Casas en ruinas en la tierra, reino establecido en el cielo

Un pastor en Camerún, rodeado de guerra y violencia cotidiana, encontró en Hebreos y en Pedro el ancla que sostiene el gozo cuando todo lo demás se derrumba. ¿Cómo luce eso en la práctica?
Foto: Unsplash

Un día los cristianos heredaremos este mundo como nuestro hogar eterno. Pero si ponemos nuestras esperanzas en él ahora, en su estado actual, solo nos estaremos preparando para la tristeza y el sufrimiento.

Enseño y pastoreo en Camerún. Es bastante común escuchar acerca de asesinatos injustos, corrupción, violencia callejera y crímenes de guerra. Hace dos meses, llegó a nuestra iglesia la noticia de que ocho niños fueron asesinados a sangre fría por ocho hombres armados en una ciudad cercana. Desde 2016, nuestra nación ha estado involucrada en un conflicto entre las fuerzas rebeldes y gubernamentales. Las víctimas de esta guerra a menudo son mujeres y niños inocentes. Mi mente recuerda una espantosa imagen que ha circulado recientemente en las redes sociales: dos mujeres asesinadas a balazos, con sus bebés todavía sobre sus espaldas.

Para escapar de todo esto, miles de cameruneses han migrado a países vecinos o a partes más pacíficas de nuestro país. Pero incluso estas llamadas regiones pacíficas se han vuelto más peligrosas. La masa migratoria ha reducido el número de trabajos disponibles y el desempleo ha hecho que aumente la delincuencia. La esposa de uno de mis alumnos fue amenazada con un cuchillo en un taxi; el delincuente robó todo su dinero y su teléfono. Otro estudiante fue perseguido por un taxi mientras conducía su motocicleta. Finalmente, el conductor se detuvo frente a él. Dos hombres saltaron fuera del taxi y lo persiguieron por la carretera. Uno lo apuñaló en la espalda para inmovilizarlo. Tomaron su motocicleta y lo dejaron desangrándose. Afortunadamente, un extraño lo encontró y lo llevó a un hospital, lo cual le salvó la vida. A varios de mis estudiantes los han asaltado o han allanado sus casas en el año pasado.

Miles de cameruneses huyen hacia zonas más seguras, pero incluso allí la violencia los alcanza. / Foto: CARE France

A veces, me pregunto: ¿Cómo puedo vivir y servir a Cristo en un lugar tan desmoronado? ¿Cómo no ceder ante el miedo constante?

La iluminación no nos aísla del sufrimiento

El autor de Hebreos me ha reconfortado grandemente.

Pero recuerden los días pasados, cuando después de haber sido iluminados, ustedes soportaron una gran lucha de padecimientos. Por una parte, siendo hechos un espectáculo público en oprobios y aflicciones, y por otra, siendo compañeros de los que eran tratados así. Porque tuvieron compasión de los prisioneros y aceptaron con gozo el despojo de sus bienes, sabiendo que tienen para ustedes mismos una mejor y más duradera posesión (Heb 10:32-34).

En contexto, el autor ánima a los creyentes a aferrarse a la esperanza del evangelio, que es necesario para su salvación final (Heb 10:19-25, 36). Como motivación para que ellos resistan, les recuerda su antigua disposición a sufrir gozosamente por Cristo en aras de las recompensas futuras.

El “evangelio” de la prosperidad promete un aislamiento del sufrimiento para aquellos que vienen a Cristo. Pero el autor de Hebreos enseña, junto con el resto del Nuevo Testamento, que la fe en Cristo no nos aísla del sufrimiento; garantiza el sufrimiento, específicamente a manos de no creyentes. Jesús dijo que en el mundo tendríamos aflicción (Jn 16:33). El escritor de Hebreos le recuerda a su audiencia la misma verdad: “Pero recuerden los días pasados, cuando después de haber sido iluminados, ustedes soportaron una gran lucha de padecimientos”. Dios iluminó sus corazones, pero no aligeró sus circunstancias terrenales. El peso del sufrimiento nos hace anhelar la gloria futura, es allí donde la Escritura nos insta a fijar nuestros ojos.

