Para muchos cristianos, lo que sabemos del cielo proviene de unos cuantos pasajes dispersos en el Nuevo Testamento. Sabemos que estar ausentes del cuerpo significa estar presentes con el Señor (2Co 5:8). Sabemos que estar con Cristo es mucho mejor que continuar en nuestro estado actual aquí en la tierra (Fil 1:21-24). Celebramos que Jesús fue al cielo a preparar lugar para nosotros (Jn 14:3). Estas son verdades gloriosas para los peregrinos que caminan hacia la tumba.
Pero ¿ofrece la Escritura más que unas pocas referencias dispersas acerca del cielo? Es más, ¿juega el cielo algún papel en la historia de la Biblia?
Cuando descubrí por primera vez la teología bíblica, me sorprendió cómo había pasado tantos años como cristiano sin haber visto el hecho bastante obvio de que el “cielo” no era el destino final del cristiano. En cambio, el pueblo de Dios se dirige a la restauración: cuerpos resucitados en una tierra nueva. En ese descubrimiento, no obstante, me costaba ver cómo el cielo —la dimensión del estado intermedio para los cristianos entre la muerte y la resurrección— encajaba dentro de la historia bíblica. Aunque me daba una esperanza gloriosa y me reconfortaba ante mi inevitable funeral, el cielo todavía parecía desconectado del arco narrativo de la Escritura: la creación, la caída, la redención, la nueva creación. ¿Dónde “encaja” exactamente el cielo en esa progresión?

En este artículo, quiero esbozar brevemente el papel que el “cielo” desempeña en la historia bíblica.
La creación
Una teología bíblica del cielo inicia en el primer versículo de la Biblia: Dios crea 2los cielos y la tierra”. Si bien la palabra “cielos” a menudo se refiere simplemente al cielo (Gn 1:20), a lo largo de la Escritura también hace referencia al reino santo de Dios, Su morada especial habitada por ángeles justos (Sal 2:4; 1R 22:19). “Los cielos y la tierra” en Génesis 1:1, por tanto, es una combinación de palabras que delimitan todo el orden creado, el cual alberga dos reinos distintos: el cielo y la tierra.
Una figura y sombra de las cosas celestiales
Aunque estos dos reinos son diferentes, la Escritura revela una interesante relación entre ambos. Para ver este punto, tenemos que saltar por un momento a Éxodo, antes de continuar con la historia de la creación.
En Éxodo, Dios le ordena a Moisés que construya un tabernáculo y su mobiliario “conforme al modelo que [le] ha sido mostrado en el monte” (Ex 25:40). En el Nuevo Testamento, el autor de Hebreos explica ampliamente que el tabernáculo terrenal era una “figura y sombra de las cosas celestiales” (Heb 8:5; comparar con Heb 9:23). Por extraño que parezca, el cielo tiene un santuario y este santuario le fue mostrado a Moisés como el plan del tabernáculo terrenal. El santuario celestial es un arquetipo, el terrenal una copia. Tal vez un pequeño gráfico pueda ayudar aquí.

Pero la representación de Moisés del tabernáculo no solo muestra que es una copia del tabernáculo celestial, también es una recreación miniaturizada del huerto de Edén. El tabernáculo está decorado con árboles que dan fruto, ángeles, oro y otras imágenes que buscan evocar el huerto de Edén (Ex 25). A los sacerdotes se les comisiona “labrar y cuidar” el tabernáculo, así como a Adán se le ordenó hacer lo mismo con el huerto (Gn 2:15; Nm 3:7-8; 8:26; 18:5-6). Incluso las instrucciones de Dios para construir el tabernáculo, presentadas en siete discursos divinos, reflejan los siete discursos hablados de la creación de Dios (Gn 1; Ex 25 – 31). De hecho, ambos ciclos de siete discursos terminan enfocándose en el día de reposo (Gn 2:2-3; Ex 31:12-17).
Ahora regresemos a Génesis y a la historia de la creación. ¿Cuál es el propósito de todas estas correspondencias? Esencialmente, estas correspondencias nos muestran que “el cosmos es un gran templo; el templo es un pequeño cosmos”.1 En otras palabras, tanto el templo como el huerto de Edén fueron diseñados para reflejar el santuario celestial. Lejos de ser dos reinos independientes, Dios diseñó la tierra para que reflejara las realidades celestiales. Otros aspectos de Génesis corroboran esto. El pacto matrimonial es una imagen terrenal de la realidad celestial de la relación de Dios con Su pueblo (Gn 2:18-25; 15:12-21; Ef 5:22-33). Incluso la relación de pacto entre Dios y Adán como portador de Su imagen participa en estas analogías celestiales: reflejando la relación filial y paternal eterna entre el Padre y el Hijo. Una vez más, quizá sea útil un pequeño gráfico:

