Por lo general, hay tres razones por las que las personas se oponen al evangelio y lo rechazan. La primera es una objeción volitiva, es decir, debido a su voluntad. Algunas personas rechazan el evangelio porque aman su pecado y prefieren seguir en el trono de sus propias vidas. Esto suele manifestarse en apatía hacia las consecuencias del pecado o en una despreocupación intencional por lo que pueda suceder después de la muerte. En el fondo, entienden que, si abrazan las enseñanzas de Jesús, su estilo de vida actual los excluiría del cielo, y sencillamente no les importa.
La segunda clase de objeción es intelectual. Para muchos, el cristianismo no parece racional, y esto suele surgir de presuposiciones profundamente arraigadas acerca de la realidad y de cómo esta puede conocerse e interpretarse. Aquí es donde muchos apologistas encuentran uno de sus campos de ministerio más emocionantes, dedicándose a responder tales objeciones y mostrando que, examinadas con cuidado, no son lógicamente consistentes, coherentes ni justificables.

Si eres como yo, probablemente disfrutas del intercambio intelectual, del libre ir y venir de objeciones y contraobjeciones; a su manera, puede ser profundamente gratificante defender así el evangelio de Jesucristo.
Sin embargo, el lugar donde he encontrado el ministerio más fructífero es al enfrentar una tercera clase de objeción: la objeción moral. Esta incluye, entre otras cosas, el problema del mal y del sufrimiento, es decir, el desafío de reconciliar la existencia de un Dios absolutamente bueno, omnisciente y todopoderoso con la innegable realidad de tanto mal en el mundo. Estas preguntas suelen aparecer de dos maneras. La primera surge de la evidente realidad de sucesos dolorosos en el mundo: terremotos, tsunamis, diagnósticos de cáncer y mucho más. Pero incluso esta cuestión no es difícil de responder en un plano meramente intelectual. Es cierto que la existencia del mal y del sufrimiento no niega lógicamente la existencia de un Dios todopoderoso.

Pero la segunda manera en que este problema se presenta rara vez es puramente intelectual. El dolor y el sufrimiento no están “allá afuera”, sucediéndoles a “otros”; muchas veces están presentes en la vida de la persona misma. Con frecuencia, esto toma la forma de una herida profundamente personal, a menudo infligida por alguien que afirmaba representar a Dios. Esto hace que, quizá, sea la objeción más difícil de tratar.
¿Qué le dices a alguien que está enojado con Dios por el daño que sufrió a manos de quienes decían representar a Dios? ¿Qué haces cuando alguien rechaza el evangelio porque fue la misma iglesia la que le causó dolor? ¿Cómo respondes a alguien que está dispuesto a señalar todas las maneras en que el pueblo de Dios ha fallado?

Quisiera ofrecer tres maneras de abordar este tema a la luz de la sabiduría de Proverbios.
Escucha y no juzgues
Hay dos versículos de Proverbios que he procurado guardar en mi corazón:
“No se complace el necio en la inteligencia, sino en manifestar su propia opinión” (Pro 18:2, RVR95).
“Al que responde sin haber escuchado, la palabra le es fatuidad y vergüenza” (Pro 18:13, RVR95).
Más veces de las que quisiera admitir, en conversaciones con personas que no están de acuerdo conmigo, yo he sido ese “necio” marcado por la “fatuidad y vergüenza”. Estos proverbios nos advierten que no debemos apresurarnos a hablar, sino actuar con sabiduría y hacer justamente lo contrario.
Haz de tu meta el comprender de verdad a quienes han sido heridos por la iglesia; esto es “inteligencia”. Procura entender por qué y cómo esa objeción se formó en la mente de esa persona. Escucha. Hacerlo, con frecuencia, te dará una ventana a su corazón y, más importante aún, al corazón mismo del problema.

¿Y cómo se hace esto?
Negándote a reaccionar a la defensiva. En realidad, es así de simple. Con frecuencia nos ponemos a la defensiva cuando alguien habla, según nuestra percepción, de manera poco caritativa acerca de nuestro grupo. Pero, si he de ser honesto, he sido cristiano el tiempo suficiente como para haber visto las atrocidades que mi “propio grupo” ha cometido contra otros. A veces, sin intención; pero muchas otras, sabiéndolo muy bien, causaron el daño.
Estoy seguro de que no te tomaría mucho tiempo recordar una situación en la que alguien que representaba a Cristo actuó de una manera que fácilmente pudo haber alejado a una persona de la fe. “¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan las ovejas de Mis prados!”, declara el Señor (Jer 23:1).
No intentes defender lo indefendible. No trates de justificar lo injustificable. Sé pronto en reconocer, especialmente delante de quienes han sido heridos, la realidad de la depravación humana, incluso, y sobre todo, dentro de tu propio grupo. Escucha, comprende y habla solo cuando te hayas ganado el derecho de hacerlo.

A veces, menos y más suave es mejor
Dar la respuesta correcta o presentar el contraargumento preciso no siempre es el mejor camino. La gente no quiere que se le diga que está equivocada o que su experiencia no vale simplemente porque tú lograste detectar una premisa defectuosa en su razonamiento o una falacia en su discurso. Proverbios 15:23 dice:
El hombre se alegra con la respuesta adecuada, y una palabra a tiempo, ¡cuán agradable es!
En otras palabras, la respuesta debe corresponder al momento, y las refutaciones no siempre son oportunas o “a tiempo”, especialmente cuando alguien acaba de abrirte su corazón. Después de todo, “el hombre prudente oculta su conocimiento” (Pro 12:23).

Responde siempre con una comprensión genuina, pues “la suave respuesta aparta el furor” (Pro 15:1). Aquí, la idea de la palabra “suave” comunica mansedumbre, bondad y ternura. No necesitas estar de acuerdo con sus conclusiones, pero es correcto responder a su dolor y a su enojo con empatía. El mundo está quebrantado, y la gentileza importa.
Confronta el problema, acompaña a la persona en su dolor y ofrece esperanza
Después de haber escuchado, comprendido y reconocido la realidad de su herida, es importante tratar el problema con sabiduría (Pro 12:18). Es bueno acompañar a la persona en su dolor, y la Escritura incluso, en ciertos casos, nos llama a acompañarla en una indignación justa: “Enójense, pero no pequen” (Ef 4:26).
He visto que resulta provechoso animar a la persona, aun en medio de su dolor, a buscar a Cristo y a no permitir que esa herida se convierta en un obstáculo para su relación con Él. Solo Él es perfecto. Podrías decir algo como esto:
Lamento profundamente que eso te haya sucedido, y comparto tu dolor al saber que vino de parte de quienes debieron haber actuado mejor. Pero quiero animarte a no permitir que una falsa representación de Cristo te aleje del verdadero Cristo. Él nunca te fallará. Él siempre es digno de confianza.

Permite que la sabiduría de Proverbios guíe tu trato con quienes están heridos. Hay un tiempo y un lugar para cada cosa. A veces, cuando otros sufren, lo que más debemos hacer es escucharlos con empatía y animarlos a mirar más allá de las faltas de las personas, para fijar sus ojos en un Salvador.
