Después de numerosos experimentos y pruebas, y tras muchas horas al sol, en 1826 la primera imagen capturada quedó finalmente a la vista en una placa de peltre, una especie de plato compuesto de plomo y estaño. Aquello resultó un gran hito en la historia del desarrollo tecnológico, algo casi “mágico” para una generación acostumbrada únicamente a los dibujos y los grabados hechos a mano. Pero esto era solamente el principio. A lo largo de los siguientes cien años, las fotografías, todavía algo artificiales, seguirían imprimiéndose en blanco y negro, hasta que la famosa compañía Kodak ideó un sistema revolucionario y accesible a partes iguales, que permitía almacenar las instantáneas en un pequeño cilindro sobre el que se insertaban los negativos, todo ello contenido en una cámara de tamaño manual. El éxito fue inmediato: copias exactas, en color ¡y además a un precio asequible! En apenas unas décadas, se vendieron cientos de millones de máquinas de este tipo, y rara era la casa en la que no hubiese, al menos, una cámara fotográfica que sirviese para inmortalizar los momentos más destacados de la vida familiar. Capturándolos primero, y revelándolos después.
Desde que el mundo es mundo, Dios ha venido hablando de muchas maneras, revelándose en distintos formatos, por medio de varios soportes, con el fin de permitirnos conocer lo que de otro modo no podríamos conocer, concediéndonos ver lo que hasta entonces no podíamos ver, autorizándonos a entrar allí dónde de otra forma no podríamos acceder. Y todas esas imágenes que Dios nos ha regalado acerca de Sí mismo caen bajo dos categorías concretas: revelación natural y revelación especial. Ambas proceden de Dios, ambas revelan a Dios de manera legítima y fidedigna, pero ni con la misma nitidez, ni con un mismo propósito.

La revelación natural de Dios
Si Dios no hubiera creado el universo y todo lo que éste contiene Él seguiría existiendo plenamente, perfectamente, absolutamente. Pero ni nosotros, ni ninguna otra realidad en el cosmos, ¡ninguna!, hubiéramos llegado a ser. Sin embargo, el sabio y soberano Autor, creó y bendijo la obra de Sus manos, certificándola como “buena en gran manera” (Gn 1:1-31) y colocando en ella un sello inconfundible, imborrable, inimitable, Su sello.
Cuando algo no cumple con nuestras expectativas, o directamente nos avergüenza, tratamos de mantenerlo dentro del ámbito de lo privado, disimulamos, y, por supuesto, no hacemos ostentación de ello. Pero todo cuerpo celeste que forma parte del firmamento nos invita, de continuo, a elevar nuestra vista por encima de la obra, y a fijarla en el Artífice que está detrás. Nada ha surgido de la nada y este mundo no se sustenta ni se mantiene solo, solamente un necio podría llegar a otra conclusión (Sal 14:1). En el Salmo 19, un David movido por el Espíritu de Dios, acostumbrado a recorrer y a contemplar parajes diversos –junto a sus ovejas primero, y con sus soldados después– emite un veredicto concluyente y convincente a partes iguales: “Los cielos cuentan la gloria de Dios y la expansión anuncia la obra de Sus manos” (v 1). Lo complejo y articulado de la creación señalan hacia el único y último Responsable de la existencia de todo lo que recibe un nombre en el universo (vv 2-6). No es otro que el Dios viviente, Creador y Preservador de lo visible y lo invisible, y eso incluye a los que abiertamente lo niegan o se oponen a Él (Mt 5:45).
La creación en su conjunto ratifica que su denominación de origen viene dada por Dios, quién se revela a través del orden y la belleza que ha impreso en todo lo que ha hecho, incluyendo, al ser humano también. Un ser humano que es material y espiritual, racional y relacional, y está dotado de una conciencia que refrenda el diseño moral de un Dios que es recto y sabio (Gn 1:27; 2:7; Sal 8:3-4; Ro 2:14-16).