El cielo y la tierra, aunque son reinos distintos, no están completamente separados en la historia de la Biblia. Dios construyó un santuario terrenal (el huerto de Edén) para reflejar Su santuario celestial. El destino de estos dos reinos diferentes, entonces, parece inextricablemente vinculado desde los primeros momentos de la historia bíblica.
Un punto de acceso
El vínculo entre el cielo y la tierra, sin embargo, es incluso más cercano que la analogía que existe entre ambos. El santuario-huerto de Edén no solo refleja el santuario celestial, también es un punto de acceso entre el cielo y la tierra: un lugar donde los dos reinos ocupan el mismo espacio. El Señor acentúa este punto al plantar Edén sobre un monte, una estructura terrenal que escala las alturas celestiales (Ez 28:13-14; comparar Gn 2:6, 10-14). En el huerto, Adán, en una relación de pacto con Jehová, disfruta de Su presencia celestial (Gn 3:8; Lv 26:12; Dt 23:15). En este santuario del monte, el cielo y la tierra se superponen. Los dos reinos coexisten mientras Dios habita en el cielo y en la tierra con Su pueblo. En el huerto, Adán puede acceder al cielo.

El objetivo de la creación es que esta superposición entre los dos reinos caracterice cada parte del cosmos. Dios ordena a Adán y Eva expandir la morada celestial de Dios por toda la creación. Deben ejercer dominio sobre las tierras no cultivadas fuera del huerto, expandiendo el santuario de Dios. Al mismo tiempo, ese santuario expandido necesitará más sacerdotes que adoren a Dios y lo conserven santo. Por tanto, Adán y Eva deben fructificarse y multiplicarse, llenando la tierra con más sacerdotes que porten Su imagen (Gn 1:28).
En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Pero la meta final de la creación es la unión definitiva del cielo con la tierra. Al igual que otra pareja complementaria, Adán y Eva, ambos se volverán uno.

La caída
Como resultado de la caída, Adán y Eva son expulsados del santuario del monte al reino de la muerte (Gn 2:17). Al este del huerto, Adán, Eva y su progenie ya no pueden obtener acceso al reino celestial como solían tenerlo antes de la influencia contaminante del pecado. Para asegurar su destierro del punto de acceso de la tierra al cielo, Dios coloca una espada encendida y querubines al este de Edén para mantenerlos alejados de Su presencia (Gn 3:24).
El resto de Génesis se centra en la distancia creciente entre los hombres pecaminosos y Dios, y entre la tierra y el cielo. Caín se muda incluso más lejos al este de Edén, estableciendo una ciudad de hombres destinada a rivalizar con la ciudad celestial que ya no es accesible (Gn 4:16-17). Los constructores de la torre también viajan más al este, lejos de Edén (Gn 11:2), al igual que los habitantes de Sodoma y Gomorra (Gn 13:11). Estos movimientos geográficos demuestran la brecha cada vez mayor entre Dios y el ser humano, y entre el cielo y la tierra.

A la luz de la amplia brecha entre el cielo y la tierra, los constructores de la torre en Babel idean un intento de fusionar ambos reinos mediante sus propios esfuerzos.
Y dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra” (Gn 11:4).
Esta torre, parecido a un zigurat, es una estructura con forma de monte. Interpretado a la luz de los primeros capítulos de Génesis, estos constructores de la torre están intentando crear un Edén rival, un santuario del monte hecho por el hombre con su propio acceso al reino celestial. Su monte rival, no obstante, resulta ser nada más que una imitación barata, más un montículo que un monte. Dios debe descender del cielo solo para verlo (Gn 11:5).
El mensaje de Génesis es claro: al rebelarse contra Dios, el hombre perdió el acceso al reino celestial. Los dos lugares ya no se superponen como lo hacían en Edén. Nuestros mejores esfuerzos en crear ese punto de acceso son vergonzosos e insignificantes, movidos por arrogancia y plagados con más rebelión en contra del Creador. Si el cielo y la tierra se van a unir de nuevo, Dios debe actuar desde el cielo a la tierra.

