Julio 11
“No es que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús… Prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Así que todos los que somos perfectos, tengamos esta misma actitud; y si en algo tienen una actitud distinta, eso también se lo revelará Dios”. Filipenses 3:12, 14-15
Hay pocas cosas tan tiernas como un pequeño que entra al mundo de la fantasía y comienza a hacer afirmaciones poco realistas sobre sus padres: “Mi papá puede hacer esto” o “Mi mamá es genial en esto o en otro”, o sobre sí mismos. Sin embargo, ¡no es tan tierno cuando viene de uno de veinticinco años o de cincuenta! En ese momento, alguien debe pararse y decir: “¡Por favor, actúa conforme a tu edad!”.
Tal como esperaríamos ver madurez en los que han vivido durante algún tiempo y tal como sabemos que hay ciertas marcas de madurez en los ámbitos de lo físico, lo emocional y lo mental, también deberíamos esperar ver madurez en el ámbito de la vida espiritual. Y, si en verdad estamos creciendo en madurez, explica Pablo, ciertas características marcarán nuestra vida y andar con Dios.
La mayor parte de nuestra sociedad constantemente nos está instando a ser conscientes de quiénes somos, de lo que hemos logrado o de cuánto hemos avanzado. En contraste, la madurez cristiana comienza con una conciencia de lo que no somos. Mientras que la inmadurez nos lleva a pensar más de nosotros mismos de lo que deberíamos (ver Ro 12:3), la madurez rechaza un concepto exagerado. En cambio, está marcada por un estimado sensato de nuestro progreso espiritual. No está ejemplificado por palabras altaneras, sino por una vida humilde y una constancia perseverante.
En la antigua fábula de “La tortuga y la liebre”, la liebre sale corriendo a toda velocidad al iniciar la carrera, mientras que la tortuga avanza con pasos lentos. La liebre está tan convencida de que ha ganado la carrera que decide sentarse, descansar, relajarse y dormirse. Y, mientras la que comenzó de forma tan dramática la carrera se duerme, la pequeña tortuga camina al mismo paso de siempre: lento, lento, lento, hasta que termina por ganar la carrera sin que quede rastro de la liebre.
Puede ser un reto muy grande estar rodeado de liebres espirituales, que siempre andan saltando y brincando por doquier, anunciando sus grandes aspiraciones y pregonando adónde van, lo que hacen y lo que logran. ¡Qué desalentador puede llegar a ser cuando uno solo está tratando de permanecer en la vida cristiana!
Como pastor sabio, Pablo no intentaba ser la liebre. En cambio, nos anima con estas palabras: Quiero que sepas que soy un peregrino. Quiero que sepas que sigo en el proceso; que sigo en el trayecto y que me queda mucho camino por recorrer. Pablo proseguía hacia la línea de meta y nos insta a que hagamos lo mismo. En lugar de jactarse de un arranque asombroso o de un paso impresionante, sus palabras son un llamado a un compromiso resuelto y repetido con el fundamento.
Humildad y constancia: estas dos son las marcas de la vida cristiana madura que sabe que solo por gracia ha llegado hasta aquí y solo por gracia perseverará hasta llegar a casa. ¿Cómo crecerán estas marcas de madurez en tu vida?
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
