Abril 15
No seas como el caballo o como el mulo, que no tienen entendimiento; cuyos arreos incluyen brida y freno para sujetarlos, porque si no, no se acercan a ti (Salmos 32:9).
Imagina al pueblo de Dios como una granja con todo tipo de animales. Dios cuidado de ellos, les muestra adónde necesitan ir y les provee un establo para protegerlos.
Sin embargo, hay uno de los animales que en verdad le hace pasar un mal rato: el mulo. Es necio y testarudo, tanto que es difícil decir qué viene primero, necedad o testarudez.
Ahora bien, la manera en que a Dios le gusta llevar a los animales al establo en donde reciben alimento y refugio es dándoles un nombre y llamando a cada uno por su nombre. “Yo te haré saber y te enseñaré el camino en que debes andar; te aconsejaré con Mis ojos puestos en ti” (Salmos 32:8).
Pero el mulo no escucha este tipo de instrucción. No tiene entendimiento. Por eso, Dios sale al campo en Su camioneta, pone el cabestro y el freno en la boca del mulo, lo amarra a la camioneta y lo lleva a rastras, mientras el mulo se resiste y va bufando todo el camino hasta el establo.
Esa no es la manera en que Dios quiere que los animales se acerquen a Él para recibir Su bendición.
Llegará el día en que será muy tarde para ese mulo. El granizo lo golpeará, le caerán rayos, y cuando vaya corriendo al establo se encontrará con que la puerta está cerrada.
Por tanto, no seas como el mulo, al contrario, “que todo santo ore a [Dios] en el tiempo en que puedas ser hallado” (Salmos 32:6).
Si no queremos ser como un mulo debemos humillarnos, acudir a Dios en oración, confesar nuestros pecados y aceptar, como pequeños y vulnerables pollitos de corral, la dirección de Dios que nos conduce al establo de Su protección.
