Enfrenta tu temor al hombre: cómo Cristo nos libra de la aprobación humana

¿Te has descubierto ajustando tu conducta o tu mensaje para complacer a los demás? Enfrenta tu temor al hombre.
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“Dime, buen Bruto, ¿puedes ver tu rostro?”.

Casio, uno de los villanos en la obra Julio César de Shakespeare, es ambicioso. Ve a Julio César ascender al poder y lo odia. Sin embargo, sabe, como Scar en El rey león, que, si quiere derrocar a César, debe conseguir aliados poderosos. Bruto, un noble héroe de guerra, es uno de esos hombres.

Casio se desliza sigilosamente hacia Bruto mientras este se encuentra en una especie de conflicto interno no revelado (tal vez luchando contra una preocupación similar por el ascenso de César). Escucha de nuevo su pregunta:

“Dime, buen Bruto, ¿puedes ver tu rostro?” (1.2.51).

Casio le pregunta a Bruto si puede verse a sí mismo. En otras palabras, le pregunta si puede conocerse adecuadamente —ver a Bruto tal como es Bruto— sin la ayuda de otro.

“No, Casio”, responde Bruto, “porque el ojo no se ve a sí mismo, sino por reflexión, por alguna otra cosa” (1.2.52–53).

Así como el ojo no puede ver su propio rostro, responde Bruto, tampoco él puede conocerse a sí mismo estando solo. Debe ver su reflejo en algún espejo. Casio, buscando reclutar a este caballo necesario para dar jaque mate al potencial rey, se ofrece a ser ese espejo. De forma aduladora, refleja a un Bruto majestuoso. Un Bruto real. Un Bruto tan grande, si no más, que César; un Bruto que la gente desearía que estuviera al mando.

Bruto y Casio en la tienda de Bruto, acto IV, escena III de “Julio César” de William Shakespeare. / Imagen: Hubert Gravelot

¿Quién te muestra tu rostro?

Shakespeare nos ofrece esta perspicaz pregunta que ahora te hago a ti.

“Dime, buen lector, ¿puedes ver tu rostro?”.

¿A quién miras para verte a ti mismo? ¿La opinión de quién sobre ti forma tu identidad? Si has sido como yo, tal vez dependes de muchos espejos. ¿Este grupo piensa que soy divertido? ¿Le parezco atractivo a mi esposa? ¿Me respeta este pastor o este grupo pequeño? ¿Estas personas piensan que soy inteligente, o aquellas personas, que soy gracioso? ¿A este grupo le gusta lo que escribo; él piensa que hablo demasiado?

Con demasiada frecuencia vivimos de espejo en espejo, mirando siempre los rostros de los demás para ver el nuestro. / Foto: Unsplash

Si no tengo cuidado, me veo reflejado en una casa de espejos de feria. En este, soy bajo y rellenito. En aquel, soy alto y flaco. En este, tengo una cabeza gigante. En aquel, unos pies enormes. En el de allá, soy “demasiado cristiano”. En este de aquí, soy perfecto, al menos por ahora. Con demasiada frecuencia vivimos de espejo en espejo, mirando siempre los rostros de los demás para ver el nuestro. Vivimos, nos movemos y existimos buscando que ciertas personas nos aprueben.

¿Acaso no es una maravilla, entonces, que haya habido Uno que caminó entre nosotros a quien no le importaban los espejos humanos, Alguien de quien incluso Sus enemigos tuvieron que admitir: “Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad, y no buscas el favor de nadie, porque eres imparcial” (Mt 22:16)?

Nuestra identidad se distorsiona cuando depende de la aprobación de los demás. / Foto: Lightstock

Nada más que la verdad

Los fariseos, con el espíritu de Casio, dijeron esto para manipular a Jesús. Querían enredarlo. Lo querían fuera del camino, así que celebraron una reunión para discutir cómo atraparlo en Sus palabras. Esta introducción, que adulaba a Jesús por no hacer acepción de personas, era la carnada.

Para que su plan funcionara, necesitaban que Él continuara haciendo lo que venía haciendo: hablar la verdad sin importar las consecuencias. Él no podía echarse atrás ahora, o la trampa no funcionaría. Necesitaban que respondiera; creían haberle hecho una pregunta que Jesús no podría responder sin perjudicarse. Así que, en efecto, dijeron:

Maestro, sabemos que Eres veraz, que hablas del camino de Dios con verdad y que no temes a ningún hombre. Sabemos que nos dirás exactamente cómo son las cosas —que hablarás claramente la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad—, sin importar qué suceda.

Los fariseos intentaron atrapar a Jesús usando la verdad que reconocían en Él como carnada para su trampa. / Foto: Unsplash

Dijeron la verdad acerca de Jesús con falsas intenciones, pero aun así dijeron la verdad sobre Él. Matthew Henry comenta:

En Su juicio evangélico, Él no hacía acepción de personas; ese León de la tribu de Judá no se volvía atrás por nadie (Pro 30:30), no se apartó ni un paso de la verdad ni de Su obra por temor al más formidable. Él reprendió con equidad (Is 11:4) y nunca con parcialidad.

Él no se echó atrás al declarar todo el consejo de Dios. Habló la verdad tal como era. Ningún rostro lo conmovió; ninguna apariencia lo predispuso en contra de la verdad. Él es la Verdad.

Ya sea amigo o enemigo

Llegamos a apreciar más plenamente la imparcialidad de nuestro Maestro cuando consideramos los diversos grupos a los cuales le entregó la verdad al desnudo.