Resulta lógico y coherente pensar que, si el ser humano encuentra su origen y razón de ser en Dios, entonces no es posible alcanzar un entendimiento adecuado de quiénes somos nosotros ni de cuál es nuestra razón de ser si no conocemos a Dios. No obstante, el número de personas que rechazan o que recelan de la existencia de Dios en estos últimos años no ha dejado de aumentar, al menos en occidente. Entre 2007 y 2021 el porcentaje de ateos y agnósticos en EEUU pasó de un 16 a un 29 por ciento. Y en países europeos como Francia los individuos que se declaran a sí mismos como no religiosos ya suponen una tercera parte del total de la población. Naciones antaño baluartes de la cristiandad ya no conocen ni reconocen a Dios. Y, como resultado, vivimos rodeados de individuos confundidos. Confundidos en cuánto a sus propias vidas, sus propios cuerpos, su orientación sexual, o a su propósito en el mundo en general.
La raíz de este distanciamiento entre la criatura y el Creador no se halla en el mecanismo que Dios empleó para darse a conocer. Al contrario de lo que sucedía con los sistemas fotográficos, que van a ir mejorándose y definiéndose con el tiempo, el déficit aquí no se encuentra en el formato que Dios escogió para revelarse, sino en nosotros. Toda revelación que Dios ha hecho de Sí mismo resulta más o menos exhaustiva, pero siempre es verdadera. Lo que Dios muestra de Sí mismo ha sido fidedigno desde un principio. Al punto que el apóstol Pablo llega a decir que no existe ninguna excusa ante la claridad con la que Dios ha exhibido Sus atributos invisibles, Su eterno poder y divinidad (Ro 1:19-23). El problema no está en el emisor, sino en el receptor y en las habilidades espirituales del receptor. Habilidades que están marcadas y malogradas por el pecado (Ec 7:29; Ef 4:18; 2Co 4:4; 5:10; Ro 8:7).

La Biblia confirma que Dios se ha revelado de manera natural con el fin de que le temamos y le adoremos tal y como Él solamente merece (Sal 95:3-7; 104:1-35; Ap 15:3). Pero no resulta suficiente con reconocer que hay un Dios que ha creado y gobierna el universo… ¡hasta los demonios lo hacen! (Stg 2:19). Sin embargo, por Su buena voluntad, Él ha extendido más gracia todavía y se ha declarado de manera mucho más específica. Mucho más concluyente. Definitiva. Por medio de lo que conocemos como:
La revelación especial de Dios
Si en la primera parte del Salmo 19 David nos exhortaba a contemplar el orden creado como testimonio de la presencia y la planificación de Dios, a continuación, pasa a enumerar las múltiples ventajas de considerar directamente la voz de un Dios que se ha dado a conocer proposicionalmente, es decir, por medio de palabras. Palabras que comunican y delimitan el carácter de un Dios que es Santo, Justo, Misericordioso, Bondadoso, Paciente, Omnipotente, Omnisciente, y muchas cosas más. Y todo ello forma parte de esa biblioteca celestial que llamamos la Biblia. A través de las páginas de la Escritura nos encontramos con la persona y las obras de Dios como nunca antes lo habíamos podido observar o deducir a través de nuestros sentidos o intuición personal (Job 38:3-21; Sal 145:1-21).
Por mucho que perseveráramos, por mucho que nos esforzáramos, en base a nuestros propios recursos y capacidades naturales, afectados como estamos por el pecado, nunca hubiéramos llegado tan lejos (Ro 3:9-18; 1Co 1:20-25). Sin embargo, Biblia en mano podemos decir que la búsqueda de Dios ha terminado, porque es Él mismo el que se acerca a través de ella, y lo hace de manera tan específica como eficaz (Sal 19:7-11). En todo caso, esta revelación especial de Dios no pretende satisfacer nuestra curiosidad existencial o simplemente animarnos a cultivar ciertas inquietudes espirituales. El Dios del universo ha hablado, de muchas maneras, pero de forma definitiva por medio Su Palabra, y lo ha hecho para mostrarnos la gloria de Su Hijo (Heb 1:1-3). La Palabra escrita, ese Verbo humanado del que nos habla el primer capítulo del evangelio de Juan, es la revelación especial y definitiva de Dios. Su Hijo Jesucristo, el Dios-hombre, representa la perfecta imagen del Padre (Jn 1:14, 18; 2Co 4:4; Col 1:15). Nadie como Jesucristo muestra a Dios de manera tan perfecta y poderosa. Por la Palabra de Dios conocemos a Cristo y por medio de Cristo somos impactados por el evangelio, nuestros ojos son abiertos y pasamos de muerte a vida (Ro 10:17).

Conclusión
Era Juan Calvino el que decía que, sin las gafas de la revelación especial, no podemos comprender la revelación natural, ni tampoco nuestra realidad personal. Y ¡qué distinta es la realidad del individuo que presta oído a Sus palabras del que no! ¡Qué distinta es la realidad de la iglesia que da prioridad a Sus palabras de la que no! La pregunta que deberíamos plantearnos es la siguiente: ¿Estamos concediendo la atención debida a la Palabra de Dios? Que podamos decir como el salmista: “Jamás me olvidaré de Tus preceptos, porque por ellos me has vivificado. Tus preceptos busqué. Tus testimonios consideraré” (Sal 119:93-96).