Pensemos en el cielo

Pensar en el cielo transforma la manera en que vivimos hoy, porque nos recuerda que somos peregrinos y que nuestro verdadero hogar está donde Cristo reina.
Foto: Unsplash

Christopher Love (1618-1651) fue un pastor galés del siglo diecisiete. Debido a persecución política, fue arrestado y luego condenado a morir decapitado en Londres. Inmediatamente antes de su decapitación, pudo decirle al teniente de la torre: “Señor, bendigo a Dios, mi corazón está en el cielo. Estoy bien”.[1] Después de su muerte, su esposa escribió 140 páginas acerca de su vida como esposo, padre y pastor. Ella expresó que Love “vivió demasiado en el cielo como para vivir mucho tiempo fuera del cielo”.[2]

¿Qué tanto pensamos acerca del cielo? ¿Qué tanto anhelamos el cielo? ¿Qué tanto enseñamos y predicamos acerca del cielo? Quizás, a diferencia de nuestros hermanos puritanos, vivimos en una época en la que poco se medita, se enseña y se canta acerca del cielo en nuestras iglesias locales y discipulados personales. En Hechos 1:11, dos varones con vestiduras blancas dijeron a los discípulos después de que Cristo ascendiera al cielo: “Varones galileos, ¿por qué están mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de ustedes al cielo, vendrá de la misma manera, tal como lo han visto ir al cielo”. Jesús ascendió al cielo y vendrá de ahí. Él está actualmente reinando sobre Su trono en el cielo. Por eso, Pablo dice a los creyentes colosenses: “Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3:1-3). Cristo está en el cielo y ahí debe estar nuestra mente, corazón y afectos.

Christopher Love (1618-1651) / Imagen: Dominio público

El cielo es el lugar donde Dios habita de manera especial en toda Su gloria, majestad y esplendor (Mt 6:9). El cielo no es un lugar de ficción. El cielo es una realidad. Isaías experimentó la realidad física del cielo: quiciales de puertas se estremecieron, la casa se llenó de humo, había un altar y carbones y tenazas (Is 6:4, 6). El cielo no es un lugar de existencia etérea, fantasmal. Además, el cielo es nuestro hogar verdadero. El apóstol Pedro dice que somos “extranjeros y peregrinos” en esta tierra (1P 2:11). Jesús mismo dijo: “No se turbe su corazón ; crean en Dios, crean también en Mí. En la casa de Mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, se lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para ustedes. Y si me voy y les preparo un lugar, vendré otra vez y los tomaré adonde Yo voy; para que donde Yo esté, allí estén ustedes también” (Jn 14:1-3). Si esto es así, y lo es, entonces debemos estar dirigiendo nuestros pensamientos y afectos al cielo, especialmente en una temporada en la cual hemos sido recordados constantemente acerca de la muerte por los múltiples fallecimientos cercanos a la mayoría de nosotros.

El cielo es el lugar donde Dios habita de manera especial en toda Su gloria, majestad y esplendor. / Foto: Unsplash

Muchos creyentes, a lo largo de la historia, han puesto su mirada en el cielo al enfrentar sus más difíciles tribulaciones. En el primer siglo, durante la persecución de los cristianos, muchos mártires muertos fueron sepultados en las catacumbas. En ellas se puede leer inscripciones tales como: “En Cristo, Alejandro no está muerto, sino que vive”, “Uno que vive con Dios” y “Fue llevado a su hogar eterno”.[3] Cipriano (210-258), el padre de la iglesia, escribió un tratado sobre la mortalidad. En él expresó:

Consideremos, queridos hermanos, que debemos reflexionar siempre y de vez en cuando que hemos renunciado al mundo, y que mientras tanto estamos viviendo aquí como huéspedes y extranjeros. Saludemos el día [de nuestra muerte] que nos asigna a cada uno su propio hogar, que nos arrebata, y nos libera de las trampas del mundo, y nos devuelve al paraíso y al reino… ¡Qué placer hay en el reino celestial, sin temor a la muerte; y qué felicidad tan elevada y perpetua con la eternidad de la vida!.[4]

Representación de Cipriano (210-258) / Imagen: Dominio público

Jonathan Edwards meditó y predicó mucho acerca del cielo porque sabía que su congregación necesitaba ser apuntada a su hogar eterno. Todavía podemos leer sermones tales como: “Los verdaderos santos, cuando están ausentes del cuerpo, están presentes con el Señor”, “Nada en la tierra puede representar las glorias del cielo”, “Las muchas mansiones”, “Servir a Dios en el cielo” y “El cielo es un mundo de amor”, entre otros. Owen Strachan y Douglas Allen Sweeney afirman que “En la asombrosa predicación y enseñanza del pastor [Edwards] sobre el cielo, encontramos una fe fresca y el valor para seguir caminando a través del árido desierto en busca de un lugar de perfecta paz y alegría”.[5] Los creyentes, desde el primer siglo, han pensado y enseñado mucho sobre el cielo. No podemos hacer más que seguir su ejemplo.

Jonathan Edwards / Imagen: Museo de Arte de la Universidad de Princeton

Anhelamos que los pastores, maestros y líderes de nuestras iglesias locales a lo largo del mundo de habla hispana recuerden el cielo y trabajen en enseñar y apuntar a sus congregaciones a nuestro eterno hogar.

Cantemos acerca del cielo, escribamos acerca del cielo, recordémonos unos a otros acerca de nuestro hogar eterno, recordemos todas las promesas de la inerrante y confiable Palabra de nuestro Dios sobre el cielo. Miremos nuestra vida y ministerios y dolores y anhelos y posesiones materiales a la luz del cielo. Con Pablo digamos: “Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación” (2Co 4:17).

Publicado originalmente en la revista en español de 9Marcas.


[1] Joel R. Beeke y Mark A. Jones, A Puritan Theology: Doctrine for Life [Una teología puritana: doctrina para la vida] (Grand Rapids, Michigan: Reformation Heritage Books, 2012), 1047.

[2] Joel R. Beeke y Randall J. Peterson, Meet the Puritans [Conoce a los puritanos] (Grand Rapids, Michigan: Reformation Heritage Books, 2006), pos. 5603 de 12763, edición Kindle.

[3] Randy Alcorn, Heaven [El cielo] (Sin lugar: Tyndale House Publishers, 2004), 4.

[4] Cyprian of Carthage, «On the Mortality» «Sobre la mortalidad», en Fathers of the Third Century: Hippolytus, Cyprian, Novatian, Appendix [Padres del siglo III: Hipólito, Cipriano, Novaciano, Apéndice], ed. Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe, trans. Robert Ernest Wallis, vol. 5, The Ante-Nicene Fathers [Los padres ante-nicenos] (Buffalo, NY: Christian Literature Company, 1886), 475.

[5] Owen Strachan y Douglas Allen Sweeney, Jonathan Edwards on Heaven and Hell [Jonathan Edwards sobre el cielo y el infierno], (Chicago, Illinois: Moody Publishers, 2010), 88.

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Daniel Puerto

Daniel es Coordinador Editorial de Poiema Publicaciones. Estudió en el Instituto Bíblico Rio Grande (Edinburg, Texas) y actualmente cursa una maestría en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Claudia y es padre de Emma y Loikan.

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