El peso del sufrimiento nos hace anhelar la gloria futura. / Foto: Lightstock

Nuestro futuro hogar, comprado con sangre

Pero esto plantea una pregunta: ¿por qué? ¿Por qué los creyentes soportan el sufrimiento pacientemente? Hebreos nos dice que ellos sabían que tenían una mejor y perdurable herencia. El conocimiento de una futura herencia sostuvo a los creyentes en ese entonces, y debe sostenernos ahora. Una sólida teología del cielo, nuestra morada donde se encuentra nuestra herencia, debería guardarnos mientras sufrimos. Sin un entendimiento firme de nuestro hogar eterno y seguro, es imposible alegrarnos mientras nuestras propiedades terrenales son saqueadas.

Los hebreos sabían que heredarían un reino celestial que había sido comprado con la sangre de Jesús, sangre que salva perpetuamente (Heb 7:25). Encontramos una idea similar en Romanos 8:32: “El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?”. ¿Qué son “todas las cosas”? Obviamente no se trata de posesiones o bendiciones terrenales, los creyentes perseguidos están siendo despojados de ellas. “Todas las cosas” es nuestra herencia eterna (Ro 8:17), que anteriormente en la carta Pablo señala que es el mundo entero (Ro 4:13). Si Dios estuvo dispuesto a sacrificar a Su Hijo amado, entonces podemos tener la plena confianza de que Él estará dispuesto a salvarnos en el día del juicio y darnos al mundo como nuestra herencia. Después de haber renunciado a Su Hijo por nosotros, darnos la gloria eterna es poca cosa para Él.

Si Dios entregó a Su Hijo, podemos confiar en que nos salvará y nos dará la herencia prometida. / Foto: Unsplash

La esperanza del cielo en medio del sufrimiento

En otra parte de la Escritura, el apóstol Pedro enseñó a los primeros cristianos a encontrar esperanza en medio del sufrimiento enfocándose en la gracia pasada, presente y futura de Dios. Estos creyentes se encontraban en el exilio a causa de su fe (1P 1:1); fueron calumniados (2:12), sufrieron injustamente (2:19) y sufrieron por hacer el bien (2:20; 3:14, 17). Pero las realidades divinas de la gracia de Dios fortalecieron a los débiles, dieron esperanza a los que la habían perdido, alentaron a los desanimados y mantuvieron el gozo entre los que sufrían.

Dios envió a Su Hijo al mundo para que Él pudiera vivir la vida de justicia que nosotros nunca pudimos y morir la muerte que nosotros merecíamos. Por Su infinita misericordia nos salvó, aunque éramos grandes pecadores (1P 1:3). Qué gran misericordia que a nosotros que no merecíamos nada más que el infierno, nos concedió la vida eterna. Cuando lo odiábamos, nos amó y nos mostró Su gran misericordia.

Hemos nacido de nuevo por medio de la resurrección de Jesús de entre los muertos (1P 1:3). Así como Jesús resucitó de la muerte, nuestras almas muertas ahora tienen vida porque Él resucitó para vivir eternamente. Estábamos muertos, pero ahora vivimos; éramos ciegos, pero ahora vemos. Sublime gracia, ¡qué sublime gracia!

Hemos nacido de nuevo por medio de la resurrección de Jesús de entre los muertos / Foto: Unsplash

La gracia pasada aviva la esperanza del presente de nuestro futuro hogar en el cielo. Dios nos ha guardado una herencia en la gloria y nos está guardando para esa herencia. Ningún grado de sufrimiento puede destruir nuestra herencia. Como nos dice Pedro, es incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para nosotros. Ninguna cantidad de sufrimiento en esta vida puede aplastar la fe del verdadero creyente y alejarlo de ella.

Es por ello que, con gran pesar y lágrimas en los ojos, podemos alegrarnos incluso ahora con un gozo inexpresable. El gozo glorioso es un gozo lleno de fe, y es un gozo sufrido. Así que cualquiera que sea tu destino, que el Señor te enseñe a decir: “Nos pueden despojar de bienes y hogar; el cuerpo destruir, mas siempre ha de existir, de Dios el reino eterno”.


Publicado originalmente en la revista en español de 9 Marcas.

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