PRESENTADOR:
Bueno, a Jesús nunca le avergonzó decirles a Sus discípulos, o a Sus potenciales discípulos, que liquidaran sus bienes y entregaran primero todo su efectivo. Esto da lugar a la pregunta de hoy, de un estudiante universitario llamado Noé:
¡Hola, pastor John y Tony! Soy un hedonista cristiano en la Universidad de Stanford y estoy terminando mi tercer año de pregrado. Acabo de terminar de leer el capítulo sobre el dinero en Deseando a Dios y me enfrento a una pregunta: ¿por qué no debería entregar todo (o una parte significativa) de lo que gano al Señor?
La mayoría de las enseñanzas que he escuchado sobre el dinero y el diezmo dicen básicamente: “¡Da! ¡Y da generosamente!”. Quiero dar lo más generosamente posible e invertir eternamente. Pero ¿en qué punto mi entrega al Señor se vuelve irresponsable? Ahora mismo no gano mucho, pero tampoco necesito mucho. De los 10.000 dólares que gano, solo gasto unos 2.000. Después de entregar más del 20 por ciento a Dios e invertir el resto, no puedo evitar sentir que mi recompensa sería mayor en el cielo si diera más, lo cual haría con gusto.
El problema es que creo que me sentiría de la misma manera después de entregar el 30 por ciento, el 50 por ciento o el 80 por ciento a Dios también. Pero ¿es eso un problema? ¿No fue elogiada la viuda por darlo todo? ¿No se nos dice que no nos preocupemos por lo que comeremos, beberemos o vestiremos? Jesús dijo: “Vendan sus posesiones y den limosnas; háganse bolsas que no se deterioran” (Lc 12:33). Y tú dijiste en Deseando a Dios: “Jesús no está en contra de la inversión. Él está en contra de la mala inversión; es decir, poner tu corazón en las comodidades y seguridades que el dinero puede ofrecer en este mundo. El dinero debe invertirse para obtener rendimientos eternos en el cielo”. Entonces, si Dios me ha dado un corazón generoso y me ha bendecido más allá de mis necesidades, ¿por qué no debería entregarlo todo?
JOHN PIPER
Bueno, no voy a decirle a Noé que no lo entregue todo. No sé qué es lo que Dios pueda estar llamándolo a hacer. Jesús ciertamente llamó al joven rico a entregarlo todo. Él le dijo: “Te falta todavía una cosa; vende todo lo que tienes y reparte entre los pobres, y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sígueme“ (Lc 18:22).
Como observó Noé, Jesús elogió a la viuda:
Jesús se sentó frente al arca del tesoro, y observaba cómo la multitud echaba dinero en el arca del tesoro; y muchos ricos echaban grandes cantidades. Llegó una viuda pobre y echó dos pequeñas monedas de cobre, o sea, un cuadrante. Y llamando Jesús a Sus discípulos, les dijo: “En verdad les digo, que esta viuda pobre echó más que todos los contribuyentes al tesoro; porque todos ellos echaron de lo que les sobra, pero ella, de su pobreza, echó todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mr 12:41-44).
No sé qué medida de sacrificio financiero Jesús pueda llamar a Noé o a cualquier otra persona a realizar. No lo sé. No asumo que no deba entregarlo todo, pero esto es lo que haré: diré que bíblicamente no puedo decirle a Noé que este sea su deber. No puedo decir que esta sea su obligación bíblica ante el Señor o que sea la obligación o el deber bíblico de los cristianos en general entregar todo lo que tienen. Hay razones para ello, y enumeraré siete.
Según hayas prosperado
Primero, Jesús y los apóstoles nunca establecieron el entregar todas nuestras posesiones como un deber para todos los seguidores de Cristo. El mandato al joven rico no fue un mandato para todos.
Segundo, Zaqueo fue elogiado por entregar la mitad de sus riquezas a los pobres: “Pero Zaqueo, puesto en pie, dijo a Jesús: ‘Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien, se lo restituiré cuadruplicado’. ‘Hoy ha venido la salvación a esta casa’, le dijo Jesús, ‘ya que él también es hijo de Abraham’” (Lc 19:8-9). En otras palabras, Él vio en ese tipo de generosidad, es decir, el 50 por ciento o más, que la salvación había llegado. Zaqueo estaba demostrando que era realmente salvo.
Tercero, Bernabé fue admirado como un hijo de consolación en la iglesia primitiva. Cuando los creyentes vendían sus tierras y casas para recaudar dinero para los pobres, dice: “Y José, un levita natural de Chipre, a quien también los apóstoles llamaban Bernabé, que traducido significa Hijo de Consolación, poseía un campo y lo vendió, trajo el dinero y lo depositó a los pies de los apóstoles” (Hch 4:36-37). Así que él entregó un terreno; sin duda un regalo muy significativo, pero no todo lo que tenía.