La redención
Antiguo Testamento
Gloriosamente, Dios hace justo eso. En respuesta al fracaso de los constructores de la torre de acceder al cielo y, por tanto, de hacerse un nombre para ellos mismos (Gn 11:4), Dios llama a Abraham de Ur prometiendo engrandecer su nombre (Gn 12:2). En otras palabras, lo que los babelitas no lograron conseguir, Dios promete lograrlo a través de Su promesa a Abraham. En la simiente de Abraham se encuentra la esperanza de unir el cielo y la tierra. El mismo Abraham parece entender este punto. Al residir en la tierra prometida, a menudo edifica altares al Señor (12:7, 8; 13:18). Estos montes en miniatura simbolizan la expectativa de Abraham de que la tierra de Canaán se convierta en un nuevo Edén, una posición de avance del cielo desde la cual Dios reclamará toda la tierra.
Moisés aclara este punto más adelante en Génesis cuando uno de la simiente de Abraham, Jacob, se encuentra con ángeles en las fronteras de Canaán en más de una oportunidad (Gn 28:12; 32:1). Esto evoca las centinelas celestiales en la frontera de Edén. En una de estas ocasiones, Jacob no solo ve ángeles, sino que los ve subir y bajar de una escalera, probablemente una estructura de monte en zigurat que une el cielo y la tierra con el Señor mismo en la cumbre (Gn 28:12-13). La promesa de Jehová a Jacob desde lo alto de este monte de escaleras interpreta la importancia de esta visión: “La tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia… y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente” (Gn 28:13-14). Desde la tierra de Canaán y a través de la simiente abrahámica, Dios está restaurando en la tierra una “puerta” hacia el reino celestial (28:17).

A medida que la narrativa bíblica continúa, encontramos aún más evidencia de que Dios tiene la intención de superponer una vez más el cielo y la tierra en el mismo espacio. Una historia particularmente intrigante involucra a Moisés, Aarón, Nadab, Abiú y los 70 ancianos de Israel escalando el monte Sinaí y contemplando allí la sala del trono celestial de Dios.
Y subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno. Mas no extendió su mano sobre los príncipes de los hijos de Israel; y vieron a Dios, y comieron y bebieron (Ex 24:9-11).
Incapaces de mirar el rostro de Dios, su descripción de la sala del trono celestial se enfoca principalmente en su suelo (comparar Ez 1:26; Ap 4:6). La cumbre del Sinaí es el suelo del cielo. Dios, por medio de Israel, establece nuevamente una conexión entre el cielo y la tierra.
Estos espacios donde el cielo y la tierra se superponen, sin embargo, son a menudo inaccesibles para la mayoría de la humanidad. Solo Moisés y los otro 73 israelitas son bienvenidos en la cima del Sinaí. Solo el sumo sacerdote tiene acceso a la presencia de Dios en lugar santísimo, otro lugar de encuentro entre el cielo y la tierra en el Antiguo Testamento. Incluso entonces, el sumo sacerdote solo podía entrar una vez al año, para ofrecer sacrificio por él y la nación (He. 9:6-7).
Dadas estas restricciones debido al pecado del ser humano, se necesita algo más para la unión final del cielo y la tierra.

Nuevo Testamento
Cuando Jesús entra en escena en el Nuevo Testamento, la esperanza de la unión final del cielo y la tierra vuelve a estallar en el primer plano de la narrativa bíblica. Jesús, el Rey del cielo (Ef 4:9; Ro 10:6), desciende a la tierra para nacer de una mujer (Ga 4:4). En Su persona, Jesús une el cielo y la tierra, encarnando la unión final de los dos reinos. El tabernáculo celestial y el tabernáculo terrenal encuentran su significado definitivo en Cristo, la palabra hecha carne que habita entre nosotros (Jn 1:14). Una vez más, aquí tienes un pequeño diagrama:

Jesús aclara este punto cuando se le revela a Natanael en el Evangelio según Juan:
También le dijo: “En verdad les digo que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre” (Jn. 1:51).
Jesús se identifica como la “escalera de Jacob”, el nuevo santuario del monte que puede unir a los dos reinos. El cielo y la tierra ahora se superponen no en un lugar, sino en una persona. El rey del cielo ha venido a tomar el trono de David para gobernar a las naciones de la tierra.
El Evangelio según Mateo se centra en el mismo punto. Jesús inicia Su ministerio diciéndole a Sus seguidores que se arrepientan “porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt 3:2; 4:17). El llamado de Jesús al arrepentimiento y la declaración de la llegada del reino de los cielos es una reordenación sorprendente de las expectativas proféticas. La unión escatológica anticipada entre el cielo y la tierra ha llegado no en el momento climático definitivo del fin de los tiempos, sino en la persona y predicación de un carpintero nazareno. Dirigido por el Rey celestial en la tierra, el reino celestial invade la tierra.

