“El mismísimo cielo del cielo”: reflexiones puritanas sobre la tierra de Emanuel

Los puritanos entendían que la mayor gloria del cielo es Cristo mismo, la esperanza final y el gozo eterno del creyente.
Foto: Unsplash

Si bien se suele recordar a los puritanos por predicar acerca de los horrores del infierno, ellos prestaron mucha más atención a las glorias del cielo. Buscaron, como expresó Thomas Goodwin (1600-1680), mantener “el corazón elevado al cielo”.[1] Richard Baxter (1615-1691) exhortó a sus lectores a “lavar su alma en los deleites celestiales” y ofreció doce razones por las que tal contemplación es beneficiosa.[2] Para dicho fin, los puritanos predicaron y escribieron a menudo sobre del tema, explorando las gloriosas alturas del reino de los cielos y considerando preguntas clave acerca del estado futuro.

Una de las descripciones favoritas de los puritanos del cielo era La tierra de Emanuel, una frase basada en Isaías 8:8 y famosamente asociada con las últimas palabras del puritano escocés Samuel Rutherford (1600-1661). La confesión en el lecho de muerte de Rutherford, “La gloria, la gloria mora en la tierra de Emanuel”, inspiró a la poeta Anne Ross Cousin (1824-1906) a escribir el himno “The Sands of Time are Sinking” [“Las arenas del tiempo se hunden”) (titulado alternativamente “La tierra de Emanuel”).[3]

Samuel Rutherford / Foto: Imagen: Dominio público

Entre todos los esplendores de la tierra de Emanuel, los puritanos a menudo se enfocaban en la presencia de Dios en Cristo como la cima de la gloria futura. Baxter definió el descanso eterno de los santos como “la perfecta e interminable fruición [gozo] de Dios por lo santos perfeccionados”.[4] Goodwin señaló: “Él no solo nos promete cosas grandes y gloriosas que creará, sino que Él mismo será nuestro cielo”.[5] En la mente del puritano, la gloria más grande del cielo será la presencia de Cristo.

Richard Baxter / Foto: Dominio público

Esta visión cristocéntrica del cielo se ejemplifica en la amada alegoría de John Bunyan (1628-1688), El progreso del peregrino, que describe la travesía del cristiano por este mundo hacia su hogar celestial. Los personajes de Bunyan conversan frecuentemente acerca de las glorias que les esperan en la Ciudad Celestial y su deseo lleno de fe de conocer a su Rey. El anhelo por la tierra de Emanuel distingue a los creyentes auténticos de los impostores falsos en la historia. Al insincero Flexible, por ejemplo, le emociona escuchar de las alegrías del cielo, pero abandona su viaje ante la primera señal de angustia.[6] Exponiendo su falta de fe, no considera que la gloria futura vale el costo de sus sufrimientos presentes (ver Ro 8:18).

John Bunyan / Imagen: Dominio público

Cada vez que los personajes de Bunyan hablan acerca del cielo, el mismísimo Emanuel suele ser el centro.[7] Cuando Prudencia le pregunta a Cristiano por qué desea ir al monte Sion, Cristiano responde: “¡Ah! Porque allí espero ver vivo al que hace poco vi colgado en el madero”.[8] Este énfasis se hace especialmente evidente cuando Cristiano y su acompañante, Esperanza, llegan al final de su recorrido. Aquí, en el clímax de la historia de Bunyan, Cristo es central en cada escena. Él es su consuelo en la muerte, la mismísima esperanza del cielo y el Señor de la tierra que anhelaban alcanzar.

Cristo, el consuelo en la muerte

Cuando Cristiano y Esperanza se acercan a la Ciudad Celestial, se sorprenden al descubrir el Río de la Muerte frente a ellos. Cuando su guía angelical explica que nadie puede evitar este último obstáculo, se sumergen renuentemente en las aguas. Esta última prueba resulta ser más de lo que Cristiano puede soportar. El temeroso peregrino comienza a hundirse, convencido de que Dios lo ha abandonado en sus pecados definitivamente.

