Hace poco tuve una experiencia que me llevó a reflexionar sobre cómo medimos el valor espiritual de nuestras actividades diarias. Mientras limpiaba los baños y sacaba brillo a los espejos de mi casa, mi mente comenzó a decirme: “Esta actividad no es tan importante como la traducción del libro que te está esperando en la computadora, que será lanzado en la Conferencia Expositores de este año. Ya termina esto para ir a hacer algo de mayor valor espiritual”.
Después de todo, traducir literatura cristiana parece una labor más noble, más estratégica y más significativa para el reino de Dios que limpiar un baño o quitar manchas de un espejo. Sin embargo, en medio de esos pensamientos, otra idea vino a mi mente: “¿Pero qué dices? Servir a tu familia con baños limpios y espejos nítidos también tiene valor espiritual y es agradable delante del Señor”.
Qué fácil es caer en el error de creer que Dios valora más ciertas actividades cristianas que otras. A veces creemos que predicar, enseñar, escribir o traducir son tareas espirituales, mientras que cocinar, lavar ropa, limpiar la casa o cuidar a los hijos pertenecen a una categoría inferior. Sin embargo, las Escrituras nos enseñan que todo lo que hacemos debe hacerse para la gloria de Dios (1Co 10:31).

Las madres cristianas enfrentan esta tentación con frecuencia. Pueden llegar a pensar que su labor en el hogar es menos importante que participar en un ministerio visible, dirigir un estudio bíblico o servir en alguna actividad pública de la iglesia. Pero Dios nunca ha considerado insignificante el servicio sacrificial que una madre ofrece diariamente a su familia.
Cuando una madre prepara una comida, limpia una habitación, lava la ropa o cuida de sus hijos por amor a Cristo, está realizando una obra de adoración. Estas tareas no son obstáculos para el ministerio; son parte del ministerio que Dios le ha confiado.
El problema no es la tarea, es la mente no renovada
Quizás el problema no sea la tarea que realizamos, sino la forma en que pensamos acerca de ella. Por eso Romanos 12:2 nos llama a no conformarnos a este siglo, sino a ser transformados mediante la renovación de nuestro entendimiento. El mundo nos enseña a valorar lo visible, lo reconocido y lo extraordinario. Pero Dios nos enseña a valorar la fidelidad, la obediencia y el servicio humilde.
La renovación de la mente ocurre cuando dejamos de evaluar nuestras responsabilidades con criterios mundanos y comenzamos a verlas desde la perspectiva de Dios. Es fácil conocer este versículo de memoria, citarlo en un estudio bíblico o enseñarlo a otros. Sin embargo, el Señor no nos llama solamente a conocer Su Palabra, sino a vivirla. De nada sirve afirmar que creemos en la suficiencia de las Escrituras si, en la práctica, seguimos pensando como el mundo.

Santiago nos advierte que no seamos solamente oidores de la Palabra, sino hacedores. Podemos leer libros, escuchar conferencias y acumular conocimiento bíblico, pero la verdadera espiritualidad se manifiesta cuando obedecemos a Dios en las responsabilidades que Él ha puesto delante de nosotros hoy.
Obediencia y fidelidad
La obediencia cotidiana suele parecer poco impresionante. No recibe reconocimiento ni aplausos. Sin embargo, es precisamente esa obediencia la que agrada al Señor. Después de todo, las Escrituras nos recuerdan que obedecer es mejor que los sacrificios. Dios no busca que reemplacemos nuestros deberes con actividades que consideramos más espirituales. Él desea que seamos fieles en aquello que nos ha encomendado.
El mundo exalta lo visible, lo reconocido y lo que produce resultados inmediatos. Dios, en cambio, ve la fidelidad en lo secreto. Él observa el corazón que sirve con gratitud y amor, aun cuando nadie más lo note.

Quizás nadie recuerde un baño limpio dentro de diez años. Pero Dios ve cada acto de servicio realizado para Su gloria. Y cuando una madre cuida de su hogar con amor genuino, está reflejando el carácter de Cristo, quien vino no para ser servido, sino para servir.
Hermanas, volvamos a lo sencillo y a lo ordinario. Volvamos a abrazar con gozo las responsabilidades que nuestro Padre celestial nos ha confiado. Un piso limpio, una comida preparada con amor, una cama tendida, ropa doblada, un niño atendido con paciencia o un baño limpio pueden ser actos de adoración cuando se realizan en obediencia al Señor.
Esto es espiritual. Esto es agradable delante de Dios. No porque las tareas domésticas tengan algún mérito especial en sí mismas, sino porque la obediencia siempre agrada a nuestro Padre.
Lo que cuenta al final
Al final de nuestras vidas, cuando seamos llamadas a Su presencia, no daremos cuenta de cuán impresionantes parecieron nuestras actividades ante los ojos de los hombres. Daremos cuenta de si fuimos fieles a aquello que Dios nos encomendó. Y para muchas mujeres cristianas, esa fidelidad se expresa cada día en las cosas aparentemente pequeñas y ordinarias del hogar y en nuestra vida.
Que el Señor nos conceda la gracia de ver esas responsabilidades como Él las ve: no como interrupciones del ministerio, sino como parte del ministerio mismo que nos ha confiado para Su gloria. Así que la próxima vez que limpies los baños de tu casa, saques brillo a los espejos, dobles la ropa, prepares una comida o realices cualquiera de las responsabilidades ordinarias del hogar, recuerda Romanos 12:2. Ten presente que la renovación de la mente no ocurre solamente mientras estudias tu Biblia o escuchas una predicación, sino también cuando sometes tus pensamientos a la verdad de Cristo en medio de las tareas más comunes de la vida.

Es precisamente allí, en esos momentos y lugares que nadie ve y nadie reconoce, donde la Palabra de Dios te visita y te llama a pensar y actuar de manera diferente. Allí, mientras tus manos trabajan, el Señor sigue transformando tu corazón. Allí, donde no hay aplausos ni reconocimiento humano, Su presencia está contigo.
