Julio 13
Porque el que siembra para su propia carne, de la carne segará corrupción, pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna (Gálatas 6:8).
La fe tiene un apetito insaciable por experimentar la gracia de Dios tanto como pueda. Por eso, la fe nos empuja hacia el río donde la gracia de Dios fluye más libremente, es decir, el río del amor.
¿Qué otra fuerza nos moverá de nuestras salas de contentamiento para cargar sobre nosotros las inconveniencias y los sufrimientos que el amor requiere?
¿Qué nos impulsará…
- a saludar a desconocidos cuando nos sintamos tímidos?
- a buscar a un enemigo y pedirle la reconciliación cuando nos sintamos indignados?
- a diezmar si jamás lo habíamos intentado?
- a hablarle a nuestros colegas de Cristo cuando no tenemos valor?
- a invitar a nuestros nuevos vecinos a un estudio bíblico?
- a cruzar culturas con el evangelio?
- a crear un nuevo ministerio para los alcohólicos?
- a invertir una mañana orando por renovación?
Ninguno de estos actos costosos del amor ocurre de la nada. Son impulsados por un nuevo apetito: el anhelo de la fe por la experiencia más completa de la gracia de Dios. Queremos más de Dios. Y lo deseamos más que nuestra seguridad y comodidad privadas y sin perturbaciones.
La fe ama depender de Dios y verlo obrar milagros en nosotros. Por eso, la fe nos impulsa hacia la corriente donde el poder de la gracia venidera de Dios fluye más libremente: la corriente del amor.
Creo que Pablo se refería a esto cuando dijo que debemos hacer una “siembra para el Espíritu” (Gálatas 6:8). Por fe, debemos plantar las semillas de nuestra energía en los surcos donde sabemos que el Espíritu está obrando para producir fruto: los surcos del amor.
