Si hoy realizáramos una encuesta sobre el conocimiento de la Biblia, la gran mayoría de las personas respondería que sí la conoce. Vivimos en una época privilegiada; tenemos acceso a innumerables versiones, traducciones que facilitan el estudio, ediciones enfocadas en jóvenes, mujeres o pastores, y la facilidad de llevarla en un dispositivo móvil. Somos dichosos por esta abundancia y por la libertad de la que gozamos para obtenerla.
Sin embargo, esta facilidad plantea una pregunta urgente: ¿qué tan conscientes somos de lo que realmente tenemos en nuestras manos? ¿Estamos utilizando este recurso para conocer íntimamente al Dios vivo y verdadero, o se ha convertido en un accesorio más de nuestra vida religiosa? Lentamente, corremos el riesgo de cambiar la importancia de la Biblia, usándola para acumular conocimiento con poca práctica, o llevándola bajo el brazo el domingo sin que transforme nuestra semana.
¿Qué es la Biblia?
Para responder a la pregunta, debemos definir qué es la Biblia, y qué no es. La Biblia no es meramente un manual de principios morales. No es solo la historia del pueblo de Israel o de la religión cristiana. La Biblia es la historia de Dios mismo revelándose al hombre para mostrar Su gloria. Desde Génesis hasta Apocalipsis encontramos la voluntad de Dios escrita. Es un texto unificado que nos presenta Su maravilloso plan de redención, enseñándonos sobre Su poder, soberanía, santidad, justicia, amor y misericordia. La Biblia es más que un libro porque Su autor es el Dios santo, creador y sustentador del universo.
Más importante aun, la Palabra nos muestra nuestra condición: somos pecadores necesitados de salvación. Esto es el evangelio: Dios nos declara Sus hijos cuando creemos en el Salvador, Jesucristo, y nos muestra el camino de la obediencia a medida que escudriñamos Su Palabra.

La Palabra insustituible
Aun comprendiendo el origen divino de la Biblia, somos prontos a olvidarlo. Sutilmente, reemplazamos la prioridad y la autoridad de la Biblia por otros recursos buenos, como excelentes sermones o libros cristianos. Yo mismo me he beneficiado de libros y sermones que me han sostenido en momentos difíciles. Sin embargo, solo en la Biblia he encontrado el alimento eficaz que necesita mi alma.

Si el único libro que existiera en la faz de la tierra fuera la Biblia, no necesitaríamos nada más para vivir para Dios. Cada libro escrito, cada sermón escuchado y cada seminario bíblico debe tener un solo propósito: llevarnos a correr de vuelta a la Palabra de Dios para confirmar, aprender y crecer. Por medio del Espíritu Santo, Sus palabras nos confrontan, nos guían y nos enseñan a vivir para Su gloria.
Lastimosamente, las falsas enseñanzas y una mala interpretación de las Escrituras han llevado a muchos a tomar su contenido a la ligera, tratándola como un amuleto, un simple manual, o como un libro cuyo autor está desconectado de Su creación y, por tanto, no demanda la santidad que Él mismo posee. Nada más alejado de la verdad.

El llamado a volver a la Palabra
Estamos viviendo tiempos difíciles. La “verdad” del mundo se está infiltrando sutilmente en los púlpitos de algunas iglesias. Por eso, necesitamos volver a la esperanza fundamental del evangelio: que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día (1Co 15:1-4). Y esta verdad solo la encontramos, con autoridad, en las Escrituras.

La razón más importante por la que leemos la Biblia es porque nos presenta a nuestro Salvador: Jesucristo. Él es la Gloria de Dios (Heb 1:2-3; Jn 17:5) y toda la historia fue escrita para Su gloria. Es maravilloso saber que Dios orquestó este plan de redención por medio de Cristo desde antes de la fundación del mundo. Tenemos en nuestras manos más que un libro; tenemos la voluntad de Dios escrita. Por medio de ella, conocemos Su gloria, y esa gloria transforma nuestros corazones para llevar vidas piadosas.

La exhortación, mis hermanos, es que reflexionemos si en verdad hemos comprendido su importancia. El salmista exclamaba: “¡Cuánto amo Tu ley!” (Sal 119:97a). Acerquémonos a Su Palabra en humildad, no con ligereza; con diligencia, no con pereza; con discernimiento para entender lo que Él dice, no lo que nosotros queremos escuchar. Incluso en los momentos de desánimo, dolor, confusión o pecado, Dios nos encuentra allí, tal como el salmista que decía: “En peligro continuo está mi vida, con todo, no me olvido de Tu ley” (Sal 119:109)
La Biblia es inerrante, infalible y necesaria. Es, como dice el Salmo 19:7, perfecta: “La ley del Señor es perfecta, que restaura el alma; el testimonio del Señor es seguro, que hace sabio al sencillo.”.
¡Gloria a Dios por Su Palabra; gracias a Dios por La Biblia!