Habló con claridad a Sus enemigos y a los pecadores. Vio los rostros de los principales sacerdotes y fariseos, los rostros de los recaudadores de impuestos y de las prostitutas, los rostros de las grandes multitudes, y enseñó directamente el camino de la fe y el camino del arrepentimiento. Se atrevió a tocar el tema con la mujer junto al pozo con respecto a su sórdido historial de relaciones. Con los poderosos escribas y fariseos, pronunció: “¡Ay de ustedes!”.

Las escrituras revelan que Jesús habló la verdad con imparcialidad, sin importar quién estuviera frente a Él. / Foto: Unsplash

Lo que es igualmente admirable (y a veces más difícil) es que vivió sin dar demasiada importancia incluso a los rostros de Su propia familia y amigos, sin alterar Su mensaje para ninguno. A los doce años, causó una gran angustia a Sus padres al quedarse en el templo durante tres días, solo para preguntar cuando lo encontraron: “¿Por qué me buscaban? ¿Acaso no sabían que me era necesario estar en la casa de Mi Padre?” (Lc 2:49). Señala la poca fe de los discípulos, y luego confronta de manera memorable a Pedro, esa gran roca de apóstol, diciéndole: “¡Quítate de delante de Mí, Satanás!” (Mr 8:33).

Él no recibió Su identidad de los hombres y, por lo tanto, pudo amar perfectamente a los hombres con la verdad. Sin dejarse inhibir por el temor al hombre ni por el ansia de aprobación, no hizo campaña para conseguir votos humanos, sino que desconcertó a las multitudes como Alguien que hablaba con autoridad, como Alguien sin necesidad de su aplauso ni de su apoyo.

El Nuevo Testamento deja claro que Jesús no buscó la aprobación humana; su identidad estaba en el Padre. / Foto: Lightstock

El rostro del Rey

Así que dime, cristiano, ¿puedes ver tu rostro?

En lugar de mirar a tu alrededor para ver tu reflejo en los rostros que te rodean, mira el hermoso rostro de Dios en el rostro de Su único Hijo, Jesucristo. Su rostro nos libra del temor al hombre. Si Él aprueba, que todo el mundo condene. Para ilustrar cómo mirar este rostro exaltado puede extinguir el temor servil a cualquier otro rostro en la tierra, considera para terminar una historia que Michael Reeves contó recientemente en Ligonier sobre Hugh Latimer (1487–1555). 

Mira a Cristo para encontrar tu verdadera identidad, no en la aprobación de los demás. / Foto: Unsplash

Latimer, un obispo inglés, una vez predicó ante el temible rey Enrique VIII, un hombre fácil de provocar, con muchas esposas y amantes. Spurgeon describió la escena de esta manera:

Era costumbre del predicador de la corte regalarle algo al rey en su cumpleaños, y Latimer le obsequió a Enrique VIII un pañuelo con este texto en la esquina: “A los inmorales y a los adúlteros los juzgará Dios” (Heb 13:4); un texto muy adecuado para el viejo Enrique. Luego predicó un sermón ante su más graciosa majestad contra los pecados de lascivia, y se expresó con una fuerza tremenda, sin olvidar ni acortar la aplicación personal.

El rey, como era de esperarse, no quedó complacido. Le dijo a Latimer que debía volver a predicar el domingo siguiente y disculparse públicamente con él. Latimer le dio las gracias al rey y se retiró. Llegó el domingo siguiente, Latimer subió al púlpito y pronunció estas inolvidables palabras:

Hugh Latimer [refiriéndose a sí mismo en tercera persona], hoy vas a predicar ante el alto y poderoso príncipe Enrique, rey de Gran Bretaña y Francia. Si dices una sola palabra que disguste a Su Majestad, él te cortará la cabeza; por lo tanto, ten cuidado con lo que haces.

Pero luego dijo:

Hugh Latimer, hoy vas a predicar ante el Señor Dios Todopoderoso, quien es capaz de arrojar tanto el cuerpo como el alma al infierno, así que dile la verdad al rey sin rodeos (Godly Fear and Its Goodly Consequences [El temor piadoso y sus buenas consecuencias], 237).

El rostro más amenazador de entre los hombres miró fijamente a Latimer y le ordenó cuidar su lengua. Pero Latimer miró por encima del hombre, en cuyas fosas nasales había aliento, y contempló el rostro de Cristo, el Señor del cielo y de la tierra. No se achicó. No alteró el mensaje de su Maestro. No le importó un rostro meramente humano, ni siquiera el rostro de su rey terrenal, si ese rostro le pedía apartar la mirada del rostro del Rey del cielo.

Hugh Latimer / Imagen: Dominio público

Y aunque nuestros momentos puedan ser (mucho) menos dramáticos y menos amenazantes, seguimos necesitando esa valentía de corazón de león que exalta a Cristo. ¿A quién le importa lo que piense el mundo? Los rostros de los demás no nos muestran quiénes somos; pero Cristo sí lo hace. Cristo nos llama a mirar Su rostro, a escuchar Su palabra y a escuchar a Su pueblo para entender quiénes somos en Él. Y a medida que escuchamos lo que Él declara sobre nosotros, los meros rostros humanos pierden su dominio sobre nosotros. Hablamos la verdad y amamos libremente porque nosotros, al igual que Cristo, no recibimos la gloria de los hombres.


Publicado originalmente en Desiring God.

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Greg Morse

Greg Morse es escritor del personal de desiringGod.org y se graduó de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Abigail, viven en St. Paul.

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