Junio 23
Sin embargo, respecto a la promesa de Dios, Abraham no titubeó con incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios (Romanos 4:20).
Anhelo que Dios sea glorificado en nuestra búsqueda de santidad y amor; pero Dios no es glorificado a menos que nuestra búsqueda sea enriquecida por la fe en Sus promesas.
Y el Dios que se reveló plenamente en Jesucristo, quien fue crucificado por nuestros pecados y resucitado por nuestra justificación (Romanos 4:25), es más glorificado cuando abrazamos Sus promesas con firmeza y gozo, porque estas fueron compradas por la sangre de Su Hijo.
Dios recibe honra cuando somos humillados por nuestras debilidades y fracasos, y cuando confiamos en que recibiremos de Él gracia venidera. Ese es el punto de Romanos 4:20, en donde Pablo dice de la fe de Abraham, que “no titubeó con incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios”.
Se fortaleció en su fe, glorificando así a Dios. La fe en las promesas de Dios lo glorifica como supremamente sabio, fuerte, bueno y confiable. Por tanto, a menos que aprendamos a vivir por fe en las promesas de la gracia futura de Dios, podremos realizar notables rigores religiosos, pero no para la gloria de Dios.
Él recibe la gloria cuando el poder para ser santos proviene de una fe humilde en la gracia venidera.
Martín Lutero dijo: “[La fe] honra a aquel en quien confía con el respeto más grande y reverente, ya que lo considera veraz y confiable”. El Dador en quien confiamos recibe la gloria.
Mi gran deseo es que aprendamos a vivir para la honra de Dios; y esto significa vivir por la fe en la gracia venidera, lo cual, a su vez, implica luchar contra la incredulidad cada vez que se revele.