Cuarto, cuando Pablo estaba haciendo una colecta para los pobres en Jerusalén entre las iglesias, les dijo a los corintios: “Ahora bien, en cuanto a la ofrenda para los santos, hagan ustedes también como instruí a las iglesias de Galacia. Que el primer día de la semana, cada uno de ustedes aparte y guarde según haya prosperado, para que cuando yo vaya no se recojan entonces ofrendas” (1Co 16:1-2). La idea parece ser esta: en la proporción en que prosperes, aparta más; no todo, solo más para los que ganan más, menos para los que ganan menos. Aparta algo.
Trabajar, tener, dar
Quinto, Pablo dice: “[Enséñales que] tengan por su ambición el llevar una vida tranquila, y se ocupen en sus propios asuntos y trabajen con sus manos, tal como les hemos mandado; a fin de que se conduzcan honradamente para con los de afuera, y no tengan necesidad de nada” (1Ts 4:11-12). Parece que, en la vida ordinaria de la iglesia, día tras día en el mundo, deberíamos al menos buscar tener una fuente de ingresos que nos impida ser una carga para los demás. Eso es lo que él dice: “Para que no dependas de nadie, trabaja”. Eso significa que necesitas tener lo suficiente para pagar tus cuentas. No lo entregas todo. Inviertes y creas una vida que te impida depender de los demás.
Sexto, Pablo dijo: “El que roba, no robe más, sino más bien que trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, a fin de que tenga qué compartir con el que tiene necesidad” (Ef 4:28). Hay tres opciones aquí: (1) puedes robar, (2) puedes trabajar para tener, (3) o puedes trabajar para tener y así poder dar. La premisa es que mientras el dinero pasa por nuestras manos hacia usos productivos, ya sea para los pobres o invertido de alguna manera para ayudar a la sociedad, no dependamos de otros. Una parte suficiente de nuestros ingresos nos sustenta para que podamos dar y dar, y al mismo tiempo no ser una carga para los demás.
Por cierto, eso no significa que sea pecado que las iglesias apoyen a los misioneros. Podemos ver cómo Pablo, de hecho, aceptó dinero de las iglesias para servir gratuitamente a otros. Ese es un paréntesis y me detendré ahí.
Séptimo, Pablo habla de su propio patrón de renunciar parcialmente al derecho de recibir sustento:
…ni comimos de balde el pan de nadie, sino que con dificultad y fatiga trabajamos día y noche a fin de no ser carga a ninguno de ustedes. No porque no tengamos derecho a ello, sino para ofrecernos como modelo a ustedes a fin de que sigan nuestro ejemplo. Porque aun cuando estábamos con ustedes les ordenábamos esto: Si alguien no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque oímos que algunos entre ustedes andan desordenadamente, sin trabajar, pero andan metiéndose en todo. A tales personas les ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo, que trabajando tranquilamente, coman su propio pan (2Ts 3:8-12).
El patrón normal en la iglesia primitiva, y en el cristianismo, para la vida cotidiana es ganarse la vida, pagar sus propios gastos y convertir toda su vida en un ministerio.
Personas y porcentajes
Ahora, se podrían citar muchos otros pasajes para mostrar que no poseer nada y entregarlo todo no era, en el Nuevo Testamento, la forma en que Jesús y los apóstoles concibieron la vida cristiana colectiva continua. Solo mencionaré dos cosas para concluir que podrían servirle de guía a Noé frente a este trasfondo.
Primero, no pienses solo en porcentajes sobre cuánto entregas. Piensa en personas concretas y necesidades concretas mientras vives tu vida, y observa si tu corazón realmente ama a la gente. Esto es lo que quiero decir.
El buen samaritano fue elogiado porque se detuvo y ayudó al hombre herido en el camino. Él tenía algo de vino para darle. Tenía un asno en el que lo dejó montar. Tenía dinero para pagar su alojamiento (Lc 10:30-35). Jesús no lo cuestionó diciendo: “Oye, ¿por qué tienes un asno? ¿Por qué tienes vino? ¿Por qué tienes dinero? Se supone que debes entregarlo todo”. El punto era: ¿amas a la persona que tienes delante a un costo personal? Cambia tu manera de pensar. No pienses simplemente: “¿De qué porcentaje me puedo deshacer?”, sino más bien: “Las personas con las que trato y de las que soy consciente, ¿las amo como es debido con mis recursos?”.
Aquí está la segunda cosa que diría: recuerda que todo tu dinero es de Dios, no solo lo que entregas al Señor. Esto significa que deberíamos pensar en cada gasto como una forma de avanzar el reino, no solo en lo que damos. Todo es de Cristo. Él es tu dueño. Él es dueño de todo ello. Cada cosa que gastas y lo que das es ministerio y debería estar diseñado para magnificar a Cristo.
Noé, estoy contigo en la lucha tanto ahora, a los 73 años, como cuando tenía 23. Oremos el uno por el otro para que no seamos cautivados por nuestras posesiones.
Este artículo se publicó originalmente en Desiring God.
