Si supieras que el mundo acabará mañana y te dieran la oportunidad de escribir una última carta que sería leída por un millón de personas, ¿qué les dirías? Esta pregunta nos obliga a detenernos y separar lo trivial de lo verdaderamente urgente.
Si yo tuviera que escribir esas líneas hoy, no gastaría tinta en consejos pasajeros. Iría directo a la raíz de nuestra realidad: existe una brecha moral entre nosotros y Dios que no podemos ignorar. La Biblia es clara al diagnosticar nuestra condición, declarando en Romanos que “no hay justo, ni aun uno… no hay quien busque a Dios” (Ro 3:10-11). Aunque la evidencia del poder de Dios nos rodea, nuestra tendencia natural es suprimir esa verdad y vivir como si Él no existiera, tal como advierte Romanos 1.
Con frecuencia vivimos bajo la ilusión de que “todo está bien”, olvidando que la paga del pecado es muerte (Ro 6:23). El gran obstáculo es que, en nuestra rutina diaria, no logramos dimensionar la santidad del Dios Todopoderoso ni la grave ofensa que nuestra rebelión representa para Él. Creemos que la indiferencia nos protege, pero la historia demuestra lo contrario. Para entender realmente lo que está en juego y la inminencia del juicio, debemos mirar al pasado.

La realidad del juicio inminente
Existe una historia real, conocida incluso por los niños, que ilustra perfectamente la actitud de Dios hacia el pecado: el gran diluvio. En Génesis 6:5-8, la Escritura nos muestra una escena estremecedora:
El SEÑOR vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal. Y al SEÑOR le pesó haber hecho al hombre en la tierra, y sintió tristeza en Su corazón. Entonces el SEÑOR dijo: “Borraré de la superficie de la tierra al hombre que he creado, desde el hombre hasta el ganado, los reptiles y las aves del cielo, porque me pesa haberlos hecho”. Pero Noé halló gracia ante los ojos del SEÑOR.
Fíjate en la fuerza de las palabras que usa el Creador: “…le pesó …sintió tristeza en Su corazón …borraré”. Un poco más adelante, en los versículos 13, 17 y 18, Dios sentencia:
Entonces Dios dijo a Noé: “He decidido poner fin a toda carne, porque la tierra está llena de violencia por causa de ellos; y por eso voy a destruirlos juntamente con la tierra… Entonces Yo traeré un diluvio sobre la tierra, para destruir toda carne en que hay aliento de vida debajo del cielo. Todo lo que hay en la tierra perecerá. Pero estableceré Mi pacto contigo. Entrarás en el arca tú, y contigo tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos”.

No son palabras vacías; es el Soberano del universo juzgando el mal. ¿Qué provocó tal devastación? La violencia y la maldad continua del corazón humano. Dios es santo y justo, y no puede coexistir con el pecado; Él desea una eternidad con personas santas que den gloria a Jesucristo (Ro 8:28-31). Si nos examinamos a la luz de los Diez Mandamientos, todos, desde Adán hasta nosotros, hemos fallado y somos culpables ante este juicio.
Y lo más alarmante es que el Señor Jesús nos advirtió que la situación hoy es idéntica: la gente vive absorta en sus rutinas, ignorando que el juicio se acerca. Mateo 24:38-39 dice:
Pues así como en aquellos días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en matrimonio, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no comprendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos; así será la venida del Hijo del Hombre.

Lucas añade en su Evangelio que lo mismo sucedió en los días de Lot:
Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos. Fue lo mismo que ocurrió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y los destruyó a todos. Lo mismo acontecerá el día en que el Hijo del Hombre sea revelado (Lc 17:27-30).
La historia nos grita que la indiferencia no detiene el juicio.
Cristo, nuestra única arca de salvación
Pero hay esperanza. Tal como Noé halló gracia y fue salvado mediante un pacto, Dios hoy extiende Su misericordia hacia nosotros. Efesios 2:8 nos asegura que “por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe… no por obras, para que nadie se gloríe”.
Simbólicamente, Jesucristo es nuestra “arca”. Filipenses 2 describe cómo Él “se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo… haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Esa es la base inamovible de nuestra fe: “Que Cristo murió por nuestros pecados… que fue sepultado y que resucitó al tercer día” (1Co 15:3-4).

A diferencia de un arca de madera, esta salvación es una persona. Juan 1 nos dice que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, y que “a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios”. Gracias a esto, obtenemos una vida nueva; dejamos de ser esclavos de la maldad para considerarnos “muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús” (Ro 6:11).
Si tuviera que escribir esa carta final al mundo, mi mensaje sería urgente: ¡Necesitamos reconciliarnos con Dios! Y esa reconciliación es exclusiva, pues Jesús fue tajante al decir: “Nadie viene al Padre sino por Mí” (Jn 14:6). La buena noticia es que no tenemos que lograrlo por nuestros méritos. 2 Corintios 5:19 resume la esencia del evangelio: “Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones”. Por tanto, solo me queda hacerte una pregunta vital: ¿estás reconciliado con Dios?