Septiembre 10
“Teniendo, pues, un gran Sumo Sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe… Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna”. Hebreos 4:14, 16
El Antiguo Testamento resalta una y otra vez el peso de la responsabilidad que llevaban los sumos sacerdotes en Israel (ver, por ejemplo, Ex 29 y Lv 16). Ser sumo sacerdote no podía ser tomado a la ligera. Solo él podía ofrecer sacrificios de sangre “por los pecados del pueblo cometidos en ignorancia” (Heb 9:7). Aunque él mismo no era perfecto, servía como abogado para su comunidad ante Dios.
Sin embargo, como nos lo muestra el escritor de Hebreos, hay un gran Sumo Sacerdote (Jesús) que hizo lo que ningún otro sacerdote podía hacer y que llevó sobre Sus hombros un peso de responsabilidad tal que ningún otro humano podía soportar.
Jesús no trascendió el velo hacia el Lugar Santísimo en el templo de Jerusalén. Más bien, como Hijo de Dios, Él trascendió los cielos, de manera que ahora aboga a nuestro favor ante el trono del Padre. No es necesario lamentarnos por Su ausencia física en la tierra, no solo porque Él está presente con nosotros mediante el Espíritu Santo, sino también porque Su ausencia significa que en este mismo momento está hablando directamente con Dios el Padre a favor nuestro (Heb 7:25).
Por eso, en el Nuevo Testamento, el ministerio no es únicamente para una orden sacerdotal que lleva a cabo sacrificios de sangre. Los que son llamados por Dios y reciben tanto el privilegio como la responsabilidad de guiar y de enseñar al pueblo de Dios no tienen que abogar ante Él en beneficio de Su pueblo como sí tenían que hacerlo los sacerdotes del Antiguo Testamento. Ya que nuestro gran Sumo Sacerdote ha ofrecido el único gran sacrificio por los pecados, no hay necesidad de ningún otro abogado. De hecho, Su sacerdocio no deja espacio para otras ofrendas por el pecado, ni en el cielo ni en la tierra. Solo Él podía morir por nosotros y hablar en nuestro lugar, y solo Él lo ha hecho.
La grandeza del sacerdocio de Jesús está en la realidad de que se ofreció a Sí mismo por nuestros pecados, una vez y para siempre. Lo único que debemos hacer es reconocer que “Jesús conserva Su sacerdocio inmutable puesto que permanece para siempre” (Heb 7:24). Solo Él puede salvar a aquellos de nosotros que nos acercamos a Dios confiando en Sus méritos. Él vive siempre para interceder por Su pueblo. Él está haciendo eso en este mismo instante, por ti. Así que puedes vivir confiando en que tienes acceso al trono celestial siempre que oras, así como acceso para tu alma el día en que mueras. Hoy, lo único que tienes que hacer es retener tu fe en el gran Sumo Sacerdote que ha hecho todo lo necesario.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
