Vivimos rodeados de voces.
A nuestro alrededor hay personas, redes sociales, noticias, películas, música y opiniones que constantemente nos dicen cómo debemos vivir, qué debemos pensar, qué debemos sentir, dónde encontrar nuestra identidad y qué camino debemos seguir. Incluso nuestro propio corazón levanta su voz y muchas veces nos convence de que lo que sentimos debe ser necesariamente verdad.
El problema no es que existan muchas voces. El problema es que no todas dicen la verdad. Por eso necesitamos saber a quién escuchar.
En Marcos 9:2-8, encontramos una escena extraordinaria. Jesús lleva a Pedro, Jacobo y Juan a un monte alto y allí ocurre algo que ellos jamás olvidarían: Jesús se transfigura delante de ellos. Su apariencia cambia, Sus vestidos resplandecen y aparecen Moisés y Elías hablando con Él.
Entonces una nube los cubre y desde ella se escucha la voz de Dios Padre: “Este es Mi Hijo amado; a Él oigan” (Mrc 9:7).
Qué declaración tan sencilla y, al mismo tiempo, tan profunda. Dios no les dio a los discípulos una lista de voces que debían considerar. Les señaló a una sola persona: “A Él oigan”.

Una voz que merece ser escuchada
¿Por qué deberíamos escuchar a Jesús? Bueno, porque Él es glorioso. Marcos describe cómo Jesús fue transfigurado delante de Sus discípulos. Su rostro resplandeció y Sus vestidos se volvieron extraordinariamente blancos. Por un momento, la gloria que estaba velada bajo Su humanidad se manifestó ante ellos. No estaban simplemente contemplando a un gran maestro. Estaban contemplando al Hijo de Dios.
La presencia de Moisés y Elías hacía todavía más evidente el significado de la escena. Ambos eran figuras fundamentales de la historia de Israel, pero ninguno podía compararse con Jesús. Moisés había subido al monte y había escuchado a Dios. Elías también había encontrado al Señor en el monte. Ahora Jesús está allí, y Dios mismo está hablando acerca de Él. Todo apunta hacia Cristo. Por eso debemos escucharlo.
Vivimos en una época en la que cualquiera puede hablar como experto. Basta con tener una cámara, una cuenta en redes sociales y suficiente seguridad para comenzar a decirle a otros cómo deben pensar y vivir. Pero Jesús tiene credenciales que nadie más posee. Él es el glorioso Hijo de Dios.

Cuando Dios Padre dice: “A Él oigan”, está diciéndonos que no existe una voz más digna de nuestra confianza que la voz de Su Hijo. Así pues, no pongas a Jesús al mismo nivel que las demás voces. No podemos colocar a Jesús simplemente entre otras voces religiosas, filosóficas o culturales y decidir que todas tienen el mismo peso. Cuando escuchamos a Jesús, escuchamos a Dios. Hebreos lo expresa así: “Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por Su Hijo” (Heb 1:1-2).
Dios ha hablado. Y ha hablado por medio de Su Hijo. La pregunta, entonces, no es si Dios tiene algo que decirnos. La pregunta es: ¿estamos escuchando?

¿Cómo podemos escuchar a Jesús hoy?
Aquí llegamos a algo fundamental. Los discípulos escucharon literalmente la voz del Padre y estuvieron físicamente delante de Jesús. Nosotros no vivimos aquella experiencia. Entonces, ¿cómo escuchamos a Jesús hoy?
Respuesta: por medio de Su Palabra.
Jesús nos habla por medio de las Escrituras. Por eso nuestra vida devocional no es un simple hábito religioso. Cuando abrimos la Biblia, no estamos simplemente leyendo un libro antiguo. Estamos acercándonos a la revelación que Dios nos ha dado para que conozcamos a Cristo y escuchemos Su voz. Si quieres escuchar a Jesús, abre la Biblia.

● Si quieres conocer Su voluntad, escucha lo que Él ha dicho.
● Si quieres saber cómo enfrentar la tentación, escucha Sus palabras.
● Si quieres saber qué hacer cuando has pecado, escucha Sus promesas.
● Si tienes miedo, escucha lo que Él dice.
● Si estás confundido, escucha Su voz.
La vida cristiana consiste, en gran medida, en aprender a reconocer la voz de nuestro Señor y seguirla.
¿Qué voz está teniendo mayor influencia sobre tí?
Tal vez escuchas demasiado a las redes sociales. Tal vez escuchas demasiado tus propios temores. Tal vez las opiniones de otras personas determinan tus decisiones. Tal vez has permitido que la cultura defina lo que es bueno y malo. O quizá simplemente has dejado de escuchar la Palabra de Dios con atención. La respuesta no es intentar apagar todas las voces del mundo. La respuesta es conocer tan bien la voz de Jesús que podamos reconocer cuándo una voz contradice la Suya.

Por eso necesitamos una vida constante en la Palabra. No solamente los domingos. No solamente cuando atravesamos una crisis. No solamente cuando necesitamos una respuesta. Necesitamos escuchar a Jesús diariamente.
Abre tu Biblia hoy, y escucha lo que Jesús tiene para decirte.
