7:39. John Calvin, Commentary on the First Twenty Chapters of the Book of the Prophet Ezekiel [Comentario a los primeros 21 capítulos del libro del profeta Ezequiel] (Edinburgh: 1849)

231. Ralph Erskine, The Practical Works of the Reverend Ralph Erskine [Las obras prácticas del reverendo Ralph Erskine] (Glasgow: 1777)

1:390. George Swinnock, The Works of George Swinnock [Las obras de George Swinnock] (1868)

4:486. William Bates, The Whole Works of the Rev. William Bates [Las obras completas del reverendo William Bates] (Harrisonburg, VA: 1990)

2:221, 2:258. D. Clair Davis, “Personal Salvation” [“Salvación personas] en The Practical Calvinist: An Introduction to the Presbyterian and Reformed Heritage In Honor of Dr. D. Clair Davis [El calvinista práctico: Una introducción a la herencia presbiteriana y reformada en honor al Dr. D. Clair Davis], Peter A. Lillback, ed. (Mentor, 2002), 28.

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Tony Reinke

Tony Reinke sirve en desiringGod.org, es el anfitrión del podcast Ask Pastor John (Pregúntale al pastor John), y autor de tres libros: Lit! (2011), Newton on the Christian Life (2015), and The Joy Project (2015). Él vive en Minneapolis con su esposa y sus tres hijos.

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