Febrero 6
Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. (Lucas 11:4)
A primera vista, esta petición podría parecer un intercambio justo: nuestro perdón hacia otros nos otorga el derecho a ser perdonados. Sin embargo, si permitimos que la Escritura hable por sí misma, reconoceremos que la verdad es lo opuesto. Dios solo perdona a los penitentes, a aquellos que sienten una tristeza piadosa y se arrepienten de sus pecados. ¿Y cuál es una de las evidencias principales de que eres penitente? ¡Un espíritu perdonador! En otras palabras, cuando nos perdonamos unos a otros, no nos ganamos el perdón, sino que demostramos que ya hemos sido transformados por la gracia perdonadora de Dios.
Jesús enseñó que es inconcebible que uno que ha sido perdonado tanto pueda negarse a perdonar las deudas de otros contra él (Mt 18:21-35). No obstante, seguimos sintiendo la tentación a guardar rencor, a seguir enojados, a “perdonar, pero no olvidar”. Se dice que D. L. Moody comparó la idea con alguien que entierra un hacha pero que deja el mango visible.
Un espíritu que no perdona es, probablemente, el peor asesino de una vida espiritual genuina.
No debemos afirmar que buscamos a Dios si estamos permitiendo de manera activa una enemistad en nuestro corazón contra nuestros hermanos y hermanas. Eso extinguirá la llama del gozo cristiano y volverá casi imposible que nos beneficiemos de la enseñanza de la Biblia. Por tanto, no es de sorprendernos que Jesús diga, en esencia: Lo que estoy diciendo sobre un espíritu perdonador es un elemento fundamental de la oración del creyente. Busca en tu vida evidencias de él.
¿Estás guardando rencor o reviviendo una y otra vez en tu mente la defensa de otro contra ti? ¿Existe alguien a quien no hayas perdonado? Reflexiona en el perdón que has recibido y pídele a Dios que te enseñe a perdonar y que te dé la capacidad de hacerlo porque, en tu perdón de los pecados de otros contra ti, revelas que entiendes Su gracia y que has sido perdonado en verdad por Él.
¿Cómo podrá Tu perdón alcanzar
Y bendecir al que no perdona
Quien en el mal medita y no suelta
Las antiguas amarguras?
Tu cruz revela a luz plena
Lo que a duras penas vemos.
Cuán pequeñas las deudas de otros,
Y cuán grande la nuestra hacia Ti.
Dios, limpia lo profundo de mi ser;
Y calla mi resentimiento;
Así, reconciliado con Dios y el prójimo,
Mi vida anunciará Tu paz.¹
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
