Pedro, apóstol de Jesucristo: A los expatriados, de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con Su sangre: Que la gracia y la paz les sean multiplicadas a ustedes (1P 1:1-2).
En muchos de nuestros países occidentales (o quizás en todos ellos), profesar el cristianismo no es un problema mayor. De una u otra forma hay cierta aceptación a los postulados cristianos, muchas personas se autodenominan cristianas (en un variado espectro de convicciones).
Esta realidad ha hecho que los cristianos fijemos la mirada en el mundo que nos rodea, que todos nuestros planes y esperanzas se concentren en el mundo físico que conocemos. Como resultado, hemos olvidado que estamos en este mundo, pero no somos de este mundo.
Somos extranjeros o, como lo dice Pedro: “Expatriados”. Por tanto, mi objetivo en estas breves líneas es invitarnos a meditar, y recordar, las implicaciones de ser expatriados o extranjeros o (usando mi término favorito) peregrinos.
Los peregrinos de Dios le pertenecen a Dios
Aquí tenemos a Pedro, este ferviente judío que en su momento lucho con la idea de ingresar a la casa de Cornelio porque, aunque este hombre gozaba de buena fama por su carácter piadoso, era un gentil, y todo buen judío sabía que no debía entrar a casa de un gentil. Sin embargo, debido a un cambio producido por el poder de Dios, ahora Pedro le está escribiendo a una comunidad cristiana compuesta por judíos y gentiles. ¡Qué maravillosos cambios produce el evangelio!
Al escribir a creyentes en distintos lugares y condiciones, lo primero que el apóstol destaca es la condición de “expatriados”. Un expatriado es alguien que carece de una patria, un lugar, un pedazo de tierra al cual pueda llamar hogar. Además de la carencia de una patria, Pedro, más adelante, describe a los creyentes como los que tienen la esperanza en un lugar mejor: los cielos.

Visto de este modo, los creyentes no tenemos una patria terrenal, sino que vamos hacia nuestra nación celestial. Somos peregrinos. ¡Cuidado! Esto no significa que no debemos preocuparnos por el lugar donde vivimos. A lo largo de la Escritura vemos que el Señor manda que los cristianos procuremos el bienestar del sitio donde habitamos. Pero que, al hacerlo, no olvidemos que esta tierra no es nuestro hogar final. Solo es un puente a casa.
Al inicio de su saludo, Pedro nos recuerda que somos peregrinos porque Dios nos escogió, entonces, somos los peregrinos de Dios. ¡Acaso hay una designación mejor que esa! ¡Peregrinos de Dios! Le pertenecemos al ser más poderoso de todo el universo, mejor dicho, a Quien creó el universo. Y si este gran Dios nos ha dado todo en Cristo sin que nosotros lo mereciéramos, ¿cómo no va a cuidar de nosotros en cada aspecto de la vida? Dios nos escogió en amor eterno. Y ha prometido preservarnos hasta que lleguemos a casa: a los nuevos cielos y la nueva tierra.

Muchas veces es difícil creer y recordar esta verdad. Los golpes del día a día hacen que perdamos la memoria y la esperanza. Nos hacen dudar de la bondad de nuestro buen Dios. Pero Dios nunca se ha caracterizado por ser un mentiroso, Él nunca ha dejado que ni tan solo una de Sus promesas quede sin cumplirse. Peregrino de Dios, peregrina de Dios, confiemos en que somos Suyos, en que no estamos solos (aunque a veces nos sintamos así). Estamos en las mejores manos, en las nunca dejan caer nada. Quizás hoy estás atravesando dolor o desesperanza, mira a tu Señor y recuerda Su carácter y promesas.
Los peregrinos de Dios no caminan solos
Pero, hay algo más de ser un peregrino de Dios: no caminamos solos. Hay otros peregrinos que van con nosotros en cada momento del camino. Me encanta que, en El progreso del peregrino (escrito por Juan Bunyan en el siglo dieciséis), Cristiano suele ser acompañado por varias personas a lo largo del camino. Esa es la vida del creyente. En cada paso o etapa de la vida, Dios coloca distintas personas para que nos acompañen. Lo triste es que a veces vivimos en los grandes y buenos recuerdos del pasado. ¡Cuánto menosprecio les damos a nuestros hermanos hoy solo por vivir añorando esa buena amistad de la juventud, del ayer!

Somos llamados a disfrutar el camino como peregrinos. Somos llamados a vivir cada minuto con las personas que Dios ha puesto a nuestro lado hoy. Esas buenas amistades de ayer sucedieron, bueno, ayer. Debemos recordarlas con amor y gratitud. Pero no nos estanquemos allí. Veamos que Dios nos ha dado otra provisión de amigos creyentes para hoy. Si no disfrutamos a los hombres y mujeres, niños y adultos, que están con nosotros en la familia de la fe hoy, estamos diciéndole a Dios que Él no es sabio, que se equivocó en esta etapa de nuestra vida. ¡Que es un ignorante! Dios nos da lo que necesitamos siempre; no lo que queremos. Y hoy nos ha dado a la familia de la fe que tenemos y necesitamos. ¡Valoremos el don de Dios! ¡Amemos el don de Dios! ¡Disfrutemos del don de Dios!
¡¿Cuántas bendiciones de Dios hemos dejado pasar solo por vivir atrapados en los buenos recuerdos de ayer?!