A medida que la oscuridad se avecina, Esperanza puede consolar a su amigo dirigiendo su atención a Cristo: “¡Cobra ánimo! Jesucristo te salva”. Este recordatorio simple pero profundo es suficiente para restaurar la esperanza de Cristiano, que proclama: “Oh, vuelvo a verlo y oigo que me dice: ‘Cuando pasares por las aguas, yo seré contigo; y cuando por los ríos, estos no te anegarán’”.[9]

Primera página de título de El progreso del peregrino. / Foto: Dominio público

Bunyan expresa cómo Jesús sirve como la esperanza del creyente en la vida y la muerte. Cuando las aguas de la muerte rodean a una persona, un destello de Cristo es suficiente para restaurar el valor. La promesa de la presencia de Dios mediada a través de Su Hijo (Is 43:1-2) transforma los temores de una persona, incluso ante la muerte.

Como explica Bunyan, la muerte es el camino necesario al cielo, aunque la experiencia particular variará de persona en persona: “Encontrarán que el río tiene mayor o menor profundidad, según crean en el Rey del país”.[10] Lo que distingue nuestras últimas horas no es, finalmente, las circunstancias específicas o el alcance del sufrimiento físico, sino más bien, nuestra confianza en Cristo. Como proclamó el apóstol, Dios da a cada uno de nosotros la victoria sobre la muerte a través de nuestro Señor Jesucristo (1Co 15:57).

En su escrito, Bunyan muestra cómo Jesús es la esperanza del creyente tanto en la vida como en la muerte. / Imagen: Bridgeman Images 

Cristo, la esperanza del cielo

Cuando Cristiano y Esperanza atraviesan el Río de la Muerte, son conducidos hacia la puerta del cielo por más ángeles. A medida que los dos amigos ascienden hacia la Ciudad Celestial, anticipan con entusiasmo la gloria del lugar. Si bien varios detalles impactan su imaginación, la promesa de la comunión con Cristo es lo más prominente en sus mentes.

El cielo será el lugar donde los peregrinos se sentirán abrumados con la presencia de Dios en Cristo. “Disfrutarán la vista y la visión perpetua del Santísimo” mientras “ven a su Redentor a la cara con gozo”; “le servirán continuamente con alabanza” mientras “caminan y hablan con el Rey todos los días de la eternidad”; y sus oídos se deleitarán al “escuchar [Su] agradable voz”.[11] Queda claro: Cristo es la esperanza del cielo. En el cierre de la segunda parte de El progreso del peregrino, Valiente por la Verdad proclama de manera similar: “Me veo ahora al término de mi viaje; mis días de trabajo han concluido. Voy ahora a ver aquella cabeza que por mi fue coronada de espinas y aquel rostro que por mí fue escupido”.[12]

El cielo no solo promete descanso y gloria, sino algo mayor: la comunión eterna con Cristo. / Foto: Unsplash

Las Escrituras invitan a los creyentes a anticipar con alegría muchas bendiciones en el cielo, incluido el descanso de las labores terrenales (Heb 4:9-10), la libertad del pecado y el sufrimiento (1Co 15:42-44) y el reencuentro con los seres queridos que partieron con el Señor (1Ts 4:13-18). No obstante, como explicó memorablemente Richard Sibbes (1577–1635): “El cielo no es el cielo sin Cristo… Las alegrías del cielo no son las alegrías del cielo sin Cristo; Él es el mismísimo cielo del cielo”.[13]

Las Escrituras animan a los creyentes a esperar con gozo el cielo, donde habrá descanso, libertad del pecado y el glorioso reencuentro con quienes partieron en el Señor. / Foto: Unsplash

 Cristo, el señor de la tierra

Cuando Cristiano y Esperanza finalmente llegan a la Ciudad, el Rey mismo los saluda. Es Él quien inspecciona la autoridad de sus manuscritos y quien emite el juicio final. Las puertas se abren a los cansados peregrinos a sus órdenes.

