Enero 23
“Y todo lo que hagan, de palabra o de hecho, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre”. Colosenses 3:17
Hoy, tú y yo tenemos una obra que realizar.
En su primera carta a los corintios, cuando el apóstol Pablo instruyó a la iglesia a dar una cálida bienvenida a Timoteo en la comunidad, no fue porque Timoteo estuviera intentando hacerse un nombre para sí mismo, ni porque tuviera algún título importante, ni porque estuviera buscando ser reconocido. No, simplemente fue porque Timoteo hacía “la obra del Señor” (1Co 16:10).
La obra del Señor es cualquier cosa que puedas hacer con tus manos o pensar con tu mente que sea agradable a Dios a medida que trabajas para Él y no para impresionar a otros (Col 3:23). Esto puede ser dentro del cuerpo de Cristo o en servicio al mundo a nuestro alrededor.
Pablo incluye a propósito la frase “todo lo que hagan” en el versículo 17. El “todo” del servicio cristiano significa que, en todas nuestras ocupaciones, con la ayuda del Espíritu Santo, debemos buscar colocarnos de tal manera que podamos participar con eficacia en el ministerio del evangelio. Ya sea que estemos ayudando a un vecino, saludando a nuevos visitantes en la puerta de la iglesia o como voluntarios en la comunidad, todo tipo de servicio es una oportunidad para apuntar a otros hacia nuestro Salvador. ¡Qué privilegio es saber que hemos sido colocados aquí en la tierra para participar en ver a los incrédulos volverse seguidores comprometidos de Jesucristo!
Dentro del cuerpo de Cristo, debemos reconocer que nuestro crecimiento espiritual es resultado del servicio de otros al Señor. Pablo consideraba de manera correcta a los corintios un resultado de su labor en el nombre de Cristo y escribió: “¿No son ustedes mi obra en el Señor?” (1Co 9:1). La misma existencia de la iglesia en Corinto era gracias a que el apóstol estaba realizando la obra del Señor. Pablo no era ni irrelevante ni preeminente; en cambio, él había recibido una responsabilidad específica con un propósito.
Como cristianos, no solo somos llamados a sentarnos y a aprender, sino a crecer y a ir, a pesar y a alimentar. Dios asigna a cada creyente una responsabilidad específica dentro del ministerio y servicio cristianos, y estas incluyen trabajar para Él en cualquier circunstancia y oportunidad que se nos presente hoy, porque estas cosas no vienen por azar, sino por disposición Divina. Pablo nos modeló esto de manera admirable a través de su obediencia al llamado de Dios al reconocer que él era “instrumento escogido” para llevar el nombre de Dios “en presencia de los gentiles, de los reyes y de los israelitas” (Hch 9:15).
Pablo siempre tomó en serio la obra del Señor. Nosotros también deberíamos hacerlo. Todos somos llamados a honrar a Dios en dondequiera que estemos. Considera qué podría cambiar en tu pensamiento y en tu actuar si, en cada momento, te preguntaras: “Ahora, ¿qué querría Jesús que haga yo aquí? ¿Cómo puedo alabar Su nombre y traerle satisfacción a Él en este momento?”. Hoy, tienes el privilegio de tener una obra que realizar para Él.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