Los peregrinos de Dios obedecen a Cristo
Aún hay más de ser un peregrino de Dios. Sabemos que somos del Señor porque el Padre nos amó y escogió, el Hijo vivió, murió y resucitó para nuestra redención, y el Espíritu Santo aplicó la obra redentora en nuestros corazones. Como resultado, somos santificados, es decir, declarados inocentes y apartados para Dios. Nadie puede tomarnos de Sus manos. Estamos en Su caja fuerte y solo Él conoce la combinación secreta. ¡Sin duda, estamos seguros!
Pero, a veces, o muchas veces, olvidamos que, como peregrinos de Dios, somos llamados a “obedecer a Jesucristo”.
Es triste vivir como cristiano creyendo que las leyes por las cuales nos regimos son nuestras propias leyes, nuestros deseos o caprichos. Debemos vivir mostrando al mundo que observa, que somos cristianos. Que le pertenecemos a Dios. Que cada decisión, palabra y acción está permeada por la adoración y obediencia a Jesús. Que nada de lo que hacemos busca nuestra exaltación, sino la exaltación de Dios.

En un mundo que exclama: “Busca tu propia felicidad según tu propio criterio”, los cristianos nos hemos unido a ese grito de guerra, a esa declaración. Y, ya sea por temor o por conveniencia, pasamos por alto los mandatos de Dios. Esto se aplica a mí mismo, también a los nuevos creyentes, y sin duda, también a los creyentes más santos que conozcamos.
Hermanos y hermanos, vivamos para el Señor. Pidamos que, por el poder del Espíritu Santo, nos de la fuerza para vivir según Sus mandamientos.
¿En qué áreas de la vida queremos vivir según nuestro deseo? ¿Qué partes de nuestro corazón no le hemos dado a Dios y queremos conservar para nosotros? ¿Qué deleites (efímeros y mentirosos) queremos mantener? Pueden ser varias áreas: lujuria, no perdonar, deshonestidad con el uso del dinero, pereza, autopromoción, etc. Pidamos al Señor que nos muestre esas áreas y que nos ayude a llevarlas a Sus pies al cumplir Sus mandamientos. Esto quizás será doloroso, pero será bueno.

Los peregrinos de Dios oran unos por otros
En nuestras iglesias no conocemos a todas las personas. Nuestro círculo cercano suele ser pequeño. Solo de unos cuántos conocemos sus luchas y dolores. Y, ante esto, nuestra reacción suele ser: “No oro por esta persona porque no la conozco bien, no sé cómo pedir por ella”. Es cierto, mientras mejor conocemos a alguien, mejor podemos orar por él o ella. Por eso es tan importante profundizar en nuestras relaciones en la iglesia.
Pero vemos que Pedro escribe: “Que la gracia y la paz les sean multiplicadas a ustedes”. Pedro no conocía a muchos de sus destinatarios. Aun así, oró por ellos. Deseaba que la gracia y la paz de Dios se multiplicarán en las vidas de sus lectores.
¡Qué buena oración para orar en favor de otros creyentes! Si no sabemos cómo orar específicamente por alguien, podemos pedir que la gracia y la paz de Dios sean multiplicadas en su vida. Si esta oración fue suficiente para ser orada por Pedro a favor de creyentes desconocidos, por supuesto que es suficiente para que la oremos a favor de los hermanos y hermanas que vemos domingo a domingo y que no conocemos a detalle.
No hay excusa para no orar por otros. Y, mientras oramos para que la gracia y la paz de Dios abunden en la vida de otro peregrino, también podemos pedir conocer mejor a esa persona para que, en algún momento, intercedamos ante Dios de forma más intencional.

¿Por quién orarás? “Que la gracia y la paz les sean multiplicadas a _______” (llena el espacio en blanco). Incluso, puedes orar así por creyentes desconocidos que hoy, en el siglo veintiuno, viven en lugares donde ser cristiano es un peligro. También puedes orar de esta forma por esa amistad del ayer de la cual guardas buenos recuerdos.
Los peregrinos de Dios están en todo lugar
Finalmente, quizás no vivimos en “Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia”. Pero, aun así, estas palabras son para nosotros. Los peregrinos de Dios que están a lo largo del planeta Tierra. Hermanos, no olvidemos que le pertenecemos al Señor, que caminamos con otros peregrinos, dados por Dios para cada etapa de la vida. Y, que somos llamados a orar unos por otros. ¡Ánimo peregrino! ¡Ánimo peregrina!