El punto de Bunyan es inconfundible: Cristo es el Rey, el Señor de la Tierra que lleva Su nombre. Su gobierno sobre este lugar es pacífico y tierno, pero también es un Rey soberano que posee absoluta autoridad. En el siguiente capítulo, el Rey ordena que Ignorancia sea arrojado al infierno, ya que había viajado hasta la Ciudad Celestial sin tener una fe genuina. Bunyan comenta con seriedad: “Entonces vi que había un camino hacia el infierno, incluso desde las puertas del Cielo, al igual que desde la Ciudad de Destrucción”.[14]

A los que el Rey da la bienvenida, les espera un sinfín de glorias, que superarán con creces los sufrimientos que soportamos mientras andamos por este mundo. Así, Goodwin exhorta: “Por tanto, tomemos a Dios como nuestra porción, todo lo que nos pase, todo lo que nos depare; venga lo que venga, las aflicciones, los dolores, las miserias o las cruces, el cielo lo compensará; Dios será mejor para ti que todo”.[15] Ciertamente, para los puritanos, la esperanza de habitar un día en la presencia de Dios en Cristo, Emanuel, era “el mismísimo cielo del cielo”. Todas las otras glorias y pruebas palidecen en comparación.


Publicado originalmente en la revista en español de 9Marcas.

[1] Thomas Goodwin, Of the Blessed State [Del bendito estado], en The Works of Thomas Goodwin [Las obras de Thomas Goodwin], ed. Thomas Smith (1861-1866; repr., Grand Rapids: Reformation Heritage, 2006), 7:457.

[2] Richard Baxter, The Saints’ Everlasting Rest [El descanso eterno de los santos] en The Practical Works of Richard Baxter [Las obras prácticas de Richard Baxter] (Londres, 1846; repr., Morgan, PA: Soli Deo, 2000), 3:264.

[3] Como cuestión de interés histórico, este fue el último himno que Charles Haddon Spurgeon (1834–1892) seleccionó. Su esposa, Susannah (1832-1903), señaló que era la elección más apropiada en sus reflexiones sobre sus últimos días. Ver C. H. Spurgeon, Spurgeon’s Autobiography: Compiled from His Diary, Letters, and Records, by His Wife, and His Private Secretary [Autobiografía de C. H. Spurgeon: compilado de su diario, cartas y registros, por su esposa y su secretario privado] (Londres: Passmore y Alabaster, 1897-1899; repr., Pasadena, TX: Pilgrim, 1992), 4:370.

[4] Baxter, Saints’ Everlasting Rest [El descanso eterno de los santos], 3:11.

[5] Goodwin, Of the Blessed State [Del bendito estado], 7:462.

[6] John Bunyan, The Pilgrim’s Progress [El progreso del peregrino] en The Works of John Bunyan [Las obras de John Bunyan], ed. George Offor (Glasgow, 1854; repr., Carlisle, PA: Banner of Truth, 1999), 3:92. Más tarde, Buena Voluntad comenta acerca de Flexible: “Ay, pobre hombre. ¿Es la gloria celestial de tan poco valor para él, que no la considera digna de correr algunos peligros para obtenerla?” (97). Como contraste, ver la explicación de Intérprete del retrato de un pastor piadoso que se encuentra en el Palacio “Hermoso” (98).

[7] Ver también la conversación de Cristiano con el hombre en la jaula de hierro en el Palacio “Hermoso”. Bunyan, Bunyan, The Pilgrim’s Progress [El progreso del peregrino], 3:101.

[8] Bunyan, The Pilgrim’s Progress [El progreso del peregrino], 3:108.

[9] Bunyan, The Pilgrim’s Progress [El progreso del peregrino], 3:164.

[10] Bunyan, The Pilgrim’s Progress [El progreso del peregrino], 3:163.

[11] Bunyan, The Pilgrim’s Progress [El progreso del peregrino], 3:164-65.

[12] Bunyan, The Pilgrim’s Progress [El progreso del peregrino], 3:243.

[13] Richard Sibbes, “Christ is Best, Or St. Paul’s Strait” en The Works of Richard Sibbes [Las obras de Richard Sibbes] (Edinburgh: James Nichol, 1860), 1:339.

[14] Bunyan, The Pilgrim’s Progress [El progreso del peregrino], 3:166.

[15] Goodwin, Of the Blessed State [Del bendito estado], 7:464.

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Matthew Haste

Matthew Haste

Matthew Haste es profesor asociado de espiritualidad bíblica y director de estudios de doctorado profesional en The Southern Baptist Theological Seminary.

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