La visitación del ángel a María es un pasaje que siempre me ha conmovido. Sin embargo, lo que más impacta es la respuesta de esta joven ante el plan divino: “Entonces María dijo: ‘Aquí tienes a la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra’. Y el ángel se fue de su presencia” (Lc 1:38). Al pronunciar estas palabras, María reveló la verdadera condición de su corazón: era una sierva.
Aunque la Real Academia define a una sierva como alguien entregado al servicio o sometido a algo, el término griego original usado en este pasaje es doulos, cuya traducción más precisa es “esclava”. Esto me hace pensar en que nuestra identidad como cristianas no reposa solamente en la posición de hijas de Dios que tenemos gracias a la obra de Jesús a nuestro favor (Jn 1:12-13) y que nos concede todos los derechos de herencia en la casa de nuestro Padre celestial (Ro 8:17); nuestra identidad también está definida por los deberes que vienen por ser siervas del Dios Altísimo.

Veamos desde las Escrituras tres características del corazón de una sierva de Dios, para que podamos cultivar estas virtudes y crecer en esta esfera de nuestra identidad cristiana.
1. El corazón de una sierva se viste de humildad
La definición más general de una sierva o esclava tiene que ver con su posición; una sierva se caracteriza, ante todo, por la humildad. El apóstol Pablo, quien frecuentemente se presentaba a sí mismo como esclavo o siervo del Señor Jesucristo, nos exhorta en su carta a los filipenses:
Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2:5-8).

Es importante no confundir este concepto; en nuestro idioma solemos asociar erróneamente la humildad con la posición económica, pero en realidad es un rasgo del corazón y una actitud de vida. La persona humilde es aquella que se rinde y se somete, siendo lo opuesto al orgullo. El Señor Jesús es nuestro mayor ejemplo de humildad: siendo Dios, se humilló, sometiéndose a una naturaleza humana y a la voluntad del Padre en la misión de rescatarnos.
Así mismo, ser humilde implica que alguien que vive plenamente consciente de sus limitaciones y debilidades. La Biblia destaca a Moisés como el hombre más humilde sobre la tierra (Nm 12:3), un siervo que, a pesar de tener motivos para actuar de otra forma, siempre permanecía con el rostro en tierra intercediendo por su pueblo. Si queremos cultivar un corazón de siervas, debemos revestirnos de esta humildad.

2. El corazón de una sierva sirve de buena voluntad
La segunda característica es la disposición con la que servimos. En Efesios 6:7 se nos insta: “Sirvan de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres”. Esto significa que el servicio no debe realizarse a regañadientes ni con quejas. A veces, mientras hacemos nuestros deberes, como trabajar, preparar la cena o doblar la ropa, podemos caer en el error de refunfuñar por el peso de la tarea; en esos momentos, aunque estemos trabajando, no estamos “sirviendo” en el sentido bíblico, pues falta la buena voluntad. Tener un corazón de sierva implica asumir cada labor con una actitud de buena gana, permitiendo que otros vean a Dios por medio de nuestras acciones, sin importar cuán pequeñas parezcan.
Esta disposición está ligada a nuestra motivación: ¿a quién buscamos agradar? Pablo nos enseña en Gálatas 1:10: “Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo”. El verdadero servicio se realiza sin importar quién esté mirando o si la tarea pasará desapercibida. Ya sea en el anonimato de las tareas del hogar o en el servicio en la iglesia, como en una clase de niños donde parece que nadie nota el esfuerzo, la sierva fiel sigue adelante porque su mirada está puesta en la aprobación y la recompensa del Señor.

3. El corazón de una sierva deja los resultados en manos de Dios
¿No resulta contradictorio que una esclava sea en verdad libre? Pues eso es ciertísimo para las siervas de Dios; ellas son humildes ante Dios y le sirven de buena voluntad, pero pueden descansar en que los resultados de su labor le pertenecen a Dios. Aunque estos son útiles para medir el progreso, no podemos olvidar lo que el apóstol Pablo, un siervo esforzado de Dios, nos enseñó en 1 Corintios 3:6-7: “Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento”.
Nuestra responsabilidad es hacer nuestra labor con excelencia y aprender a descansar en el Señor para todo lo demás. Esta verdad es profundamente liberadora. Nos libera de nuestra urgencia por agradar a Dios mediante nuestro propio esfuerzo, de la necesidad de controlar lo que no está en nuestras manos, y de intentar asumir el rol del Espíritu Santo, quien es el único que puede convencer de pecado y transformar a las personas; también nos libera de la tiranía de comparar nuestro desempeño con el de otras personas.
Preguntémonos, entonces, ¿tenemos un corazón de sierva? ¿Está nuestra identidad anclada en la realidad de que somos siervas de Dios, como María, Pablo y hasta el mismo Señor Jesús? Solo Dios puede crear en nosotras tal disposición. Debemos pedir continuamente en oración esta actitud, pues solo Dios transforma nuestro corazón orgulloso y egoísta en uno limpio, humilde y servicial.