Quizá te preguntes: si el reino de los cielos está aquí, entonces, ¿dónde están los puestos fronterizos del cielo en la tierra? En las comunidades que Jesús edifica bajo Su gobierno. En otras palabras, en las iglesias locales. Como individuos, los seguidores de Jesús somos el pueblo del cielo que todavía vive en la tierra. Nuestra identidad es una identidad celestial. Nuestras vidas glorifican al Padre “en los cielos” (Mt 5:16), acumulamos tesoros en los cielos y no en la tierra (Mt 6:20), nuestro conocimiento salvífico de Cristo viene del cielo (Mt 16:17), y hablamos del juicio del cielo sobre la tierra (Mt 18:18), todo mientras oramos por el día de la consumación en el que la voluntad de Dios se cumpla en la tierra como en el cielo (Mt 6:10).
Además, cuando nos reunimos en las congregaciones locales en el nombre de Jesús, el Rey de los cielos promete estar “allí” entre nosotros (18:20). Cuando el pueblo de Cristo se reúne en las iglesias locales, crea un punto de acceso entre el cielo y la tierra. Como lo expresa Jonathan Leeman, la geografía del cielo aparece visiblemente (aunque temporalmente) en la tierra cuando las iglesias locales se reúnen.

Pero estos farallones celestiales plantean un problema teológico importante. Están llenos de pecadores. ¿Cómo pueden servir como puntos de acceso al reino celestial? Es más, ¿cómo puede Dios unir definitivamente el cielo y la tierra no solo en estos farallones, sino también en la escatología, ya que el mismo cosmos ha sido contaminado por el pecado y la maldad?
Respuesta: la obra salvadora de Cristo. El sacrificio de Cristo no solo toma el lugar de los pecadores que merecen la ira de Dios; Su sangre también purifica al cosmos de la contaminación causada por el pecado humano. Hebreos 9:23 deja claro este punto.
Por tanto, fue necesario que las representaciones de las cosas en los cielos fueran purificadas de esta manera, pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos.
Incluso el tabernáculo celestial había sufrido la contaminación por el pecado humano, una contaminación ahora eliminada por la aplicación de la sangre de Cristo. La limpieza del tabernáculo celestial, y por implicación del cosmos, allana el camino para la unión del cielo y la tierra sobre la base de la sangre de Cristo. O, como Pablo resume, a través de Cristo, Dios ha reconciliado “consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de Su cruz” (Col 1:20).
La consumación
Por la obra de Cristo en la cruz, Su resurrección, ascensión y entronización, ahora somos ciudadanos del cielo (Fil 3:20); tenemos acceso al monte Sion, la “Jerusalén la celestial” (Heb 12:22-24). Sin embargo, seguimos esperando la consumación de la unión del cielo y la tierra.
Apocalipsis, al usar los tipos y símbolos de las Escrituras anteriores, describe esta unión de ambos reinos en el fin de los tiempos cuando la antigua creación da paso a la nueva. En Apocalipsis 21, un ángel lleva a Juan “a un monte grande y alto” (Ap. 21:10) donde ve “la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios” (Ap 21:10). Aferrándose a capturar la grandeza y la importancia teológica de la visión, las metáforas mixtas de Juan se aceleran. Esta ciudad celestial que llega a la tierra es la novia de Cristo (Ap 21:9). La ciudad también se describe como un cubo perfecto, evocando la forma del Lugar Santísimo tanto en el tabernáculo como en el templo (Ap. 21:15-17).
Juan continúa: “Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero” (Ap 21:22). La presencia celestial de Dios ya no está restringida a un punto de acceso en la cima de un monte o en la sala interior de un tabernáculo. La presencia de Dios se extiende junto con todo el orden creado. El propósito de Dios para la creación finalmente se ha hecho realidad. El cielo ha llegado a la tierra, y toda la creación se ha convertido en la morada de Dios.
