Julio 17
Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y había abundante gracia sobre todos ellos (Hechos 4:33).
Si nuestro ministerio consistiera en dar testimonio de Cristo mañana en medio de alguna situación desagradable, la clave no sería nuestra genialidad: la clave sería la abundante gracia venidera.
Entre todas las personas, los apóstoles parecían necesitar la mínima ayuda para ofrecer un testimonio convincente del Cristo resucitado. Habían estado con Él por tres años. Lo habían visto morir. Lo habían visto vivo después de la crucifixión. En su arsenal para testificar tenían “muchas pruebas” (Hechos 1:3). Podrías pensar que, de todas las personas en aquellos primeros días, el ministerio de ellos, de dar testimonio, se sustentaría a sí mismo por la firmeza de las glorias pasadas que aún eran vívidas.
Pero no es eso lo que nos dice el libro de Hechos. El poder para dar testimonio con fidelidad y eficacia no provino principalmente de los recuerdos de la gracia ni de reservas de conocimiento; provino de nuevas manifestaciones de “abundante gracia”. “Había abundante gracia sobre todos ellos”. De esta manera fue para los apóstoles, y de esta manera lo será para nosotros en nuestro ministerio como testigos.
Cualesquiera que sean las señales y prodigios que Dios quiera mostrar para ampliar nuestro testimonio de Cristo, vendrán de la misma manera en que vinieron para Esteban. “Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo” (Hechos 6:8). La gracia llegaba de Dios para todo lo que Esteban necesitaba; y eventualmente, todo lo que necesitaría para morir.
Hay una extraordinaria gracia venidera y un maravilloso poder con los que podemos contar en momentos de crisis por una necesidad específica en nuestro ministerio. Es un nuevo acto de poder por el cual Dios “[confirma] la palabra de Su gracia” (Hechos 14:3; ver también Hebreos 2:4). La gracia siempre presente del poder da testimonio de la gracia siempre dada de la verdad.
